“Se acabó La Chorrera”. Esas fueron las primeras palabras que pronunció Ricardo Guzmán al ver el panorama que hoy padece la cascada escalonada más alta de Colombia, ubicada en la vereda La Plata del municipio de Choachí, en Cundinamarca. Esta también es considerada como la sexta más elevada en todo Suramérica y la número 60 en el mundo.

“Hace un año, cuando la visité por primera vez, salí mojado de pies a cabeza por la cantidad de chorros que caían con fuerza desde la parte alta de la montaña. Era una cosa impresionante, que le hacía honor a su nombre. Ahora, tal vez porque lo duro de la sequía, está casi seca y solo se ve un pequeño rocío. Nos va a tocar echarle el agua que trajimos en las botellas para que no se muera”, asegura este bogotano de 40 años.

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Guzmán no es el único que ha quedado atónito con el déficit de agua que padece hoy La Chorrera, cascada que nace en la laguna de las Lajas en el páramo Cruz Verde y que no tiene otro cuerpo de agua que la nutra; el asombro es el común denominador en los rostros de las más de 400 personas que por estos días la visitan cada fin de semana.

Una de ellas es Tatiana Martínez, una bibliotecóloga de 32 años quien salió con un sin sabor luego de ver los delgados hilos de agua que ahora caen desde los 590 metros de altura de la cascada. “Vi en redes que se trataba de un espacio natural cargado de agua. Las imágenes que encontré eran majestuosas e imponentes. Pero hoy vimos de todo menos agua. Aunque hay mucha vegetación, esa escasez confirma los impactos del cambio climático”.

Foto: John Barros.

Por su parte, José David Pedraza, de 23 años, quien desde 2012 lidera recorridos ecoturísticos en La Chorrera con su empresa BioXplora, afirma que aunque nunca la había visto tan seca en las ocho veces que la ha visitado, el déficit de agua podría ser pasajero. “Colombia está atravesando por una complicada época de sequía, que no solo ha afectado a los bosques amazónicos, sino a los ríos y quebradas. Esperemos que en mayo, cuando se supone que regresan las lluvias, La Chorrera vuelva a su estado natural”.

Menos escandalizado salió Akim Bennama, un francés de 28 años que decidió pasar su mes de vacaciones recorriendo diversos paisajes colombianos, como el Eje Cafetero, Santander, Santa Marta y Providencia. “Decidí visitar la cascada luego de verla por internet. Aunque la gente dijo que no cae agua como antes, a mí me pareció un escenario muy bonito, lleno de árboles y de vegetación que jamás había visto. Deben aprovechar este maravilloso país que tienen”.

Lluvia, el anhelo

Hace 11 años, con el propósito de conservar el bosque y de que la ciudadanía pudiera conocer la cascada sin causar estragos a la naturaleza, 18 familias campesinas de Choachí se organizaron como asociación para darle vida al Parque La Chorrera, única agencia turística que se encarga de autorizar el ingreso a la zona.

“Antes, algunas empresas realizaban recorridos turísticos. Pero no había ningún tipo de control y la gente botaba basura y se bañaba con jabón en La Chorrera y El Chiflón, las dos cascadas del área. Eso puso en riesgo a la única especie de pez que hay en los cuerpos de agua: la trucha arcoíris”, cuenta Angie Carolina Rivera, habitante de Choachí que trabaja desde hace un año como una de las guías ambientales del parque.

Según Angie, la principal razón de que los turistas se lleven una imagen no tan alentadora de La Chorrera por estos días, es que desde hace más de tres meses no llueve con fuerza en el municipio, a lo que se le suma que están en plena época de sembradío.

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“Además de la sequía, los campesinos utilizan el agua de la cascada para regar sus cultivos, por eso se ve tan baja. Además, a diferencia de otros ríos o quebradas que se nutren de varios afluentes, La Chorrera solo cuenta con el líquido de la laguna de las Lajas en el páramo de Cruz Verde. Todos estos factores evitan que aumente su caudal en esta época, y que luzca desdibujada en medio del paisaje vegetal”.

Esta mujer, de no más de 20 años, se encarga de tranquilizar a los preocupados turistas cuando no pueden casi ni divisar la caída del agua por la montaña.

“La sequía ha estado larga este año. Pero eso no quiere decir que el agua no vaya a volver a brotar y caer como siempre lo ha hecho. Ojalá se adelantara el invierno, que casi siempre se presenta a mitad de año, para que los chorros camuflen todas las rocas y deleiten a los turistas. No queremos que las más de 1.000 personas que esperamos en Semana Santa se lleven un mal recuerdo”.

Foto: BioXplora.

Poca agua, pero mucho verde

A pesar de que por ahora los chorros no fluyen de manera caudalosa por los 590 metros de la montaña, que hace parte de la cordillera oriental, visitar La Chorrera, ubicada a solo 50 minutos de la capital, es una experiencia que conecta al ser humano con la naturaleza.

El recorrido de tres kilómetros y dos horas y media está conformado por recovecos que comunican hacia las partes más altas de La Chorrera, que alcanzan los 2.540 metros sobre el nivel del mar, y que fueron construidos por los campesinos para poder desplazarse desde Bogotá hacia Villavicencio.

“Este camino real de piedra fue construido en 1803 por nuestros abuelitos indígenas y campesinos para llevar sus productos desde Villavicencio hacia Bogotá. Por el frío que tenían que soportar en sus largas jornadas, guardaban en mochilas gallinas vivas que les servían como fuente de calor. Viajaban descalzos en busca de zonas para cultivar guatilas, curubas, cubios y arracachas. No sabían lo que era la pereza, por lo cual alcanzaban a vivir más de 100 años”, dice Yeison, otro de los jóvenes guías.

Los caminos están decorados por especies nativas como siete cueros, borracheros, encenillos, arrayanes y tintos, cuyos troncos y ramas tienen pijamas de musgos, líquenes, bromelias y barbas de viejo, una vegetación que se encarga de camuflar a animales como armadillos, ardillas, comadrejas, mirlas blancas, toches y azulejos.

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Antes de adentrarse en el espeso bosque de niebla, los expedicionarios se topan con el árbol de la vida y la piedra esponja o mini bosque. “Este árbol, que es un arrayán, atrae plantas enredaderas como la lengua de vaca, y otras especies como orquídeas, quiches y helechos. Tiene como 60 años de vida y solo echa fruto una vez al año. Por su parte, la piedra esponja está llena de lamas o motas, que cuando llueve agarran el agua”, cuenta otro de los guías.

La primera parada hídrica es en la cascada El Chiflón, de 55 metros de altura, que nace en dos lagunas de la vereda Agua Dulce, en el páramo Cruz Verde, razón por la cual no luce seca como La Chorrera y se pueden realizar deportes extremos.

“El Chiflón nunca se seca, ya que tiene una constante inyección de líquido en su parte alta. Los turistas pueden pasar por una cortina de agua de más de 40 metros, que los deja lavados. Además, si son de deportes extremos, tienen la oportunidad de hacer torrentismo y rapel por el descenso de la cascada, siempre guiados por expertos”, anota Angie.

Luego de escalar por inclinadas pendientes, que a veces se convierten en rodaderos por donde caen los expedicionarios con menos equilibrio, en la cueva de los monos, un punto sagrado para la comunidad muisca, se empieza a divisar la imponente montaña por donde baja La Chorrera.

“Los muiscas venían acá a adorar a sus dioses Sua (sol), Sie (agua) y Chía (luna). No les ofrecían oro, como en la laguna de Guatavita, sino que dejaban lo mejor de sus cultivos, como el maíz. Nuestros antepasados indígenas utilizaban palabras que para ellos eran elogios, pero que para nosotros son insultos, como guaricha, la cual significaba princesa bañada en oro”, relata Angie.

Más de 10 hectáreas de la zona de La Chorrera han sido recuperadas a través de la siembra de especies del bosque nativo como arrayanes, cucharos y robles y plantas como chusques, palmiches y helechos, los cuales les sirven de hogar a un sinfín de aves como pavas de monte, tucanes que llegan desde Villavicencio, mirlas calentanas o grises, toches, trogones, mochileros y colibríes de miles de colores.

“El agua del páramo cae totalmente cristalina, y es utilizada para consumo de la zona veredal. Para apreciar en toda su majestuosidad a La Chorrera, lo más recomendable es venir en época de invierno, cuando incrementa su caudal. Sin embargo, el parque abre sus puertas todos los días del año, se puede acampar en ciertos sitios y realizar caminatas y deportes extremos. La entrada tiene un precio de $12 mil, pero tenemos diversos paquetes para los que quieren realizar más actividades”, puntualiza Angie.

Recorridos por redes sociales

Una opción para poder visitar La Chorrera y otros espacios naturales en el departamento de Cundinamarca es BioXplora: creando experiencias, una iniciativa que nació en 2012 como un proyecto de seis universitarios amantes de la naturaleza y del turismo responsable.

“Primero nos llamábamos Senderos, que nació como un club o grupo en Facebook para hacer recorridos a sitios naturales de Cundinamarca. Desde agosto del año pasado, con la nueva regulación del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, decidimos ajustarnos con todos aspectos normativos para formalizar el proyecto BioXplora, el cual ya tiene Cámara de Comercio y cumple con lo exigido por la ley”, complementa José David Pedraza, uno de sus creadores.

Pedraza informa que por ahora el proyecto solo realiza un viaje cada mes, preferiblemente un domingo, a sitios como La Chorrera, las lagunas de Guatavita y Tabacal en La Vega, y los parques de Chicaque y Matarredonda, los cuales ya fueron explorados minuciosamente por alguno de los cuatro jóvenes emprendedores que aún continúan.

“Antes de legalizarnos, cada recorrido tenía un promedio entre 30 y 40 personas, con picos que alcanzaban los 110. Pero para cumplir con las políticas de sostenibilidad, ahora el cupo es de máximo 12. Nuestro único canal de divulgación es nuestra página en Facebook, una herramienta que nos ha permitido romper fronteras. En cada viaje siempre hay por lo menos un extranjero”.

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Las expediciones son de solo un día y sin estadía. Cuestan en promedio $90.000 pesos, monto que cubre el transporte, seguro, ingreso a los parques cuando es necesario y alimentación, la cual negocian con algunos de los habitantes de las zonas, con el fin de contribuir a la economía de las poblaciones locales.

“Cualquier persona que tenga un gusto y respeto por la naturaleza puede participar. Nosotros no hacemos charlas sobre ecoturismo o responsabilidad ambiental, sino que educamos con nuestro comportamiento durante las caminatas, recomendando no botar basura, caminando por los senderos y conectándose con la naturaleza”, complementa Pedraza.

A futuro, los jóvenes de BioXplora trabajan en ampliar el portafolio de servicios. “Queremos hacer recorridos a las siete lagunas mágicas de los muiscas, buscar alianzas con la empresa privada e incrementar la cantidad de viajes por mes”.