A lo largo de la historia del movimiento ambientalista mundial, ha sido claro el abismo que separa las múltiples voces que claman por una relación armónica de la humanidad con el resto de la naturaleza, de la obstinada sordera con la que ese clamor es atendido. Esto ha sido evidente desde la celebración del primer día de la tierra, en 1970, y a lo largo de las décadas sucesivas hemos asistido a una carrera de relevos en la tarea de estrellar argumentos a favor de la naturaleza contra el muro de la indiferencia colectiva. 

Pues si bien es cierto que algunas voces han tenido suficiente fuerza como para ingresar al torrente de la información mediática e incluso conseguir reacciones importantes para remediar situaciones críticas, una inmensa mayoría ha sido tomada como un sinsentido, una moda pasajera o, en el mejor de los casos, como una digresión técnica para especialistas. Y a veces, cuando han empezado a cobrar suficiente audiencia, han sido cooptadas por el sistema. Como demuestra el auge de los negocios verdes, ejemplos de soluciones para problemas ambientales específicos que han sido atrapados por la lógica del capitalismo neoliberal. 

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Teniendo en cuenta estos antecedentes, llama poderosamente la atención la reciente proliferación de llamados a tener actitudes consecuentes con una ética planetaria. Después de la difuminación paulatina del impacto mediático que obtuvo la publicación de la encíclica Laudato si, durante el último medio año por lo menos cuatro vertientes discursivas han confluido en el remolino de opinión de las redes sociales y, eventualmente, podrían desencadenar un activismo ambientalista sin precedentes.

La aparición de Greta Thunberg en los escalones del parlamento sueco en otoño pasado es un primer hito que sacude desde la base la cómoda posición de tomar medidas tibias para remediar la crisis ambiental, por no abandonar los privilegios a los que nos ha acostumbrado un supuesto estado de bienestar. Surgido del desconsuelo ante la inminencia de no alcanzar las metas del acuerdo de París, el llamado de esta adolescente a reaccionar desde el pánico de vivir en un planeta en llamas exige respuestas concretas con un plazo fijo. Algo nunca visto en la historia del ambientalismo.

Una nueva generación de columnas de opinión configura una segunda vertiente discursiva que responde al llamado de Greta al señalar, sin titubeos, las raíces del problema. Es el caso de los textos de George Monbiot quien, con audacia y claridad, nos recuerda que el consumo desmedido, el despilfarro, la inequidad en la distribución de recursos, el uso y la transformación de los ecosistemas más allá de su capacidad de carga y la sobre-explotación de los recursos naturales, no son otra cosa que manifestaciones de un sistema económico y de una organización social que no tienen futuro.

Estos señalamientos apuntalan los planteamientos del movimiento liderado por David Attenborough, orientado a frenar el crecimiento de la población mundial. Pues, aunque los males derivados de una cultura del desperdicio van más allá de aquellos que causa la sobrepoblación, también es evidente que siete mil quinientos millones de seres humanos somos una carga excesiva para este planeta. Por esta razón, las alocuciones de este naturalista inglés constituyen una tercera y muy poderosa voz que apuesta por cambiar el maltrecho rumbo de la relación de los seres humanos con la biosfera.

Y ante tanta desesperanza, algunas voces serenas equilibran el remolino de opiniones en torno a una coyuntura ambiental que ya no admite dilaciones. Este cuarto frente, representado entre muchos exponentes por la famosa primatóloga Jane Goodall y el monje zen Thich Nhat Hanh, apela a la compasión, el desprendimiento, el amor y la empatía como fundamentos de una nueva ética para la coexistencia en el Antropoceno. 

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Es indudable que en este último llamado resuenan los ecos de los “niños de las flores”, lo que nos devuelve al comienzo de una lucha surgida de las declaraciones del primer día de la tierra y que, a pesar de sus muchos esfuerzos, no ha logrado su meta fundamental. Por eso quisiera creer que todas las voces surgidas de la desesperanza, la constatación de verdades incuestionables y la creencia en el poder de las multitudes, serán capaces de obtener lo que ningún acuerdo internacional ha conseguido: una respuesta encarnada en actitudes individuales con la fuerza suficiente para cambiar el rumbo de la historia.