Sentado encima de un enorme tronco carbonizado, Edwin Vargas dice que en el fondo todo se reduce a una triste paradoja: “Vivimos rodeados de una enorme riqueza natural, pero nos vemos obligados a destruirla para sobrevivir”. Alrededor, bajo un sol ardiente de mediodía que es una tregua al invierno de estos días, el escenario es desolador. Restos calcinados de chipos, ahumados, cuyubíes y marfiles, todos árboles nativos amazónicos, yacen en el suelo tras el paso reciente de un incendio devorador.

Cerca de Vargas, algunas plantas silvestres empiezan a surgir tímidamente. Más allá, un pequeño cultivo de maíz se asoma en medio de otra acumulación de carbones gigantes. “En esta parte se tumbaron y quemaron 30 hectáreas de bosque a finales del año pasado. Si el gobierno hubiera tomado cartas en el asunto, esto no habría sucedido. Y si no las toma pronto, esto va a seguir arrasando todo lo que queda”, advierte el campesino, mientras señala hacia el límite del potrero con una tupida franja de bosque aún en pie.

Como líder de Asecady, una asociación que agrupa a 345 familias de 12 veredas del Yarí, Vargas conoce de cerca la destrucción de la selva. En esta región de la Amazonía caqueteña, ubicada a cuatro horas de San Vicente del Caguán por una trocha en relativo buen estado gracias al mantenimiento que le hacen los propios habitantes, tumbar árboles para sembrar cultivos de pancoger y pasto para las vacas ha sido una práctica histórica. Sin embargo, tras la salida de las Farc, que dominaron por décadas esa zona, el fenómeno ha aumentado de manera alarmante.

“Nosotros estábamos adaptados a un mecanismo de control muy estricto de la guerrilla. Pero cuando se fueron quedamos como niños pequeños sin saber qué hacer”, explica Delfín Tovar, rector de la escuela San José de Caquetania, quien tiene a su cargo ocho veredas del Yarí. “Ellos no permitían que se talaran más de cinco hectáreas en un año, pero desde que se fueron hay campesinos que derriban más de 100”, complementa el maestro, que asimismo es propietario junto con su esposa –también profesora– de una finca ganadera en la región.

Esta explosión se refleja en los reportes que cada trimestre publica el Ideam con los principales focos de deforestación en el país. En el más reciente, de marzo de este año, la región del Yarí-Caguán ocupa el tercer lugar de las más afectadas. Esa entidad ha identificado al menos 23 nuevos parches sin bosque de más de 50 hectáreas y otros seis de más de 100. “La causa más importante es la actividad ganadera, la cual se establece de manera extensiva a lo largo del territorio, siendo una de las pocas alternativas económicas consideradas rentables en la zona”, explica el documento.

Las cuentas de la subsistencia

Jovel Camacho llegó a la vereda Edén del Tigre hace 14 años, tras trabajar más de 35 como mayordomo de fincas en varias partes de San Vicente del Caguán. Con la plata que ahorró compró una finca de 400 hectáreas, de las cuales apenas 10 estaban despejadas de bosque. En este tiempo ha derribado con sus propias manos más de 290 hectáreas, especialmente en estos dos últimos años. El pasado verano, entre noviembre y marzo, tumbó 60 para sembrar en ellas maíz, arroz, plátano y pastos.

“A mí me duele mucho tumbar el bosque, pero es por la necesidad”, afirma Camacho mientras se fuma un cigarrillo en el primer piso de su casa de tablones de madera. Nada en su aspecto –está vestido con un poncho de tela y un jean azul petróleo– ni en la decoración del lugar –dos mesas, seis sillas de plástico y el esqueleto de una moto– permite pensar que a sus 60 años sea un hombre adinerado.

Por ejemplo, para financiar la tala de las 60 hectáreas (cada una puede costar aproximadamente 400.000 pesos), acudió a préstamos de los dueños de la empresa a la que le vende la leche que produce en su finca y a los propietarios del ganado “avaluado” que él alimenta en sus potreros.

¿Qué pasaría si esa plata no se invirtiera tumbando sino mejorando la tierra que tiene?, se le pregunta.

“Es más caro tecnificar una hectárea de tierra que tumbarla. Para volver productivo un terreno ya usado necesitaría arar con un tractor o pagar muchos jornales para lograrlo. Pero no es solo la tierra, las vacas que tenemos producen en promedio apenas tres litros diarios, mientras en otras zonas dan ocho y hasta más. Por eso es que necesitamos tener cada vez más animales para satisfacer nuestras necesidades”, responde Camacho.

Para los campesinos del Yarí, los bosques son como una especie de crédito que van agotando a lo largo del tiempo. Mientras estén disponibles, no tienen mayor incentivo para dejar de tumbarlos. “Acá sabemos que la deforestación afecta el agua, a los animales y el clima. No necesitamos que nos vengan a explicar eso. El asunto es sencillo: cuando los políticos lleguen acá con planes y recursos para ayudarnos a transformar nuestra actividad, paramos las talas. De resto no veo otra alternativa”, remata Camacho.

Respuesta incierta

Las sabanas del Yarí son una joya de la naturaleza. Se trata de un ecosistema llanero de extensas planicies típicas del Orinoco enclavadas en el corazón de la selva amazónica. Un lugar que, además de su singularidad, sirve de puerta de entrada al Parque Chiribiquete, uno de los pocos lugares del planeta que aún permanece casi intacto.

Así mismo, a través del programa Visión Amazonía, el Ministerio de Ambiente tiene un proceso de diálogo con las comunidades del Yarí representadas en Asecady para reducir a cero la deforestación en la región en 2020. Sin embargo, el monstruo que devora los bosques avanza mucho más rápido que las instituciones que pretenden contenerlo. La desconfianza que surge de décadas de abandono, sumada a la tradicional lentitud paquidérmica del Estado, han permitido que hoy esta sea una de las zonas más deforestadas del país.

José Yunis, director de Visión Amazonía, explica que su plan de acción incluye un fuerte componente de inversión en la transformación productiva para cerrar la frontera agropecuaria a través de actividades silvopastoriles. También dice que, entre tanto, es posible pensar en un incentivo provisional mensual para cada familia que se comprometa a no tumbar más árboles de ahí en adelante. El monto dependería de la cantidad de bosque existente en cada finca y la continuidad del pago, del monitoreo constante.

Hace poco, los campesinos de Asecady presentaron un proyecto para obtener financiación y comprar tanques de refrigeración de leche que les permita mejorar la calidad del producto. Según Vargas, a finales de este mes se reunirán nuevamente con los representantes de Visión Amazonía para saber si fue aprobado o no.

En las sabanas del Yarí la deforestación va mucho más allá de un problema ambiental. Detener la destrucción de los bosques en esa región amazónica no solo tiene que ver con evitar emisiones contaminantes o cumplir compromisos adquiridos internacionalmente: implica solucionar la deuda histórica con campesinos como Camacho o el rector Tovar. “Esta es una oportunidad única para que por fin nos tengan en cuenta. Nosotros queremos dejar de convertir la selva en un enorme cementerio de árboles quemados”, concluye Vargas.