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Opino desde los márgenes y me gusta hacerlo así. Soy excombatiente de la insurgencia y soy mujer; desde este lugar quisiera referirme al tema que nos convoca en el presente. Pretendo hablar de la idea de paz que hoy asumo, reflexionada algunas veces en soledad, y otras, en compañía de mujeres que han vivido esta misma guerra, desde lugares y perspectivas diferentes.
 
A partir de la experiencia propongo detener la mirada sobre un sujeto colectivo y político imprescindible para el logro de la paz: hablo de las mujeres excombatientes de la insurgencia, de las insurgentas, como gustan llamarse las zapatistas. 

Mi ruta 

Antes de aprender a leer conocí la ‘gramática de la guerra’ escuchando las historias que contaba el tío abuelo sobre la participación de nuestra parentela en la Guerra de los Mil Días. Mi infancia está poblada de imágenes de la época de La Violencia. Recuerdo que los muertos bajaban de la cordillera a lomo de mula, acompañados de hileras de familiares y vecinos expulsados de sus tierras, con la palidez del terror aún pintada en sus rostros En mi recuerdo, la guerra antecede la imagen de la paz. 

Comencé a estudiar antropología en los años setenta, cuando en el mundo se multiplicaban procesos de revolución nacional, y entre la juventud universitaria del país, contagiada de los movimientos políticos del cono sur de nuestro continente, ganaba terreno la idea de que los cambios sociales y políticos solo se lograrían a través de las armas. Yo milité en el Movimiento 19 de Abril (M-19) desde su fundación. La consigna “No hay paz con hambre”, que acompañó nuestras primeras pintas en las paredes, nuestros boletines y nuestras acciones político-militares, dibujó mi primer horizonte de paz: Paz con justicia social.

Lección aprendida

En febrero de 1980, viví y reconocí el valor de las conversaciones entre adversarios como manera para resolver un conflicto político, situado originalmente en el campo militar. La toma que hicimos de la Embajada Dominicana fue un suceso en el que no hubo vencedores ni vencidos, ganamos todos, como lo reconoció el gobierno de entonces. 

Todavía, sin embargo, me duelen los cientos de muertes, propias y ajenas, acaecidas durante esos nueve años, hasta concretar la firma de Acuerdos de Paz con cuatro organizaciones guerrilleras, a finales de 1989, y construir el pacto político consignado en la Constitución de 1991, con la esperanza de facilitar el camino hacia una paz social basada en la participación democrática. 

En el contexto propiciado por la Constituyente, la ciudadanía ensayó maneras de entender y hacer efectiva la democracia política, económica y social. Pero pronto, el escaso espacio que las normas abrían a la democracia lo fueron cerrando actores sociales producto de esos tiempos: el narcotráfico y los paramilitares, con alianzas impensables, hasta lograr los resultados que el país conoce. 

Como nadie desea más la paz que quienes hemos vivido la guerra sigo apostando a la firma de los acuerdos para dar por terminada la confrontación armada, y permitir el desmonte paulatino de otros conflictos que atraviesan nuestra sociedad. 


Por eso desearía que ahora, mientras se acerca la firma de los Acuerdos entre el gobierno y las FARC-EP, nos empeñáramos en fortalecer nuestros argumentos para convencer a los guerreros de todos los bandos de que la idea de seguir combatiendo para mostrar poderío militar, solo conduce a mayores pérdidas. 

Me declaro en sintonía con quienes desde el movimiento de paz y de mujeres por la paz exigen una tregua bilateral como un paso necesario para ir desmontando la guerra. La Agenda sobre la cual se conversa en La Habana, que ya cuenta con unos preacuerdos interesantes, es apenas un marco de referencia que deberá entrar en diálogo con la agenda social, fabricada a muchas voces, con amplia participación de diversos actores. No olvidemos que una cosa es el fin de la confrontación y otra la construcción de paz; diferenciarlas nos puede librar de nuevas frustraciones. 

Hacer real la paz es también un compromiso individual. En mi caso, un primer asunto fue quitarme las botas, despojarme del poder militar y salir del tablero de ajedrez en el que estaba parada: un juego con lógica bélica. (Vea: Los mejores y peores países para ser mamá

Una vez descalza y sin la arrogancia de poder que otorgan las armas, volví a recorrer las calles a pie; a contemplar lo relativo de fronteras que pensaba inamovibles y renunciar a certezas para lanzarme a mundos más amplios e inciertos. 

Quizás este sea un camino para ir desmontando la militarización que ha logrado permear el conjunto de nuestra vida social y se refleja en el modo de relacionarse desde la fuerza y el sometimiento (feminicidios, machismo, violencia intrafamiliar y sexual); en el mercado de cine y televisión (competencia, guerra y destrucción); en los criterios de opinión promovidos por medios de comunicación (sesgados, polarizantes, estigmatizantes); en la justicia, cuando pretende admitir el “todo vale en la guerra”, y en las políticas públicas de defensa y seguridad que privilegian el componente militar y el control territorial. 

Por eso la invitación es más amplia, no solo para quienes experimentaron o experimentan la milicia, con esta metáfora me refiero a remover toda esa estructura de pensamiento belicista y a transformar, desde nuestras prácticas más cotidianas hasta las políticas públicas. Más que reinventar la paz, quizás tengamos que reinventarnos nosotros. 

Mujeres que transforman el territorio


Junto a otras compañeras, aprendí que desde la particularidad de sus prácticas, las mujeres han contribuido a redimensionar la paz, develando sus expresiones más cotidianas. Si en nuestros análisis no hacemos visibles las transformaciones derivadas de las estrategias de resistencia que han desarrollado colectivamente en sus territorios, se continúa dejándolas, injustamente, atrapadas en la visión cortoplacista que considera el accionar femenino encaminado exclusivamente a resolver las necesidades inmediatas de la familia, sin valor frente a la construcción de una política pública de paz. 

Mi propuesta se orienta a propiciar la reflexión sobre el carácter de las insurgentas como sujetas políticas en el concierto del trabajo por construir la paz evaluando su opción por la no violencia. Me pregunto, ¿aceptará el movimiento de mujeres por la paz que participemos en la construcción de una agenda común?, ¿nos reconocerá como sujetas políticas el movimiento popular? (Vea: Mujeres y restitución de tierras)

Si logran las mujeres guerrilleras y las mujeres colombianas, en general, participar en representación de sus propios intereses; si buscamos acuerdos entre ellas, nosotras, y las otras, más allá de los Acuerdos, habremos avanzado hacia una democracia que abra la posibilidad de superar aquellas fracturas producidas por las guerras. 

En esta utopía inscribo mi invitación, tal vez porque confío que en medio de la polarización social, las colombianas mantengamos una esperanza terca, hasta lograrla, en la paz.

* Antropóloga, parte de la Red nacional de mujeres excombatientes, exmiembro del M-19 y activista por los derechos de la mujer.

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