El cuero fue la causa de una gran revolución en Villapinzón y Chocontá, dos municipios del departamento de Cundinamarca. Sus pobladores cuentan que fueron inmigrantes de Marruecos, expertos en convertir la piel de una vaca en materia prima para hacer bolsos, chaquetas, cinturones y zapatos, quienes les enseñaron el oficio que cambió sus vidas.

Poco a poco, los campesinos reemplazaron sus cultivos de papa para dar paso a la actividad curtidora, un arte que al principio consistía en ablandar los cueros con sus propios pies en las rondas del río Bogotá, para luego aplicarles ácido sulfúrico, limpiarlos y añadirles taninos de la corteza de los árboles de encenillo para evitar que se descompusieran.

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Los curtidores artesanales fueron montando rudimentarias bodegas (llamadas curtiembres) para hacer su labor en sitios cercanos al río Bogotá, ya que así podían descargar los vertimientos contaminantes derivados del proceso; una actividad que ha pasado de generación en generación en muchas de las familias de ambos municipios.

Hoy en día, Villapinzón y Chocontá albergan 120 curtiembres, cifra que los convierte en la segunda zona con mayor producción de cuero en el país, después del barrio San Benito en Bogotá, donde se concentran cerca de 300.

Pero esta actividad se ha convertido en un dolor de cabeza para la calidad ambiental del río Bogotá, que nace a 11 kilómetros del casco urbano de Villapinzón, en el páramo de Guacheneque.

“Las aguas del río Bogotá bajan puras y cristalinas desde el páramo. Al ingresar a Villapinzón se contaminan con aguas residuales y los químicos de las curtiembres, razón por la cual su índice de calidad pasa de tipo 1 (muy bueno) a 3 (regular)”, aseguró Nicolay Agudelo, ingeniero químico de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR)

Ante este panorama, desde 2014 la Corporación emprendió la difícil tarea de cambiarles “el chip” a los curtidores para que realizaran procesos de producción limpia en sus establecimientos, y así mejorar la calidad del río Bogotá.

“Empezamos a convocar a todos los curtidores del sector para informarles sobre el proceso de producción más limpia que debían realizar. No ha sido fácil, ya que el trabajo del cuero ha pasado de generación en generación. A las primeras reuniones no asistían más de 10. Pero poco a poco el mensaje ha empezado a calar en el gremio”, dijo Ginna Barrera, trabajadora social de la CAR.

A la fecha, de los más de 100 curtidores de ambos municipios, 22 construyeron sus plantas de tratamiento para cumplir con los parámetros ambientales establecidos, razón por la cual ya cuentan con los permisos de vertimientos. Es decir, su actividad ya es legal y no afecta al río Bogotá.

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“Otras 24 empresas trabajan actualmente para legalizar su actividad y organizar la casa. La mayoría no cuenta con señalización, división de actividades o archivadores de sus documentos, razón por la cual la CAR los sensibiliza sobre el correcto funcionamiento de sus plantas, salud ocupacional, gestión documental y recomendaciones jurídicas”, apuntó Barrera.

Sumado a esto, la CAR ya tiene el predio para construir la planta de tratamiento de Villapinzón, la cual tratará las aguas residuales del municipio, y tiene presupuestado invertir cerca de $1.500 millones para un Parque Ecoeficiente que concentre a todos los curtidores.

Héctor, el pionero

Héctor Miguel Rodríguez, un hombre de 60 años que vive en el municipio de Chocontá, fue el primer curtidor en “meterse la mano al dril” para cumplirle al río Bogotá. El trabajo del cuero siempre ha estado presente en su familia. Su papá, abuelo y tatarabuelo fueron expertos en esa actividad, por lo que desde los 7 años ya tenía claro que sería un curtidor más del municipio.

“Chocontá y Villapinzón son pueblos que siempre han vivido de esta actividad, desde la llegada de los españoles, y dudo mucho que llegue a desaparecer algún día. De mis cinco hijos, tres ya tienen sus propias curtiembres”, asegura.

A los 15 años, este chocontano de pelo y bigote color ceniza y piel rojiza, empezó a trabajar como curtidor; al poco tiempo se arriesgó y montó su negocio propio llamado El Porvenir, ubicado cerca a una quebrada que sirve sus aguas en el río Bogotá.

En 2002, la CAR le impuso el cierre definitivo a la curtiembre por estar en zona de ronda, lo cual no frenó a Héctor para seguir trabajando como curtidor.

“La CAR me advirtió que para seguir trabajando tenía que reubicar el negocio en un predio donde se pudiera hacer la actividad, además de adelantar un programa de producción más limpia en los procesos de curtido, pelambre, descarnado y desencale, y construir una planta de tratamiento propia”.

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Héctor instaló su negocio en unas tierras aptas que tenía en Chocontá. “En 2013 empecé a trabajar en el nuevo lugar, pero antes contraté expertos para que me hicieran los planes de manejo. A un señor de Cúcuta le pagué $160 millones para la planta de tratamiento, pero los parámetros de contaminación no se cumplían. Pedí el permiso de vertimientos como seis veces, pero me lo negaban por sobrepasar los niveles”.

En 2015, Héctor decidió acogerse al trabajo de sensibilización de la CAR. “Mis compañeros no creyeron, decían que eso no se iba a lograr. Pero a mí me convencieron y acepté la invitación. Me ayudaron a adecuar la planta, a organizar papeles, dividir las zonas, limpiar el desorden. Hoy ya le cumplo al río y me siento orgulloso de ser el primer curtidor que recibió su permiso de vertimientos”.

En su planta de tratamiento se realizan varios procesos que permiten convertir las aguas azules por el cromo en fluidos cristalinos, separar los lodos para darles el tratamiento adecuado por medio de un operador y hacer abono con el pelambre.

“La descontaminación del río Bogotá es tarea de todos. Siempre les digo a los otros curtidores que se legalicen, ya que el río es la vida del municipio. Le he servido de ejemplo a los otros 21 curtidores que hacen parte del programa”.

“Hay que apostarle al río”

Emeramo Ruiz Castiblanco, un hombre de 54 años nacido en Villapinzón, es dueño de la curtiembre El Escorpión, otro de los 22 establecimientos que ya no le hacen daño al río Bogotá. Este padre de dos hijos empezó su relación con el cuero hace más de 30 años, cuando decidió poner su negocio cerca a las orillas del río Bogotá.

“No realizaba ningún tipo de tratamiento a los vertimientos. Por eso, en 2003, la CAR me impuso el cierre definitivo, pero me dio la oportunidad de reubicarme si me trasladaba a un predio lejos del Bogotá”, relata Emeramo.

Y así lo hizo. Decidió invertir $120 millones para comprar un nuevo predio de 3.200 metros cuadrados lejos del río, además de $180 millones para poner a funcionar una planta de tratamiento.

Don Emeramo compra sus cueros en los municipios de Ubaté y Chiquinquirá. Cuando ingresan a su curtiembre, sus 12 operarios les retiran la sal y los separan para realizar dos procesos: unos son para hacer zapatos, bolsos y chaquetas y otros para alfombras y elementos decorativos.

“En tres bombos, los cueros para alfombras pasan por un pelambre, descarnado y desencalado. Allí se hidratan en sulfuro de sodio, cal, ácido orgánico y enzimas, lo que les quita el exceso de pelo y gordos”, narra Emeramo.

Por su parte, los cueros para la marroquinería pasan primero por un descarnado, una máquina rebajadora que le quita el exceso de piel, sobras que son vendidas para la elaboración de colágenos.

“En un bombo giratorio con agua, cromo y ácidos térmicos, los cueros se curten por 24 horas. Allí pierden el pelo y adquieren el color azul del cromo. Todos los líquidos del proceso fluyen hacia a la planta de tratamiento”. Luego, las pieles son apiladas por cuatro días mientras se secan. Cada lonja es cortada en dos antes de ingresar a la máquina escurridora, que elimina todo rastro de líquido.

“En la máquina rebajadora limamos el cuero al tamaño de cada producto: 14 y 15 milímetros para maletas y calzado, 20 y 18 para correas y 0 y 7 para chaquetas. Posteriormente ingresan a otro bombo con cromo y grasas, proceso que se llama recurtido. El material es colgado por ocho días para que se seque”.

“Toda el agua sucia que sale de los procesos es transportada por canales a cuatro piscinas de cemento con trampas de grasa: una para el sulfuro, otra para el cromo, otra para el desencalado y otra para el remojo. Los vertimientos son tratados en la planta: 50 por ciento es reutilizado en la curtiembre y el restante sale al río Bogotá con los parámetros adecuados”, explica.

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Este ha sido uno de los principales avances en la lucha titánica por recuperar la cuenca alta del principal río de la Sabana. Aunque hace falta mucho trabajo, la conversión de los curtidores muestra que la labor articulada entre las autoridades ambientales y los sectores productivos tiene resultados positivos en el mediano plazo. “Al comienzo no funcionó. Muchos curtidores fuimos engañados por una persona malintencionada que nos prometió que las plantas de tratamiento serían efectivas. Por eso lo pensé más de dos veces para recibir la asesoría de la CAR. Estamos en la obligación de proteger al río Bogotá”, concluye Emeramo.