La mañana es caliente y húmeda en la selva de Sumatra. El reloj apenas marca las siete en esta gran isla, una de las más de 13.000 que conforman el archipiélago de Indonesia. Aquí no existe repelente capaz de ahuyentar la nube de mosquitos que hace de nuestros cuerpos su bufé. Después de dos horas de recorrido en un camino pantanoso y empinado desde ‘La puerta de la montaña’ –o Bukit Lawang, su nombre en indonesio-, nos quedamos inmóviles, en silencio, atentos al sonido y con la mirada puesta en las altas copas de los árboles del espesísimo bosque.

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Padok, -mi guía y quien ha pasado toda su vida en esta jungla- imita el sonido de una hembra orangután, en una onomatopeya imposible de replicar. Una vez, dos, tres más… Y en la corona de un árbol gigante se mueve lo que, a larga distancia, parece solo una mancha, entre anaranjada y marrón, que empieza a coger forma cuando desciende con un cálculo exacto entre rama y rama. Árbol tras árbol: es una hembra fuerte y poderosa de aproximadamente un metro de altura y unos 40 kilogramos de peso. Incrédulos, vemos que no está sola. A su espalda se aferra su bebé.

Vemos una de las relaciones maternas más fuertes del reino animal. Esta madre duerme, come y se transporta con su infante hasta sus seis años de vida. Cuando juntos se sientan frente a nosotros, reconocemos en su expresión casi humana una advertencia que se contrasta con la tranquilidad de sus movimientos como las acrobacias de una clase de yoga.

Las ganancias por exportación de madera primaria en Indonesia son de 2,2 millones de dólares, según cifras de 2017 de la Organización Internacional de Maderas Tropicales, ITTO. 

El Orang –hutan –como llaman los indígenas en Malasia e Indonesia a la ‘persona del bosque’-, comparte un 97 por ciento de su ADN con el de los humanos. Esta especie, que vive únicamente en Borneo y Sumatra, tiene tantas similitudes a la nuestra, que algunos fueron usados en estudios científicos donde les enseñaron el lenguaje de signos logrando comunicarse con el hombre. Las hembras tienen períodos menstruales de tres a cuatro días cada mes; la gestación es de ocho meses y medio; y aunque raro, pueden concebir gemelos.

Desde la Supervivencia de Orangutanes de Borneo, BSO por sus siglas en inglés, el director general, Anton Nurcahyo, asegura que “su genética es tan cercana a la humana que pueden simular nuestro comportamiento diario cuando han vivido en cautiverio”.

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Tienen habilidades cognitivas y memorizan el entorno lo que, en adultos, es clave para construir piezas complejas de ingeniería como nidos cómodos que soportan su cuerpo y el de sus crías; utensilios para alcanzar hormigas, termitas y abejas inaccesibles, así como para extraer miel y frutas cubiertas en espinas. Construyen relaciones sociales a largo plazo, usan plantas como medicinas y crean flechas –un palo afilado en la punta- como herramienta de pesca.

Son proezas únicas en el reino animal, sin embargo, están gravemente amenazados según la Unión Internacional por la Conservación de la Naturaleza, IUCN. Hay solamente 104.700 de la especie de Borneo; 13.846 de Sumatra y 800 de Tapanuli, esta última en mayor peligro y descubierta recientemente, también, en el sur de Sumatra. Y dado que son tantos los factores que los están desapareciendo, expertos advierten su extinción en los próximos 20 años.

Lluvia de amenazas

En las últimas décadas, Sumatra y Borneo se han transformado en plantaciones de palma de aceite, cultivos de caucho, zonas de minería y fuentes de extracción masiva de madera. Según el reporte de 2016 del Proyecto Orangután -The Orangutan Project-, el 80 por ciento del bosque tropical de estas islas ha desaparecido. Por eso hoy en Sumatra sobreviven apenas 1.200 elefantes, 300 tigres y 75 rinocerontes, especies únicas de la isla.

Como explica Nurcahyo, “los incendios, la limpieza de tierras y la tala de árboles son las que amenazan críticamente la supervivencia del orangután”. La deforestación se reporta en cifras descomunales. Según Greenpeace, 74 millones de hectáreas -dos veces el tamaño de Alemania- del bosque de Indonesia han sido arrasadas y solo en Borneo hay 15.000 especies de plantas florales, una cifra equivalente a la diversidad de flores de toda África.



Los detergentes, maquillajes, chocolates, crema dentales y mantequillas -entre otros productos que contienen palma de aceite-, están destruyendo los bosques. Los árboles refugio de los orangutanes ahora son reemplazados por monocultivos en los que no sobreviven ni las arañas.

Aunque protegidos por la Unesco, el Parque Nacional Tanjung Puting, en Borneo, y el Gunung Leuser, en Sumatra -hogares también del mono gibón y macaco, del oso malayo, la pantera nebulosa, el cocodrilo, la pitón y otras especies de Sumatra ya mencionadas-, han sido atravesados con fines lucrativos. 

Buscando el equilibrio

Encontrar el balance para el desarrollo sostenible no ha sido tarea sencilla. 25 millones de personas viven de la palma de aceite en Indonesia, generando más de 18.6 mil millones de dólares en ganancias lo que lo hace el mayor productor del mundo, seguido de Malasia, Tailandia y Colombia, según el departamento de Agricultura de Estados Unidos. Su producción barata y eficiente contrasta con el efecto devastador de la siembra, que exige quemar la selva tropical.

Nurcahyo explica que “las compañías que explotan estos bosques se lucran aunque esto signifique destruirlos. Las empresas madereras deben producir troncos y las de plantación tienen que despejar el terreno y plantar. Ahora el gobierno ha reconocido a los indígenas su derecho a la tierra y eso jugará un papel muy importante en esta defensa”.

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La noticia es recibida con entusiasmo. El trabajo con la comunidad local, sin embargo, juega un rol crítico en esta lucha. Los centros de refugio de animales lidian con la muerte de muchos por hambre, y otros asesinados con pistolas y machetes, pues buscan en la carne del orangután comida y, más común, robar las crías y venderlas como mascotas.

Por su parecido con los humanos y el rostro conmovedor de los bebés, los orangutanes son altamente apetecidos en el mercado negro, lo que suele provocar el asesinato de las madres feroces que pelean a muerte por proteger a sus crías.

Indonesia tiene entre 10 y 15 por ciento de todas las especies de plantas, mamíferos y aves del planeta, según reportes de Greenpeace.

Pero como explica el Centro para los Grandes Simios –Center for the Great Apes-, “sus amos los tienen en las casas, convirtiéndolos en pequeños pseudohumanos. Al principio es muy entretenido para la familia y sus amigos, pero luego los simios se vuelven grandes y fuertes. Entonces comienza el problema para la familia”.

Así, los centros de refugio se enfrentan a un proceso de enseñanza lento, dado que muchas veces las exmascotas están traumatizadas por los abusos de sus amos y han perdido la habilidad para sobrevivir en el bosque, una lección que, en condiciones normales, aprenden en los primeros seis años, junto a su madre.

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Enormes esfuerzos mantienen viva la esperanza por la supervivencia del orangután. La pregunta de si un día se alcanzará el desarrollo sostenible de las comunidades sin amenazarlos recae hoy en los consumidores de todo el mundo, y en las políticas de los gobiernos locales. La tragedia está anunciada: la humanidad ya llevó a la extinción al 60 por ciento de los animales salvajes; ahora los impulsos tendrán que redoblarse.

Así las cosas, las miradas que la cría orangután y su madre clavan en nosotros parecen confirmar su deseo de que la humanidad tome en serio su pedido de auxilio y emprenda más acciones para protegerlos.

De tiempo atrás

La compleja situación con la administración de los bosques en Indonesia se remonta a décadas anteriores.

Tras una dictadura de 31 años del presidente Suharto, las comunidades locales perdieron todas sus tierras. Hasta su renuncia, en 1998, las selvas fueron escenario de tala ilegal de árboles para fabricar muebles y papel. Con el paso del tiempo la palma de aceite pasó a ser la protagonista en la desaparición del hogar del orangután y de otras especies.

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Hoy la presión recae en las compañías para que implementen métodos sostenibles de producción. Ambientalistas recomiendan que los consumidores lean la etiqueta de los productos y compren solo los que contienen palma de aceite sostenible.

Consumo que arrasa

Un informe de 2017 de Greenpeace reveló que marcas como Unilever, Nestlé, Colgate-Palmolive, Mondelez –que vende comestibles como Oreo, Belvita, Halls y Trident- y L‘Oréal, acabaron con la mayoría del bosque indonesio en tan solo tres años.

“En muchas ONG trabajamos para asegurarnos de que las compañías que explotan el bosque cumplan los requisitos de sostenibilidad, pero la mayoría aún no están haciendo lo suficiente”, Robert O’Hagan, BSO.