En medio del verde tapiz de bosques nublados y páramos, la blancura de los glaciares del Ruiz, el Santa Isabel y el Tolima despierta en mí un sobrecogimiento distinto al que produce la majestuosidad de esta área protegida.

Es el mismo que siento cuando al recorrer las playas de la bahía de Cartagena no encuentro casi conchas de moluscos ni dólares de arena y caigo en cuenta que gran parte del trayecto entre la ciudad amurallada y el aeropuerto de Crespo era, hace apenas un par de décadas, dominio de los manglares de la ciénaga de la virgen ocupados por una variopinta comunidad de aves acuáticas.

O el que permanece latente en la visión diaria del mar de caña de azúcar del valle geográfico del río Cauca, que reemplazó el diverso paisaje rural que conocí en la infancia, cuando apenas empezaba el avance incontenible de la revolución verde.

Es la sensación que despierta la certeza del cambio irreversible del entorno por las grandes catástrofes o por acción de los seres humanos empeñados en una idea espuria de desarrollo.

Este sentimiento es mucho más complejo que la nostalgia por el pasado, pues aflora de la pérdida de aquellos elementos que determinaron – en distintos momentos del trasegar por el mundo – lo que comúnmente se conoce como sentido de lugar.

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Esa indefinible filiación con unos espacios a los que atribuimos significados muchas veces difíciles de describir, pero que son innegablemente profundos.

Dado que tanto el paisaje como la identidad territorial son en gran medida construcciones culturales, es apenas de esperar que las grandes modificaciones del primero tengan consecuencias importantes sobre la segunda.

La alteración del espacio que consideramos propio puede llegar a despojarnos de la seguridad que proporciona lo familiar y cotidiano, y hacernos forasteros en nuestra propia tierra.

Por esta razón Glenn Albrecht, filósofo ambiental de la Universidad de Newcastle, acuñó hace algunos años el término solastalgia para nombrar la aflicción producida por la pérdida del solaz y el sentido de aislamiento que resultan de la modificación del hogar y el territorio.

Este neologismo puede parecer un capricho conservador del ambientalismo contemporáneo, pero en realidad describe un problema creciente.

La homogenización progresiva de grandes espacios geográficos, transformados por la globalización, ha dado como resultado el surgimiento de desórdenes emocionales que algunos atribuyen a la normalización de maneras de vivir cada vez más separadas de referentes asociados a espacios no construidos por los seres humanos.

Corren, evidentemente, tiempos de solastalgia y es entonces urgente pensar cómo frenar la proliferación y prevenir nuevos brotes de esta patología.

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Habida cuenta que el retorno al pasado no es posible y que la demanda de recursos por parte de una población humana todavía en crecimiento es cada vez mayor, este es un reto tan difícil como cualquiera de los grandes escollos que enfrenta la sociedad contemporánea.

Detener la expansión de los sistemas agroindustriales orientados a la producción de bienes de consumo exigiría un cambio de paradigma de desarrollo económico para el que quizás no estamos preparados pues, a pesar de su decrepitud, el capitalismo parece reinventarse cada día.

En segundo lugar, devolver a su estado original grandes territorios hoy transformados por procesos de desarrollo convencional es, además de costoso, técnicamente complejo de conseguir y, aun lográndolo, conseguiría apenas paliar la situación debido a la escala geográfica a la cual se operaron los cambios que hoy quisiéramos revertir.

Queda entonces una tercera opción que, aunque difícil, todavía está al alcance de cada persona, familia o grupo social con intereses comunes.

¿Qué tal si entre todos promovemos una topofilia, un renacimiento de nuestro apego a un terruño ancestral, a un paisaje que nos conmueve, a una colección de lugares que han dejado huellas en nuestra memoria?

Después de todo, la recuperación de los lazos emocionales con una geografía nos proporciona la sensación de estar en casa y, por lo tanto, puede hacer que descubramos de nuevo aquellas cosas que valoramos en los espacios que nos son queridos y así comprometernos con su cuidado.

Quizás este apego sea un primer paso en la aún más compleja tarea de remendar la profunda escisión entre naturaleza y sociedad que fuera
responsable, en un pasado ya remoto, de nuestra expulsión del paraíso.