Si Colombia desea consolidarse como un referente en el campo de la conservación de la biodiversidad, la próxima década será un tiempo clave. Somos, sin lugar a dudas, un país privilegiado en razón de que albergamos varias de esas regiones que han sido etiquetadas como las más biodiversas del planeta. De esa lista forman parte el Amazonas, los Andes, la Orinoquia y el Chocó. Todo un tesoro que implica una inmensa responsabilidad, pues un posible deterioro de ese patrimonio, cuya existencia es de importancia global, generaría consecuencias desproporcionadas en relación con el relativo tamaño de nuestra nación. Transformar la manera como nos venimos relacionando con la naturaleza es, más que una oportunidad, un deber.

En tal sentido, los avances de la última década permiten pensar que tenemos suficientes bases para consolidar, en un futuro cercano, tan necesario cambio. En mis recientes años de vida profesional he tenido la fortuna de trabajar para Wildlife Conservation Society, organización que, además de haber emprendido ingentes esfuerzos propios por la conservación de los recursos naturales, ha venido reconociendo, exaltando y apoyando una amplia gama de acciones que otros llevan a cabo en esa misma dirección.

Es difícil cuantificar los exitosos ejemplos de manejo sostenible que, en diferentes escenarios, se han dado en la última década en Colombia, todos impulsados por un clamor y un compromiso colectivo de múltiples actores. Aunque los retos son muchos y muy grandes, estamos convencidos de que cada uno de esos logros ya cimientan una sólida estructura para edificar un liderazgo regional y global en materia de conservación.

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De hecho, nuestro extenso trabajo de campo nos ha permitido comprobar que día tras día son más y más las entidades, empresas, organizaciones e instituciones académicas comprometidas con el tema ambiental. Desde nuestra perspectiva, sentimos un gran orgullo por poder trabajar de la mano de entidades gubernamentales y funcionarios que cada día se esmeran por conservar los recursos naturales de manera eficiente y transparente. También nos sentimos honrados de poder hacerlo junto con innumerables familias y comunidades rurales.

Ellos, a lo largo de cada jornada, nos han enseñado que la paz, la vida y la permanencia en el territorio dependen, en muy alto grado, de la conservación de las áreas naturales que aún nos quedan y, al mismo tiempo, de la recuperación de aquellas que ya hemos degradado. A todos estos actores y a su compromiso también se ha venido sumando un visionario sector privado que hoy reconoce cómo la sostenibilidad de sus inversiones, en el largo plazo, está ligada, intrínsecamente, con la integridad ambiental y social de los territorios.

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Lo anterior se expresa en el incremento del número de alianzas público-privadas que buscan conservar la biodiversidad del país. Esto demuestra la madurez de la institucionalidad y de la sociedad civil para trabajar en conjunto. Conservamos la Vida, el proyecto Vida Silvestre, Río Saldaña: Una Cuenca de Vida y la Alianza para la Conservación de la Biodiversidad, el Territorio y la Cultura son ejemplos de algunas de estas coaliciones de impacto colectivo que están creando cambios positivos a escalas ecológicamente significativas.

Con ello, hemos permitido que jaguares, osos, dantas, caimanes, ballenas y tiburones sigan siendo parte de nuestra riqueza natural. Si en la próxima década nos unimos y respaldamos más iniciativas de este estilo, estoy seguro de que podremos ser el modelo a seguir, implementando así uno de los marcos normativos más completos y avanzados de la región. Y esta será la piedra angular para garantizar que no transformemos ninguna de las áreas naturales que aún nos quedan, y así avanzar, decididamente, en el enorme desafío que significa conservar el patrimonio ambiental de una de las naciones más biodiversas del planeta.