Todas las mañanas, cuando el fuerte sol de Córdoba sale por el oriente y baña las aguas de la Ciénaga de Ayapel, el joven Nicolás Arney se levanta con energía renovada, se toma una copa de café tinto oscuro y se monta en la primera moto que pase hacía la sede de CorpoAyapel para ayudar cumplir con una misión quijotesca: sembrar un millón de árboles que le devuelvan a su tierra el paisaje frondoso de alta silueta que solía ver cuando tenía ocho años.

Con sus manos untadas de tierra, y con grietas en sus palmas producto del arduo trabajo, mueve pequeños arbolitos de mangle dulce, polvillo, roble, bucaro, orejero y guamo de un extremo a otro del hangar en donde reposan cientos de bolsas negras llenas de tierra con semillas y plántulas. Les consiente las hojas y las acaricia como si se tratase de otro ser vivo. Las lleva en carreta hacia algún campo en donde todavía no se ve un verde prominente, sino tallos de altura mediana distribuidos con la precisión de una regla y que le hacen imaginar que algún día la Ciénaga, un extenso humedal que baña a los departamentos de Córdoba y Sucre, vuelva a ocultar la llanura desértica con la le toca despertarse desde 2010.

En algunos lugares se ve un paisaje frondoso, pero en otros la planicie da cuenta de la inundación devastadora que acabó con el paisaje Fotos Santiago Ramírez Baquero

Precisamente ese año, cuando comenzó la ola invernal, un dique en el río Cauca no soportó más la fuerza del agua y lo liberó con violencia. El resultado fue una inmensa inundación sobre los pequeños islotes y que se metió cientos de metros hacía las orillas. 50.000 hectáreas de vegetación se ahogaron y los habitantes de Ayapel tuvieron que convivir tres años con esa pesadilla.

Tres años en donde vieron como poco a poco la silueta verde se derrumbaba y daba paso a una vasta llanura que luego sería aprovechada de nuevo por la minería.

Recomendamos: La Cienaga de Ayapel es declarada territorio Ramsar

Pero esta no era nueva en la Ciénaga. Durante el auge del narcotráfico, en los años ochenta la minería tuvo su primer auge en el extenso humedal. que se apagó en los noventa pero que gracias al alza del oro desde finales de la primera década del nuevo milenio resucitó con más fuerza, y ahora, con violencia.

Con la misión de preservar el ecosistema

Fue un filántropo de marcado acento paisa, pero tan ayapelense como cualquier otro habitante de la ciénaga, el que aterrizó la idea de crear una fundación que velara por la salud de sus vecinos y del inmenso humedal. Entonces CorpoAyapel nació con la misión de proteger lo que la mano del humano, la minería y la ganadería estaban devorando.

De ahí surgió el liderato de Nicolás Ordóñez, el actual director de la fundación, de llevar a la realidad la idea de poner sobre la tierra un millón de árboles. Cien familias guardabosques empezarán a sembrar los primeros diez mil. Pero además de incentivar la siembra de árboles, la fundación también se ha esmerado en promover una educación ambiental con la comunidad para que los padres les enseñen a sus hijos la importancia de la ciénaga.

CorpoAyapel incentiva a las comunidades la enseñanza de la educación ambiental. Fotos Santiago Ramírez Baquero

Este enorme esfuerzo de la comunidad ayapelense le valió que el pasado dos de febrero la Ciénaga de Ayapel fuera declarada territorio Ramsar. El ministro de Ambiente, Luis Gilberto Murillo, oficializó la declaración con la siembra de un mangle como hecho simbólico. La Convención Ramsar es un tratado intergubernamental que tiene cobertura en el 90 por ciento de los estados miembros de Naciones Unidas. Su objetivo es conservar y promover el uso racional de los humedales, con el fin de que exista un aprovechamiento sostenible.

“Esta es una gran victoria para el departamento de Córdoba, Colombia y su diversidad. Esto ayudará al desarrollo sostenible del municipio”, dijo Nicolás Ordóñez.

Pero la reforestación implica un trabajo más complejo que confronta a los dueños de diferentes propiedades que se resisten a que en sus fincas se siembre árboles para rehabilitar el bosque. Investigadores de la Universidad de Antioquia funcionan como mediadores entre los guardabosques y los hacendados. Aunque algunos se muestran abiertos a sembrar especies, otros se resisten.

Un paraíso en peligro

A dos horas y media de Montería queda este sistema cenagoso que enlaza ríos, cuencas y caños; que distribuye el agua hacía otros municipios y que es el refugio de 64 aves migratorias provenientes de Canadá y Estados Unidos y el hogar de otras 130 nativas.

La ciénaga es un laberinto de agua pantanosa por el que las lanchas serpentean entre islotes en donde se ven sobre todo garzas reales (Ardea alba) y otros cientos de especies que sobrevuelan solitarias los camellones de tierra que alguna vez los indígenas zenú diseñaron de forma tan sabía que entendieron hace más de dos mil años que el agua había que dejarla seguir por su rumbo para que alimentara.

Superior izquierda:  Ardea alba (Garza real). Superior derecha: Phaetusa simplex (Gaviotín picudo) Inferior izquierda: Milvago chimachima (Pigua). Inferior derecha: Larus cf. atricilla (Gaviota reidora) Fotos Santiago Ramírez Baquero

“Son considerados unos grandes ingenieros, modificaron el paisaje y estuvieron viviendo desde hace 2000 años. El polígono Ramsar es en realidad una zona bastante pequeña si se tiene en cuenta todo el ecosistema que integra a toda la ciénaga”, dice Sneider Rojas, antropólogo y arqueólogo investigador de la Universidad de Antioquia.

Por eso algunos asentamientos de tierra todavía mantienen su diseño para la vivienda y otros para el flujo del líquido. Las culturas prehispánicas que aquí se acentaron se adaptaron a vivir en el agua, por eso Fals Borda acuñó el término de estas comunidades como pueblos anfibios. "En realidad se lleva trabajando casi 20 años en la depresión momposina, una extensa región por donde llegan los ríos Cauca, San Jorge y Magdalena. Es muy importante porque todas las aguas de los Andes llegan a este lugar", afirma Rojas.

También podría interesarle: Malpelo, el remanso de los tiburones que Colombia protegió

Un humedal amortigua las inundaciones y absorbe parte del agua que proviene de los humedales. De ahí los humanos aprovechan un lugar como la ciénaga para provisionarse de alimento y de sustentos económicos.

La minería ha sido una de las enfermedades más graves que padece la ciénaga. En cabeza del Clan del Golfo, el oro que se saca de la ciénaga dicen que es el más puro y el que se vende al mejor precio. Pero la minería artesanal también hace de las suyas, aunque los pequeños trabajadores claman porque dejen de ser tratados como criminales, a pesar de que la extracción sea ilegal, no todos pertenecen a bandas criminales.

El mercurio se utiliza para que el oro se separe de otros residuos, los mineros lo vierten sin la noción de la contaminación de suelos y agua que producen. Muchos de los pescados que los habitantes consumen están contaminados con mercurio, algunos ejemplares sobrepasan el tamaño establecido para el consumo pero que igual terminan vendiéndose en los mercados populares porque no existe ninguna otra salida.


Son pocos los pescadores que sobreviven en la ciénaga. Investigadores de la Universidad de Antioquia han encontrado niveles de mercurio en los pescados, algunos sobrepasan el peso y la talla permitidos para el consumo. Fotos Santiago Ramírez Baquero

Muchos pobladores saben que es más rentable salir a buscar oro que dedicarse a la pesca o a la ganadería. La agricultura, que en algún momento fue abundante y productiva, ahora no existe. En los setentas y ochentas se quedaron amplias extensiones de cultivos que hoy ya no se ven. Actualmente no es rentable para ningún poblador sacar productos hacia otros municipios.

“Los primeros hallazgos que quedaron reportados de la Ciénaga son de algunos colonizadores que uno lee y empieza a imaginar el paisaje de esa época y uno lo pinta como bosques exuberantes y fauna y flora abundante”, dice el ingeniero Fabio Vélez, de la Universidad de Antioquia, y cuyo doctorado se enfocó en estudiar el cambio de paisaje en la ciénaga.

Pero ahora solo se visibiliza una línea marcada que limita la frontera entre el cielo y el agua gracias a la deforestación que ha pintado en realidad una planicie sin vegetación que durará décadas hasta que se vea un resultado de los árboles que CorpoAyapel siembra y que de todas formas no recuperará en su totalidad las pérdidas que los humanos le han causado a este paraíso incrustado en la mitad de una geografía rica como la de Colombia. Al final del día, la luna dibuja algunas siluetas de las copas de los árboles y da cuenta de un paisaje perdido en el tiempo que alguna vez existió y que con amor a la causa los pobladores quieren volver a ver por toda la ciénaga.


La noche en Ayapel. Foto Santiago Ramírez Baquero