Parada de espaldas a la cima de la montaña que rodea la laguna de Guatavita se encuentra Clara Chauta, una mujer de edad madura que se declara indígena muisca. Frente a ella está el primer grupo de visitantes de la laguna. “Buenos días, bienvenidos, mi nombre es Clara, hoy vengo a contarles las historias de mis abuelos y ancestros sobre este sagrado lugar, y espero que al finalizar comprendan la importancia para todos de la laguna, del agua, del territorio…”, dice.

Luego de hacer la descripción de la flora y la fauna del bosque alto andino y del subpáramo que rodea la laguna, ella comienza hablar sobre la tradición muisca: “Yo no les vengo hablar como científica, solo les voy a contar mi vivencia y lo que mi cultura sabe de esta laguna y otras que se encuentran en la sabana”.

Con tono pausado cuenta la importancia de Guatavita para los muiscas, los rituales que hacían allí y los intentos que los españoles y colombianos han hecho para desaguarla.

Para ella, la tradición oral y la historia de sus ancestros ha sido tergiversada y menospreciada y por eso también hay un desprecio por las lagunas como lugares espirituales y de encuentro entre lo espiritual y lo físico. “Los conquistadores creyeron que Guatavita era la puerta de entrada a un mundo con palacios construidos en oro repleto de muchos tesoros, pero lo que nunca entendieron ellos, es que nuestros tesoros no eran oro ni esmeraldas, eran las lagunas y el territorio”.

Según su cosmovisión, todas las lagunas que se encuentran en la sabana de Bogotá (entre otras ubicadas en el altiplano cundiboyasence y en la cuenca baja del río Bogota) tienen una connotación sagrada y hacen parte de todo un sistema espiritual que mantiene la cuenca del río Bogotá. “Las lagunas que hoy tanto irrespetan los colombianos tienen distintas conexiones naturales y espirituales que mantienen viva la gran serpiente que es para nosotros el río Bogota. Sin lagunas el río se muere y sin el río la vida se acaba”, explica Ernesto Mamanché, líder del resguardo muisca de Sesquilé.

La cuenca alta está conformada por nueve subcuencas que incluyen los embalses de Tominé, Sisga y Neusa, y lagunas entre las que se destacan Guatavita, Siecha, Fúquene y Cucunubá. Foto: Nicolas Acevedo.

Historia de una tragedia

Esta concepción ancestral o mítica no dista mucho de la realidad de lo que es la cuenca del río Bogotá. Por ejemplo, su cuenca alta está conformada por al menos nueve subcuencas, que incluye los embalses de Tominé, Sisga y Neusa y las lagunas entre las que se destacan la de Guatavita, Siecha, Fúquene y Cucunubá.

Todo este sistema alimenta y mantiene vivo al río Bogotá. La flora se caracteriza por la presencia de bosque natural andino y altoandino en su mayoría, y subandino. Es común ver arrayanes, tunos esmeraldo, encenillos, manos de oso, mortiños, entre otros. En cuanto a la fauna allí los habitantes cuentan que con alguna frecuencia se ve el pato brasileño, el pato andino, la tingua, el periquillo amarillo, la rana arlequín, la rana saltona, la rata de chuscal, el venado sabanero y el tigre gallinero. Pero a medida que pasa el tiempo son más escasos.

Pese a la importancia ecosistémica del complejo lagunar de la sabana de Bogotá, estos cuerpos corrieron la misma suerte de la laguna de Guatavita (que desde tiempos de Gonzalo Jiménez de Quesada la intentaron desecar para sacar todas las riquezas en ofrendas que había en su fondo hasta que en 1965 el gobierno colombiano la declaró patrimonio histórico y cultural de la Nación).

Desde la segunda mitad del siglo XX, habitantes de la región y grandes terratenientes de la capital comenzaron a desecar las lagunas de la sabana para adecuar sus tierras a la ganadería y la agricultura. Sus aguas empezaron a destinarse para el uso doméstico y agropecuario, lo que también condujo a la reducción de los niveles de estos cuerpos de agua. A su vez, estas aceleraron el proceso natural de la sedimentación de las lagunas. 

El resultado: en menos de 60 años, entre la década de 1950 y la de 2000, el espejo de agua de la laguna de Suesca pasó de 547 hectáreas a 160. La situación fue más dramática en Fúquene, una de las lagunas más sagradas de los muiscas en donde se hacían ceremonias al sol y la luna y se adoraba porque, según los indígenas, proporcionaba la fecundidad a la tierra y a sus mujeres, y poco a poco dejó de ser ese “mar interior”, como lo conocían los habitantes de antaño. 

Los intentos por desecar la laguna nacieron con la República. Por más de un siglo Fúquene fue presa de los proyectos de diversos empresarios por desaguarla, incluso durante buena parte de este tiempo fue propiedad privada de las familias aristocráticas del país. Cuentan los historiadores que luego de derrotar a los españoles, Simón Bolívar le entregó al prócer de la independencia José Ignacio París Ricaurte la laguna para que la desecara e hiciera productiva la tierra. Cometido que París no pudo lograr, pero que muchas otras personas intentaron con un éxito parcial. 

De acuerdo con datos de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), a inicios del siglo XX la superficie del espejo de agua podía llegar a las 12.000 hectáreas y un siglo después ya solo llegaba a 3.138. Sus aguas se convirtieron en la letrina de los municipios cercanos. Esa situación, además de ser una tragedia ecológica, representó un verdadero problema en las temporadas invernales. Las 9.000 hectáreas robadas a la laguna y dedicadas a actividades agropecuarias o domésticas eran susceptibles de inundaciones en las olas invernales.

Con el retroceso de los niveles de las lagunas, vino la deforestación de los bosques andinos, altoandinos y de páramo y su reemplazo por cultivos y pastos para ganado. La flora y fauna se redujeron de manera alarmante: 

Ese alarmante deterioro se repitió con patrones casi idénticos en otras lagunas como la de Cucunubá.

De los desagües a la recuperación

Esa historia de desecamientos de las que han sido víctimas buena parte de las lagunas de la sabana, comenzó a cambiar a finales del siglo XX. El continuo deterioro de estos cuerpos de agua estaba poniendo en riesgo el abastecimiento de las poblaciones que se encontraban en sus subcuencas y de paso los habitantes del resto de las cuencas alta y media del río Bogotá. 

La posible desaparición de algunas lagunas y por consiguiente la reducción de la oferta hídrica prendió las alarmas de las autoridades ambientales, que empezaron a implementar planes de recuperación. Pero llevarlos a cabo no ha sido fácil, en especial porque la gran mayoría de los terrenos en que se encuentran estas lagunas están en manos de privados y las negociaciones o aclaración de títulos ha tenido todo tipo de trabas y conflictos. Por otra parte, aumentar la superficie de los espejos de agua es una labor técnica que implica la inversión de grandes sumas de dinero que en ocasiones no se tiene.

Pese a esas dificultades, entidades como la CAR han emprendido estrategias para recuperar las lagunas y sus subcuencas. En el caso de Guatavita, en los últimos 20 años esta institución ha comprado predios y ha comenzado un proceso de reforestación con especies nativas.

“No sé si ustedes visitaron la laguna hace más de 20 años, los pastos llegaban muy arriba en la montaña y los turistas dejaban contaminados los senderos. Ahora, con los procesos de compra de predios llevados a cabo por la CAR, la reforestación y la implementación de un régimen de visitas reguladas a la laguna, las cosas han cambiado de manera importante. Si ustedes ven desde la cima hacia abajo, se observa que la franja de bosque altoandino y de subpáramo les ha ganado terreno a los pastos”, explica Eduardo Acosta, profesional encargado de la Reserva Forestal Productora Protectora de la Laguna del Cacique Guatavita y Cuchilla de Peña. 

En la laguna de Fúquene, la CAR desde hace un par de años también, en conjunto con las gobernaciones de Cundinamarca y Boyacá, ha emprendido acciones para recuperar la extensión del espejo de agua y garantizar el abastecimiento a las poblaciones aledañas. Las principales acciones han estado centradas en reducir la sedimentación de la laguna y mejorar las condiciones hidráulicas y regulación hídrica. Entre 2015 a la fecha se han extraído alrededor de 3 millones de metros cúbicos de sedimentos.

Como dice Clara a su público, “las lagunas volverán a ser lo que eran si volvemos a respetarlas y comprendemos que de ellas depende la vida”. Enseñanza que poco a poco los habitantes de la región y las autoridades y gobernantes empiezan a entender.

*Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.