A las 5:30 de la mañana, sin falta alguna, un fuerte rugido rompe el silencio perpetuo de la sabana africana del Bioparque Wakatá en el Parque Jaime Duque, una simulación de este ecosistema conformada por pastizales, arbustos, rocas de gran tamaño y un estanque de aguas verdosas donde habitan cuatro leones africanos que fueron víctimas del tráfico ilegal de fauna en Colombia.

El estruendoso ruido, que despierta a los hipopótamos, avestruces y primates de este zoológico ubicado en el municipio de Tocancipá (Cundinamarca), proviene de las fauces de Nala, una leona adulta y temperamental con un cuerpo amarillento y carmelito de 132 kilos de peso. 

Su llamado felino lo emite desde lo más alto de una pila de rocas, bastante parecida a la de la película El Rey León donde los orgullosos padres presentaban a las pequeñas crías al resto de los animales africanos. Su rugido, que se extiende por varios minutos, indica que es la reina indiscutible y matriarca absoluta del lugar. 

Al poco tiempo, Amani, el único macho de la camada, sale de una de las grutas para acompañar a su veterana compañera. Kenia y Kiara, las otras hembras del clan, están apartadas de la pareja. Como Nala es bastante territorial y lleva más tiempo en el bioparque, no soporta la presencia de las dos leonas juveniles.

Luego de saciar su hambre con 12 kilogramos de carne de vaca, caballo y pato, Nala camina con un garbo matriarcal por los pastizales. Finalmente decide tomar una larga siesta bajo la sombra de un árbol, actividad que solo interrumpe cuando presiente la llegada de los visitantes del Jaime Duque o si escucha los llamados de los veterinarios, zootecnistas y cuidadores.

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Todos los días, los rugidos de Nala despiertan a los animales de la sabana africana del Jaime Duque. Es la reina absoluta del lugar. Foto: Jhon Barros

La mirada de Nala es penetrante y desafiante. Los movimientos de sus cuatro extremidades son elegantes y meticulosamente planeados, mientras que su cabeza siempre está erguida hacia el cielo. Sacude su larga cola con fuerza cuando las moscas y otros insectos se atreven a interrumpir su calma, y despliega su larga lengua rosada en alguna de las pocetas cuando la sed la ataca.

A simple vista pareciera que los 15 años de vida que tiene Nala han sido color de rosa y que nadie ha tenido la osadía de meterse con ella. Pero esta imponente felina con ínfulas de diva esconde un pasado oscuro y lleno de maltratos, golpes que le dejaron cicatrices en su cuerpo y algunos traumas juveniles difíciles de superar. Nala es una sobreviviente de los circos que utilizaban animales silvestres y exóticos como parte de sus espectáculos en Bogotá.

La atrocidad del circo

El 18 de diciembre de 2008, hace más de diez años, la Secretaría Distrital de Ambiente (SDA) de Bogotá, por primera vez en el país, decomisó dos leones africanos con signos de maltrato, al Circo Nacional de los Muchachos, que en esa época funcionaba en un parqueadero de la Autopista Norte con calle 100, en el norte de la ciudad.

Siempre se habló del maltrato en los circos a los animales salvajes pero hasta este emblemático caso las autoridades no habían tomado cartas en un asunto tan sensible para los ambientalistas y los amantes de los animales.

Nala fue recuperada en un circo de Bogotá hace 10 años . Estaba desnutrida y en malas condiciones de salud. Foto: Jhon Barros

Nala y Pumba, hermanos de sangre, fueron encontrados por la autoridad ambiental prácticamente en los huesos, con los pelajes oscuros, opacos y sucios, decenas de cicatrices en sus raquíticos cuerpos y encerrados en una jaula oxidada de 2,2 metros de largo por 1,7 de ancho, con barrotes azules y un piso de madera carcomido por el tiempo.

Pumba cojeaba en medio de su diminuto encierro. Por su parte, Nala golpeaba su cabeza frecuentemente contra los barrotes, un comportamiento derivado del estrés y un encierro que le causó una profunda cicatriz en forma de corazón en su frente. La mirada de ambos solo denotaba tristeza y hambre de libertad. Sus patas delanteras mostraban la crueldad de su captor: les habían amputado las garras.

Orlando Valencia, el anciano dueño del circo, aseguró en el momento del decomiso que los había comprado recién nacidos en los Llanos y, sin ahondar en mayores detalles, informó que la hembra tenía seis años. Manifestó que las heridas de los leones no eran por maltrato o estrés, sino producto de la agresividad que mostraban cuando Nala entraba en celo.

En un comunicado de prensa publicado por la SDA en diciembre de 2008, la entidad afirmó que los leones primero vivieron en San Martín, municipio del Meta, donde funcionó el circo. En el informe aparece José Lubín Silvestre, capataz del circo, quien dijo que los felinos arribaron a Bogotá el 30 de octubre de 2008. 

Debido a las evidentes heridas y laceraciones en los cuerpos de los leones, la SDA decidió trasladarlos al zoológico del Parque Jaime Duque (hoy Bioparque Wakatá), mientras surtía el proceso legal. En julio de 2009, el propietario del circo fue declarado responsable por realizar actos de crueldad con los animales, y los felinos quedaron en custodia del Jaime Duque para empezar a sanar sus heridas.

En el circo, Nala habitaba en una jaula pequeña y con barrotes oxidados. Por el estrés, se golpéo tanto en la frente que apareció una cicatriz en forma de corazón. Foto: Jhon Barros 

El adiós a la crueldad

En el Jaime Duque, los dos leones fueron reubicados en un espacio de 800 metros cuadrados, un área amplia que no se comparaba con la diminuta jaula del circo que no llegaba ni a los 3,8 metros cuadrados. Allí empezaron su proceso de recuperación.

El primer paso fue un chequeo veterinario para conocer su estado de salud. Pumba fue anestesiado. Su cojera era producto de una esquirla en su pata derecha que no fue retirada cuando le extirparon las uñas en sus años de tortura circense. Nala no recibió anestesia, ya que su hermano presentó inconvenientes, como lapsos sin respirar.

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Los exámenes coprológicos de los felinos arrojaron una alta presencia de parásitos intestinales lo que, según la SDA, corroboró que el circo no contaba con un programa de desparasitación preventivo. Por eso, ambos recibieron un tratamiento especial.

Así lucía Nala a los dos años de estar en su nuevo hogar. Como subió tanto de peso, los expertos la pusieron a dieta. Foto: Secretaría de Ambiente

 Poco a poco, los cuerpos enclenques, esqueléticos y desganados de Nala y Pumba fueron quedando en el pasado. Los alimentaron día de por medio con más de 10 kilogramos de carne de caballo, con hueso, piel y vísceras. 

Luego de retirarle la esquirla, el macho dejó de cojear. Entre tanto, la herida en la frente de la hembra empezó a curarse, aunque seguía con un comportamiento agresivo. Los pelajes oscuros y deprimentes se fueron tornando brillantes y abundantes.

No volvieron a compartir el mismo espacio desde que ingresaron al Jaime Duque, decisión tomada por los expertos debido a su grado de consanguinidad y para evitar que el macho montara a la hembra. Los felinos eran rotados en las diferentes partes de su nuevo hogar, como los dormitorios, zonas de alimentación y las áreas verdes con troncos y piedras para ejercitarse y dormitar, la actividad predilecta de esta especie.

En marzo de 2010, Pumba fue trasladado al zoológico de Barranquilla, para así continuar con su estirpe junto a dos leonas africanas más. Sin embargo, en 2012 falleció al no aguantar un procedimiento quirúrgico. 

“Desde la incautación en el circo, Pumba tuvo sintomatologías que indicaban que no se encontraba en condiciones fisiológicamente ideales”, dijo en su momento la Secretaría de Ambiente. “La necropsia arrojó que la mayoría de sus órganos no estaba en buenas condiciones, lo que reafirmó la hipótesis de que tenía alteraciones crónicas por sus largos años de encierro y maltrato”.

Miedo a  hombres y sombreros

SEMANA SOSTENIBLE visitó el bioparque del Jaime Duque para conocer cómo ha sido la evolución de Nala durante los últimos diez años, y cómo pasó de ser una víctima del maltrato animal a la reina y matrona absoluta de una manada de leones.

 Catalina Rodríguez, directora del Bioparque Wakatá, resume la historia de Nala en tres momentos: su llegada al Jaime Duque, el proceso de recuperación y su reinado indiscutible con los otros felinos. 

Nala ya tiene 15 años de edad. Es un leona veterana que espera seguir viviendo en la sabana africana del bioparque Jaime Duque. Foto: Jhon Barros

 Nala llegó sin sus garras delanteras y con comportamientos ajenos. Movía la cabeza y rozaba su frente con los barrotes de su pequeña y precaria jaula, lo que le produjo la cicatriz que aún hoy tiene. Eso sucede cuando los grandes felinos cuando tienen algún tipo de estrés o no sobrellevan bien el ambiente en el que se encuentran. En pocas palabras, los maltratos de un circo”.

El cuerpo de Nala presentaba una masa corporal menor a la de una leona de seis años. “Tenía un crecimiento muscular mucho más lento de lo normal. Su pelo era muy opaco, enredado y seco, algo que está asociado a problemas nutricionales”.

Los expertos detectaron algo anormal en el comportamiento de Nala. Cuando los cuidadores del sexo masculino se acercaban a su recinto, ella reaccionaba de forma arisca, nerviosa y miedosa. Si llegaban con sombreros o gorras, el panorama se tornaba aún más crítico, al igual que si tenían palos o escobas en sus manos.

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Luego de perder el exceso de peso, Nala encontró su primer pareja. Duque, con quien copuló varias veces. Foto: Jhon Barros 

Ese comportamiento tenía sus raíces en la época del circo. Pensamos que algún hombre con sombrero le causó maltrato o la golpeó, algo que corroboramos cuando el dueño del circo vino al Jaime Duque al poco tiempo del decomiso: lo más llamativo de su vestimenta era un sombrero aguadeño”,  anotó Rodríguez.

Según la experta, los sombreros y palos detonaban inmediatamente la agresividad de Nala, al igual que un pelo erizado y rugidos fuertes. “Estos indicios advierten que un animal cuenta con recuerdos o traumas pasados derivados de algún maltrato. Con Nala tomamos la decisión de hacer acercamientos calmados y tranquilos para que se acostumbrara a la presencia de los cuidadores, un proceso lento que dio buenos resultados”.

Para eliminar el trauma, los cuidadores ponían carne en la punta de los palos para ir atrayendo a la leona. Los sombreros quedaron rotundamente prohibidos durante los primeros meses de Nala en el Jaime Duque. Pumba no hizo parte de este proceso, ya que su nuevo hogar sería el zoológico de Barranquilla.

“Tenemos un programa de entrenamiento animal que busca generar confianza en los animales. El cuidador se sentaba por largas horas frente a la zona donde estaba Nala para que perdiera el miedo. Fue un proceso bastante demorado. Hoy, aunque sigue con un temperamento más fuerte que el de los demás leones, está más calmada. Hasta deja tomar las pruebas de sangre manuales sin necesidad de anestesia. Al parecer, los sombreros ya no le asustan”, indicó Rodríguez.

Conoció el amor

Nala habitó durante cuatro años en la zona de 800 metros cuadrados, una época en donde estuvo menos miedosa y con recuerdos cada vez más esporádicos de su nefasta época circense. Según Rodríguez, la leona mostró un cambio drástico en su aspecto físico y temperamental. 

La cicatriz en forma de corazón era cada vez menos evidente, el costillal ya no se le notaba tanto y su pelo pasó de tonos opacos y tristes a un amarillo con carmelito vivo y atractivo, brillante y sedoso. Ya no era tan agresiva y soportaba que el cuidador pasara cerca sin mayores alteraciones. En una época subió bastante de peso, lucía gorda y barrigona, por lo cual tuvimos que ponerla a dieta”.

Luego de que Pumba fuera llevado a Barranquilla en 2010, Duque, el león emblemático del Jaime Duque, fue seleccionado como pareja de Nala. La cortejó desde su primer encuentro, fue un amor a primera vista. Ambos intentaron procrear cachorros incontables veces, pero sus encuentros no llegaron a tal fin. Tal vez por la edad avanzada de Duque o por los problemas de maltrato que aún dormitaban en la leona.

Nala le tenía miedo a los sombreros y a los hombres, posiblemente por el maltrato que recibió en el circo por parte de su dueño. Foto: Jhon Barros 

“Se llevaron muy bien desde los primeros acercamientos. Duque se convirtió en la primera pareja de Nala y le generó mucha más tranquilidad. Ambos animales copularon en varias ocasiones, montas que no llegaron a procrear crías. Siempre nos quedó la duda si era problema del macho o la hembra, pero nunca hubo reproducción”, informó la experta.

Nala pasó de ser una virgen juvenil a una adulta dominante y territorial por el amor de Duque. En 2011, ambos fueron reubicados en la sabana africana del nuevo Bioparque Wakatá del Jaime Duque, un área con más de 1.500 metros cuadrados donde los leones continuaron con su demostración de amor felino.  

Celos amorosos

Al poco tiempo, al nuevo nido de amor de la pareja de leones llegó compañía: Kenia y Kiara, dos leonas mucho más jóvenes y menos agresivas que venían de los zoológicos de Cali y Barranquilla, respectivamente.

Nala, con instintos felinos y posesivos, las rechazó de tajo durante los primeros acercamientos. Solo con olerlas, verlas o escucharlas, se lanzaba contra las otras leonas, las cuales no fueron atacadas de muerte gracias a una reja que las separaba de la veterana felina.

La matriarca del bioparque solo quería convivir con su macho de larga melena, razón por la cual jamás ha interactuado de manera presencial con las otras leonas. Sus ciclos de celo, que hacían presencia cada cada 45 días, eran exclusivos para Duque. 

Duque y Nala continuaron con su idilio de amor hasta 2014, cuando la hembra presentó su primer inconveniente médico. “Todas las felinas ovulan en el momento de la montura. Si el óvulo no es fecundado, éste queda almacenado en el útero generando infecciones. Eso le ocurrió a Nala. Fue sometida a una cirugía para retirarle el útero”, anotó la directora del bioparque.

La luchadora leona salió invicta de la cirugía. Pero por la ausencia del útero y de las hormonas del celo que atraían a su consorte, Duque paró de montarla. Pero no la rechazó. Siguieron como una pareja de abuelos sin actividad sexual hasta 2017, cuando por su avanzada edad Duque falleció en calma. Su romance duró más de siete años.

“El retiro del útero también le generó problemas de peso por el desbalance hormonal. Por eso, en una época, se hizo más gordita que las demás leonas y con el vientre bastante caído. Por eso tuvimos que modificar su alimentación e incrementar su actividad física, ya que se veía bastante voluminosa. Hoy ya no está obesa”, dijo Rodríguez.

Otro macho

Con la partida de Duque, los expertos del bioparque quisieron que Nala conviviera con Kenia y Kiara, pero fue imposible. Los fuertes rugidos que emitía cuando las sentía y la postura de ataque que ponía cuando las veía, eran fuertes indicios para no juntarlas. Seguramente, alguna de ellas habría salido sin vida.

Al poco tiempo de la muerte de su gran amor, un nuevo león llegó a gobernar la sabana africana: Amani, un joven que antes vivía en el zoológico de Barranquilla. “Decidimos ubicarlo junto a Nala, que ya estaba acostumbrada a convivir con los machos. Como no entra en celo, su nueva pareja no la monta. Kenia y Kiara, que están en su pleno despertar sexual, podrían quedar preñadas fácilmente con el joven león, algo que tenemos pensado hacer en el futuro”, informó la directiva del Jaime Duque.

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Nala sigue siendo la matriarca del lugar. Cuando ruge, Amani la sigue. Si las dos leonas jóvenes deciden unirse al llamado, la mayor del clan las silencia con un rugido ensordecedor. Según Rodríguez, es tal la comodidad y tranquilidad de Nala, que ésta a veces duerme con la barriga al aire, comportamiento que jamás se presenta en vida natural. “La presencia de amenazas, como otros animales y cazadores, se los impide. Este es un síntoma de seguridad y paz”.

Nala ha sido sometida a dos cicurgías: el retiro de su útero por una infección y un problema en su ojo izquierdo. Foto: Jhon Barros

Actualmente, esta leona tiene un poco más de 15 años, es decir que está en el inicio de su vejez. La directora del bioparque informó que uno de estos felinos alcanza a vivir en promedio 20 años, cifras que no le afanan. 

Lo más significativo de todo este proceso de más de una década es que le hemos dado una vida digna a Nala. Perdió sus miedos, mejoró su estado físico y alcanzó a reproducirse. Lo único que le faltó fue ser madre. De resto, ya vivió todo el círculo de la vida de un león. Haremos todo lo posible porque su vejez sea la mejor posible”.

Nueva cirugía

En septiembre de 2018, Nala tuvo que ser operada de nuevo. Esta vez presentó una molestia en uno de sus penetrantes ojos amarillos: se le había desprendido el cristalino de su ojo izquierdo, un lente que hay dentro de este órgano. 

Rodríguez indicó que esto ocurre normalmente por un fuerte golpe, aunque no han logrado identificar su causa real. “Nos dimos cuenta que tenía como un lente de contacto corrido en el ojo izquierdo, por lo cual la oftalmóloga veterinaria dijo que era necesario operarla. El cristalino le estaba causando molestias y dolores” 

Nala presentó moelstias en su ojo izquierdo, por lo cual tuvo que ser operada. El cristalino se le había desprendido y perdió visibilidad. Foto: Jhon Barros

A pesar del susto de la anestesia, Nala volvió a demostrar su espíritu de guerrera. Luego de un par de semanas en recuperación, regresó a su hogar con Amani. Su ojo izquierdo, al no contar con el cristalino, perdió gran visibilidad. Solo identifica algunas sombras y luce de color blancuzco. Pero su comportamiento sigue intacto: no deja que le quiten el trono de reina de la sabana.

Tampoco ha perdido el apetito. Come día de por medio más de 15 kilos de carne de vaca, caballo, pollo y pato, y algunos bocados que le dan los cuidadores cuando realiza los entrenamientos con los palos. “Como son depredadores, los metabolismos de los leones no están acostumbrados a comer todos los días. Los domingos no reciben nada, para evitar que suban demasiado de peso”, dijo la experta.

El futuro de Nala

Para Rodríguez, el mayor avance con Nala fue lograr que perdiera parte de su miedo hacia el hombre y que se sintiera segura en su nuevo hábitat, un trabajo que seguirá realizando el Jaime Duque hasta que su vida se apague por motivos de la vejez.

“Fue un animal comportamentalmente muy retador. No es un león como los otros, así que los desafíos no paran. Todo con ella es lento y de mucha paciencia.  Mientras que con los otros leones la primera toma de muestra de sangre voluntaria la logramos sacar a los tres meses, con Nala nos demoramos más de un año. Para esto, el animal debe sentir un alto grado de confianza con el cuidador, que demuestra cuando acerca su cola a una de las rejas y se deja chuzar”.

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El cambio de actitud de Nala en los últimos 10 años, de una felina agresiva, miedosa y maltratada a una más calmada, dócil pero igual de dominante, es uno de los logros más grandes del Jaime Duque con los animales. 

“No hay palabras suficientes para describir lo que significa haberle dado una segunda oportunidad de vida a Nala. Seguiremos cuidándola y alimentándola hasta que la edad haga de las suyas. Los retos con ella jamás paran. Por su pasado oscuro de maltrato, en cualquier momento podría revivir la época del circo, por lo cual los dos cuidadores tienen prioridad por su estado”.

Nala tiene a su disposición más de 20 personas del bioparque, entre veterinarios, zootecnistas, cuidadores, pasantes y estudiantes, quienes velan porque su vida como abuela leona sea la mejor.

Los directivos del bioparque esperan que Nala continúe hasta sus últimos días siendo la reina de la manada. Foto: Jhon Barros

“La edad viene con muchas secuelas. Con los leones pasan dos cosas en general: problemas en los riñones y pérdida de los dientes. Como comen solo carne, los riñones terminan cargados y hay que iniciar tratamientos urgentes. Los dientes, como en los humanos, terminan cayéndose y aparecen caries. Hay que estar muy pendientes de ellos, como si fueran abuelos”, anota la directora.

Con Nala, los cuidadores evalúan a diario el estado de sus dientes cuando la alimentan. Cada dos meses es pesada en una báscula oculta en la sabana africana y todos los años es sometida a pruebas de sangre para estimar su estado de salud, en especial el de los riñones. 

“Los resultados más recientes indican que Nala está en perfecto estado de salud. Por la edad ha disminuído un poco su masa corporal y desgastado algunos dientes, pero los riñones y demás órganos están intactos. Su apetito no ha disminuído, aunque ya no está tan gordita como antes”.

Su mejor amigo

“Nala, Nala, Nala”, grita a pleno pulmón Ricardo Jiménez cuando la va a visitar. Lo hace a diario, ya sea para alimentarla, hacerle entrenamientos con pequeños pedazos de carne, limpiar su hogar o ayudar a que le tomen alguna muestra veterinaria.

Al escucharlo, la leona despierta inmediatamente de sus constantes siestas. Ya tiene grabado en su memoria el tono vocal de Ricardo, quien lleva cuatro años como cuidador del bioparque del Jaime Duque, donde también habitan hipopótamos, tigres, pumas, jaguares, avestruces, micos, flamencos y tortugas. 

Sin embargo, su relación con Nala empezó apenas hace tres meses, cuando le encomendaron la tarea de alimentarla y velar por su estado físico y comportamental. “Primero me empapé sobre su historia. Me contaron que estuvo en un circo, donde le amputaron sus garras. Eso me motivó más para convertirme en su cuidador, aunque al comienzo me dio algo de susto”.

Para crear los primeros lazos con la felina, el cuidador se sentaba largas horas frente a la sabana africana, separado solo por una reja, para que ella fuera acostumbrándose a su presencia y su voz. “Le hablaba mucho. Luego, con un palo con carne en la punta, la iba atrayendo y le ponía alguna tarea, como sentarse, correr, darse la vuelta y abrir el hocico. Poco a poco me empezó a hacer caso”.

Con Nala, este habitante de la sabana de Bogotá aprendió a sus 28 años que los leones son animales que responden bien a los estímulos, pero que jamás debe confiarse. “Son animales salvajes, por lo cual hay que tener mucho cuidado con ellos. Los ojos siempre deben permanecer abiertos y mirando hacia todos lados”.

Ricardo Jiménez es el actual cuidador de Nala. La alimenta cada dos días y le ayuda a ejercitarse por medio de entrenamientos. Foto: Jhon Barros

Los otros tres leones también están bajo su cuidado. Lo primero que hace este joven en la zona de felinos es ingresarlos calmadamente a las cuatro zonas de manejo para alimentarlos, cada uno por separado. “Ingresan por turnos, atraídos por mi voz. Allí les doy los 10 kilos de carne. La primera siempre es Nala, la consentida”. 

Para Ricardo, la palabra clave con Nala es paciencia. “Es un trabajo chévere, pero hay que tenerle mucha paciencia. Por su avanzada edad no responde tan rápido como los demás leones, hay que llamarla varias veces y se toma su tiempo para todo. Sin embargo, no pierde sus instintos dominantes. Es la que más ruge”.

Hace poco, este cundinamarqués presenció cómo le sacaban sangre a su leona favorita. “Yo la empecé a llamar y atraerla con los pedazos de carne hacia la zona de manejo. Allí, uno de los expertos le tocó cuidadosamente la parte trasera mientras yo seguía hablándole y dándole pedazos de carne. Luego levantó la cola y se dejó chuzar con la jeringa. Me contaron que despertar esa confianza en ella demoró bastante”.

Ricardo espera estar junto a Nala durante sus últimos años de vida. “Es una leona muy bonita, que carga una fuerte historia de maltrato desde que era joven. Haré todo lo que pueda para que siga viviendo feliz y en calma, sin que nadie la atemorice o cause dolor. Sus últimos 10 años han sido muy buenos para ella. Hasta casi logra ser madre”.

Limbo jurídico

En 2013, es decir hace ya seis años, el futuro de Nala quedó en veremos. Un fallo del 22 de abril de este año del Tribunal Administrativo de Cundinamarca, revocó las actuaciones de la Secretaría de Ambiente para rescatar a la leona de las manos de su captor e iniciar su proceso de recuperación en el bioparque del Jaime Duque, y le ordenó adelantar las gestiones necesarias para devolver la única leona sobreviviente a su propietario.

La noticia movió las fibras de los defensores del medio ambiente, como la organización Animal Defenders International, Fedamco, y más de 40 grupos de protección animal, quienes hicieron protestas y plantones frente al Palacio de Justicia, solicitando que la leona no regresara al circo. Con la campaña #SalvemosaNala, que circuló por redes sociales y medios de comunicación, le exigieron al Consejo de Estado evitar que la leona saliera de su nuevo hogar.

Pero Nala continúa en el Jaime Duque. SEMANA SOSTENIBLE consultó con la Secretaría de Ambiente qué había pasado con la orden del Tribunal Administrativo de Cundinamarca. La respuesta fue que la entidad acató el fallo, el cual también establecía que para entregarle el felino a Orlando Valencia, éste debía acogerse a ciertos requisitos y criterios técnicos establecidos por la autoridad ambiental.

La resolución 2057 del 25 de junio de 2014 de la SDA contiene un largo listado de condiciones, como informar cuál sería el destino final del Nala, con registros fotográficos y videos. “Si su destino era un circo, estaba obligado a informar nombre, razón social, itinerario de desplazamiento y recuento de cada una de las acciones previstas que seguirá el circo para dar cumplimiento a la Ley 1638 de 2013, que prohibió el uso de animales silvestres, nativos o exóticos, en circos fijos e itinerantes”.

El largo listado de condiciones que la SDA le exigía al propietario de Nala, también abarca criterios específicos en las instalaciones del circo y parámetros para el remolque, jaula de transporte y área de manejo y mantenimiento del animal, que debía ser superior a los 300 metros cuadrados y con árboles, arbustos, ramas, rocas y troncos.

Nala debía contar con varios protocolos, como de manejo diario, nocturno, durante las funciones y traslados. Su dueño debía garantizar cierta temperatura en su nuevo hogar, iluminación, aireación, ruido, control de plagas y personal operativo. Además, la felina tenía que garantizar servicios veterinarios de primera para garantizar la salud de la leona y manejos biológicos y nutricionales.

“Desde 2014, cuando emitimos esta resolución, el señor Valencia no ha allegado ningún tipo de documentación a la Secretaría de Ambiente. Es más, no sabemos en qué lugar se encuentra o si piensa radicar los papeles en algún momento. De hacerlo, tiene que cumplir con todo lo exigido en esta resolución”, le dijo un vocero de la SDA a SEMANA SOSTENIBLE.

Por esta razón jurídica, Nala sigue en el bioparque del Jaime Duque. Mientras los ambientalistas anhelan que su propietario jamás aparezca ni radique la documentación requerida para que vuelva a sus garras.