Una de las principales razones por las que es tan difícil que la humanidad se haga cargo de su responsabilidad frente a otras formas de vida, es la invisibilidad aparente de la biodiversidad. Los habitantes de las ciudades nos hemos convencido de la falsa idea de estar al margen de las dinámicas que determinan el funcionamiento de la biosfera.

Por esa misma razón y a pesar de que los problemas ambientales se han vuelto temas habituales en los medios, sus raíces, sus consecuencias y la responsabilidad de cada uno frente a ellos, son generalmente ignorados. Hasta cierto punto, esto es entendible. Después de todo, la noción de realidad de los humanos se deriva, en gran medida, de la limitada percepción del mundo conseguida a través de la dotación sensorial con la que nacemos.

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Esto significa que, aunque no nos demos cuenta, existen “ahí afuera” multitud de sonidos, colores, texturas, olores y sabores, que hay millones de seres diminutos por fuera de nuestro alcance sensorial e incontables relaciones ecológicas que tienen lugar ante nosotros e incluso dentro de nuestros propios cuerpos.

Lo que sucede en los grandes paisajes alrededor de las ciudades, en donde se concentra la mayor parte de la población, está por fuera de su campo sensorial. Así, millones de personas viven ajenas a la elemental noción de que su existencia misma y su bienestar están relacionados con la integridad de los ecosistemas.

Y si esto sucede con bosques, sabanas, ríos y lagunas en las inmediaciones de pueblos y ciudades, cuya majestuosidad y riqueza biológica son relativamente fáciles de apreciar para quien tenga un mínimo de sensibilidad, ¿qué podemos esperar para aquellos paisajes cuya invisibilidad no es metafórica sino absoluta para prácticamente la humanidad entera?

Como bien lo señaló el inolvidable Jacques Yves Cousteau, una y otra vez desde la década de 1970 hasta su muerte, el mar es apenas visible a ojos humanos en su superficie o, a lo sumo, unos pocos metros bajo la misma y, por lo general, cerca de las costas. Y debido a esta invisibilidad real, lo que sucede bajo las olas de los océanos permanece oculto. Los tesoros biológicos marinos siguen siendo secretos y nos parece casi inimaginable pensar que sus ecosistemas hayan sufrido algún tipo de deterioro.

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Pero la realidad ha terminado por imponerse y la crisis ambiental de los océanos literalmente “aflora a la superficie”. El exceso de residuos plásticos que circulan con las corrientes marinas se ha vuelto noticia y empezamos a pensar dos veces antes de utilizar un pitillo o un envase desechable. De igual manera la acidificación del agua del mar y el blanqueamiento de los arrecifes de coral, que hasta hace poco tiempo eran fenómenos apenas conocidos para algunos iniciados, aparecen en los medios masivos como tantas otras manifestaciones inocultables de la realidad del cambio climático global.

Por otra parte, la erosión creciente que amenaza tantas poblaciones costeras, el colapso de grandes pesquerías que surten a millones de personas y la declinación de las poblaciones de tiburones, tortugas marinas, aves oceánicas, ballenas, delfines y otros mamíferos marinos son noticias de amplia circulación que desvelan al fin el arcano de los mares del mundo.

En 1922 León de Greiff, heredero de una estirpe vikinga, se lamentaba en un poema por no haber visto el mar. Para el autor de la “Balada del mar no visto”, esa omisión era apenas la consecuencia inevitable de haber nacido varado en las montañas de Antioquia, a varios centenares de kilómetros de la costa más cercana, en una época en la que hacer este viaje era todavía relativamente difícil.

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Pero en nuestro caso, casi un siglo después, permanecer ciegos ante la preocupante situación de los océanos no es sólo irresponsable, sino también imperdonable. Si la sociedad quiere seguir aprovechando los grandes beneficios que durante siglos ha obtenido de los ecosistemas marinos, ya va siendo hora de que abra los ojos, contemple su alarmante deterioro y se haga cargo, de una vez por todas, de la responsabilidad que le compete en su recuperación.