Cuando era niño, me incomodaba que mi madre convirtiera cualquier viaje en una pequeña expedición botánica. Al igual que tantas otras señoras de su época, ella se enamoraba de cada mata que encontraba en el camino y si por suerte tropezaba con un vivero, entonces su emoción hacía interminable el recorrido. Gracias a esta costumbre, volvíamos a casa con el baúl del automóvil lleno de plantas que iban a engrosar las existencias del patio y de las macetas en los corredores.

Lejos estaba yo de imaginar entonces que terminaría aquejado por la misma obsesión y que gran parte de mis horas de ocio se ocuparía en el inacabable conjunto de labores que demanda el cuidado de las plantas. El hecho es que al dejar atrás la residencia citadina, la tarea casual de ornato del jardín de nuestra casa en las laderas de los Farallones de Cali se convirtió, de mata en mata, en una versión corregida y aumentada de aquella pasión materna.

Primero, fueron los árboles. Respetamos los pocos que estaban en pie y que son parte de la flora propia de estas lomas y empezamos a plantar las especies obvias en el menú de cualquier colombiano con pretensiones campestres: plátanos, bananos, limoneros, mandarinos, naranjos, guanábanos y zapotes, mezclados con otras menos utilitarias, como guayacanes, tulipanes, camias y varias palmeras conseguidas en repetidas incursiones a incontables viveros.

Desde ese comienzo elemental, también sembramos arbustos, arvenses, epífitas y enredaderas, buscando representar un imaginario de bosque tropical pluriestratificado. Y a medida que el jardín fue tomando forma y que aprendimos lo suficiente para hacer que las plantas pelecharan, fuimos integrando los “piecitos” de toda clase que, al igual que mi madre, hace rato recojo durante mis viajes, guiado más por simple apreciación estética que por verdadera curiosidad botánica.

Hay pues en nuestro huerto una flora cuyos orígenes geográficos diversos seguramente se deben a las tendencias del mercado de plantas útiles y ornamentales. El incipiente inventario de las plantas de este retazo de la cordillera Occidental revela que si bien la mayoría de sus 144 especies son originarias de América tropical (56%), el resto proviene de otras regiones: 17% del sureste asiático, 9% de África y las demás, de Norteamérica y de Europa. 

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Gracias a este artificio de muestreo, los espacios más soleados y con mejor drenaje alojan una colección que conjuga distintas adaptaciones para enfrentar la sequía, logradas independientemente en hábitats del oriente medio, las islas Canarias y Centroamérica. Por el contrario, los rincones húmedos y sombríos cobijan especies de sotobosque del sureste asiático con algunas nativas de los Andes o de la Amazonia.

Podría decirse entonces que este rompecabezas biogeográfico es un huerto global, lo que plantea innumerables preguntas. Por una parte, se convierte en un acertijo ecológico para los bichos que residen en él o que lo visitan ocasionalmente. ¿Qué frutos son comestibles?  ¿Qué provisión de néctar ofrecen sus flores? ¿Qué tan apropiada es una planta como soporte para un nido o como escondite?  

Quizá estos problemas estén resueltos de antemano, gracias a que el parentesco entre plantas introducidas y nativas permite a algunos animales una especie de reconocimiento taxonómico instantáneo, o bien porque la introducción de especies botánicas es suficientemente antigua como para que ya se hayan empezado a establecer relaciones interespecíficas análogas a las que se daban en este ecosistema desde hace siglos.

Lo cierto es que la vida explota en cada rincón del jardín: las escandalosas guacharacas se comen con fruición la rúcula europea, mientras los monos nocturnos hacen un festín con los mangos de la India. El colibrí colirrojo liba el néctar de la sábila de la península arábiga, las brillantes abejas euglosinas polinizan eficientemente las flores de una vainilla vietnamita y las angelitas establecieron su diminuta colmena entre las raíces de una malamadre de Madagascar.

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Por otra parte, las combinaciones caprichosas que hemos establecido plantean interrogantes profundos a la luz de la ecología del Antropoceno. Aunque es posible que sin nuestra labor incesante muchas de las plantas introducidas en este jardín sean desplazadas por las especies nativas, es igualmente probable que otras prevalezcan o que incluso amplíen su cobertura a expensas de la vegetación lugareña.

Dado que unas cuantas plantas que hemos traído están en la lista de especies potencialmente invasoras, el propósito de recuperar la funcionalidad ecológica de este paisaje deteriorado puede llegar a tener consecuencias imprevistas.  A pesar de las buenas intenciones, a lo mejor estamos creando, inadvertidamente, un ecosistema emergente con propiedades diferentes a aquellas del que lo precedió.

Tal vez un día, cuando esta casa y sus habitantes hayamos desaparecido de la memoria, algunas de las especies que trajimos de otras latitudes serán elementos dominantes en el paisaje y las relaciones entre ellos y lo que haya quedado de la biota local, determinarán entonces el funcionamiento de los ecosistemas premontanos. Como habrá sucedido en tantos otros en los que el incesante trasegar humano ha reconstruido, una y otra vez, ese ente indefinible al que llamamos naturaleza.