Los páramos son ecosistemas de alta montaña, exclusivos del neotrópico y se ubican entre el bosque andino y el límite inferior de la nieve. Colombia cuenta con cerca del 50% de los páramos andinos, distribuidos en 36 complejos que se vienen delimitando desde hace varios años.

Su riqueza de flora y fauna es innegable. Según estudios, en ellos se pueden encontrar unas 4700 especies de plantas, 70 de mamíferos, 15 de reptiles, 87 de anfibios, 154 de aves y 130 de mariposas. Además, poseen un alto endemismo, es decir, especies que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo.

En el país, los páramos también son importantes debido a la continua provisión de agua que prestan, tanto en calidad como en cantidad, pues en ellos nacen un gran número de afluentes. Sin embargo, actualmente es uno de los ecosistemas que presenta mayores presiones y amenazas, y uno de los más vulnerables al cambio climático. ¿Qué se está haciendo para conservarlos?

Romero morado (Diplostephium schultzii), una de las especies sembradas. Foto: Mauricio "Pato" Salcedo - WCS Colombia.

Desde hace ya varios años se han puesto en marcha numerosos ejercicios de conservación de páramos en Colombia. A pesar de esto, los resultados no siempre han sido satisfactorios. Son ecosistemas de lento crecimiento que requieren complejos ejercicios de monitoreo y seguimiento a lo largo de los años, que lastimosamente no siempre perduran, por lo que muchos proyectos han fracasado en sus objetivos iniciales.

Los páramos son uno de los ecosistemas más afectados por la degradación de suelos y la pérdida de cobertura vegetal, sin contar que sus procesos de restauración no son nada fáciles debido, entre otras cosas, a la escasa literatura que existe.

A pesar de esto, se han conocido iniciativas recientes que han dado resultados tan positivos que incluso han sorprendido a los científicos. Uno de los proyectos más ambiciosos es Páramos: Biodiversidad y Recursos Hídricos en los Andes del Norte, que busca contribuir al mantenimiento de la capacidad de regulación hídrica y la biodiversidad en cinco páramos de Colombia, uno en Ecuador y otro en Perú.

Una de las zonas de trabajo donde se han obtenido buenos resultados, a pesar de las difíciles situaciones socioambientales, es el Parque Nacional Natural Los Nevados, ubicado entre los departamentos de Risaralda, Quindío, Tolima y Caldas. En un sector de esta área protegida se está implementando la restauración de 258 hectáreas que forman parte de cerca de 7000 hectáreas críticamente degradadas que han sido identificadas.

El hábitat dominado por frailejones y arbustos fue uno de los escogidos para restauración. Foto: Mauricio "Pato" Salcedo - WCS Colombia.
En este proceso participan entidades como el Instituto Humboldt, la Corporación Autónoma Regional de Risaralda (Carder), WCS Colombia y Parques Nacionales Naturales de Colombia. La zona restaurada se encuentra en las inmediaciones de la Laguna del Mosquito, que recibe sus aguas de la Laguna del Otún, reconocido sitio turístico en zona rural de la ciudad de Pereira.

“Ese páramo históricamente se ha degradado en varios sectores, lo que ha hecho que los esfuerzos y controles de Parques Nacionales sean insuficientes. La parte media y baja del parque está afectada principalmente por ganadería de engorde que utiliza un espacio muy grande, quemando y cortando la vegetación nativa del páramo y del bosque alto andino”, asegura Mauricio Aguilar, investigador del Instituto Humboldt.

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Lo primero que se hizo fue negociar con los campesinos que habitan en este sector, desde antes de la creación del parque en 1973, para dejar unas áreas sin usos agropecuarios, negociar en qué zonas se iban a realizar las actividades de restauración y dónde podía quedar la ganadería. “Una de las metas es restablecer la conectividad estructural de unas 23 hectáreas de un espacio de páramo que se encuentra entre la laguna del Otún y la laguna del Mosquito”, dice Aguilar.

En Los Nevados ya se habían adelantado restauraciones para zonas degradadas por incendios, pero esta era la primera vez que se enfrentaban al reto de restaurar en zonas afectadas por ganadería. Lina María Caro, coordinadora de la línea de Gestión de Áreas Protegidas de WCS Colombia, asegura que la presión ejercida por la ganadería tiene varias formas de afectar el páramo: el pastoreo y el ‘ramoneo’ o consumo de ramas de árboles, arbustos y plantas que hacen las vacas, así como la erosión del suelo y su compactación.

Con el ramoneo viene otro problema: el ganado termina dispersando especies invasoras que están en la zona y especies que si bien son nativas, pueden llegar a tener comportamientos invasores. Se trata específicamente de dos plantas: lengua de vaca (Rumex acetosella), introducida desde Europa, y la plegadera (Lachemilla orbiculata).

El proceso de restauración ha mostrado efectos positivos. Los investigadores sembraron 9000 plantas de 11 especies diferentes y el porcentaje de supervivencia ha sido superior al 90%. Además de proteger la biodiversidad del páramo, proyectos como este garantizan que las personas de ciudades como Pereira y Santa Rosa de Cabal tengan acceso al agua, pues dependen directamente de la cuenca del río Otún. “Cerca del 70% de la población andina depende de los ecosistemas de páramo para el agua y no sólo para consumo sino para sus sistemas productivos. Este proyecto beneficia la gestión del parque Los Nevados pero también es un apoyo para garantizar este servicio ecosistémico [agua]”, dice Caro.

¿Qué se hizo en el Otún?

No se trata de sembrar por sembrar. Se hicieron análisis de las zonas degradadas, de las presiones y de los diferentes hábitats que los científicos encontraron dentro de esta área de páramo. Se identificaron cuatro zonas en las que luego se hicieron procesos de siembra y de cercamiento para aislarlas del ganado. Uno de los sectores estaba compuesto por pajonal y arbustos; otro por frailejones y arbustos; un tercero por pajonal, frailejones y arbustos y, el último, estaba conformado por herbazales inundables.

“Con ayuda de sistemas de información geográfica se seleccionaron las áreas con mayor perturbación, basándonos en tres variables: la distancia a cuerpos de agua, la pendiente del terreno y el estado de la cobertura vegetal”, indica Yadi Arley Toro, líder botánico del proceso de restauración.

Chocho o reventadera (Lupinus tolimensis). Esta fue la única especie que tuvo una mortalidad de más del 50 % y fue reemplazada por otra especie del mismo género. Foto: Mauricio "Pato" Salcedo - WCS Colombia.
Una vez definida un área de 258 hectáreas en la que trabajarían, se dedicó un espacio para un proceso de sucesión, es decir, donde la naturaleza se recupera por sí sola. “Primero llegan las plantas de crecimiento muy rápido y ellas generan un ambiente o un microclima ideal para que otras plantas más exigentes se vayan estableciendo”, enfatiza Mauricio Aguilar del Instituto Humboldt.

En otro espacio se inició un proceso de restauración que tenía como prioridad la revegetación —plantar especies de la forma más natural posible—. Aguilar asegura que hay zonas donde la naturaleza ha perdido por completo su capacidad de regenerarse por sí sola y por eso los procesos de sucesión no siempre son los más eficientes. En muchos casos de degradación severa, es necesario la intervención humana en el proceso de restauración y eso fue lo que hicieron con la siembra de 9000 plantas en una de las zonas seleccionadas para restauración.

La meta de los científicos es que a futuro se restablezcan algunos procesos como la producción de hojarasca, la polinización, la dispersión de semillas y, sobre todo, la sucesión. Para que esto ocurra, la planificación de las etapas iniciales de restauración fue vital.

El equipo de trabajo tuvo que eliminar todas las plantas invasoras de la zona donde se iban a hacer plantaciones, ya que estas “forman una especie de colchones muy densos que no permiten el establecimiento de otras especies nativas”, enfatiza Toro.

Plegadera (Lachemila orbiculata), una de las especies de hábito invasor que afectaba la zona. Foto: Mauricio "Pato" Salcedo - WCS Colombia.
Para garantizar la supervivencia de las plantas se necesitaba una mezcla de características específicas entre las 11 especies que se iban a plantar. Era necesario que algunas fueran de crecimiento rápido, que otras aportaran bastante nitrógeno al suelo y que otras fueran tan resistentes que pudieran generar competencia a las especies de hábito invasor. Las plantas escogidas fueron: sanalotodo (Baccharis tricuneata), pajonal (Calamagrostis effusa), romero blanco (Diplostephium floribundum), romero morado (Diplostephium schultzii), rodamonte (Escallonia myrtilloides), frailejón (Espeletia hartwegiana), pino de páramo o velillo (Hypericum larificolium), chocho o reventadera (Lupinus microphyllus), chilco (Pentacalia vaccinioides), sietecueros (Polylepis sericea) y botón de oro (Senecio rhizocephalus).

Pero sembrar traía consigo otra limitación: muchas especies tardan bastante en germinar, así que no debían trabajar con semillas sino con plántulas que tenían que sembrar una por una. Esto implicó, a su vez, la creación de dos viveros, uno con capacidad para 10 000 plantas y otro para 8000, donde crecieron, durante cerca de ocho meses, las plantas que posteriormente se llevarían al sitio de restauración. “Solo la que fijaba nitrógeno (Lupinus tolimensis) tuvo una mortalidad de más del 50 %. En posteriores resiembras la reemplazamos por otra planta del mismo género (Lupinus microphyllus). En general, de 9000 plantas sembradas, más de 8000 sobrevivieron”, destaca Toro con orgullo.

El problema con la especie que murió es que fue atacada por una plaga que aún no ha podido ser identificada y que formaba parte de la dieta de conejos silvestres. Una vez era mordida, moría. A pesar de ese obstáculo, lograron superarlo con las resiembras de otra especie, 8 y 14 meses después de la gran siembra.

Por el contrario, lo sucedido con los frailejones sorprendió a los investigadores. “Inicialmente no estábamos seguros de que la especie funcionara porque es muy longeva y tiene un crecimiento muy lento, pero hicimos el intento y fue muy gratificante porque nos dimos cuenta que a pesar de esto, su supervivencia fue muy alta. El 94% de los frailejones sobrevivieron”, resalta Toro.

El hábitat dominado por herbazal inundable fue uno de los escogidos para restauración. Foto: Mauricio "Pato" Salcedo - WCS Colombia.

La negociación y los acuerdos con los campesinos

Al preguntarle a los investigadores qué tan complejo ha sido llegar a acuerdos con los campesinos, casi que todos coincidieron en que ha sido una tarea más difícil que la siembra y la supervivencia de las plantas.

De acuerdo con Erika Nadachowski, bióloga de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda (Carder), en la vereda El Bosque —donde se hizo el proceso de restauración— viven 12 familias desde antes de que Los Nevados fuera parque. “Ellos hacen ganadería extensiva y pueden demostrar derechos de propiedad sobre 2000 hectáreas, sin embargo, su ganado hace uso de 7000 hectáreas en el parque. Esas otras 5000 hectáreas son de las instituciones que compraron a propietarios antiguos para dedicarlos a la conservación”.

Partiendo de ahí la negociación no ha sido fácil. El primer acuerdo al que se llegó fue la participación de los campesinos en el proceso de restauración  y el segundo fue el  respeto de los límites en los predios. Seis familias ya han firmado acuerdos. Poco a poco las personas empezaron a cercar las fincas que colindan con las áreas que son propiedad de instituciones del Estado.

Juan Bernardo De la Cruz es funcionario del Parque Los Nevados desde hace más de 13 años y conoce como pocos esta área protegida. Asegura que todavía trabajan en el tema de los acuerdos de conservación y que les ha tocado ir casa por casa a dialogar con los campesinos y, sobre todo, a recuperar la confianza que se ha perdido debido a 40 años en que los campesinos han visto a Parques Nacionales como esos funcionarios que quieren sacarlos de sus tierras. De la Cruz está convencido que ahora estas personas tienen oportunidades de permanecer en el territorio, viviendo de prácticas sostenibles mientras ayudan a conservar.

Lo cierto es que al reducir el espacio por donde pastorean las vacas —de 7000 a 2000 hectáreas— los campesinos tendrán que vender buena parte de sus reses. Este es un tema que les preocupa a los habitantes de la región porque, al estar en un área protegida, todas sus vacas son ilegales y no cumplen con muchos de los requisitos para venderlas en el mercado formal.

Por eso, Erika Nadachowski dice que han tratado de darle alternativas reales a la gente. Pidieron el apoyo del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA). La institución vacunó a todos los animales y está ayudando con la documentación para que, en medio del acuerdo de conservación, los campesinos puedan vender algunas de sus reses.

Por otra parte, el proyecto de restauración de páramos ha ayudado a capacitar en turismo comunitario a los campesinos. “La Universidad Tecnológica de Pereira dictó un diplomado  en turismo comunitario y como resultado ya tienen un paquete turístico con tres rutas definidas. Eso, además, generó un vínculo con los operadores que se comprometieron a ayudarles a mejorar esas rutas”, afirma Nadachowski.

Y no solo eso. Parques Nacionales, el municipio de Pereira, la Carder y el Instituto Humboldt están asesorando la creación de un esquema de pago por servicios ambientales para el páramo y una propuesta para conformar un fondo de agua para el río Otún, “donde los campesinos se verían muy beneficiados”, dice Nadachowski.

Este proyecto de restauración de páramos en el parque Los Nevados se ha convertido en un caso de éxito en una zona crítica de degradación y de conflictos socioambientales. La intervención está próxima a finalizar y se espera que Parques Nacionales pueda seguir con la labor de monitoreo y seguimiento. Juan Bernardo De la Cruz ya conoce todo el proyecto y será el encargado de ese reto, quizás con el apoyo de alguna universidad de la región.

El desafío inmediato es garantizar que las plantas sigan creciendo y que poco a poco el área restaurada se parezca más al ecosistema natural. Los científicos son optimistas, “podríamos estimar que las metas intermedias se pueden alcanzar entre unos 7 a 10 años y que la gran meta de la conectividad estructural se logre entre unos 20 a 25 años. El monitoreo nos permitirá afinar esos tiempos y conocer mucho mejor cómo seguir contribuyendo a recuperar otros páramos en otros lugares de Colombia y Ecuador”, concluye Mauricio Aguilar del Instituto Humboldt.

Artículo tomado en su versión original de https://es.mongabay.com/2020/03/restauracion-de-paramos-en-parque-los-nevados-colombia/