Cada año, entre marzo y abril, llegan a la playa de Acandí, Chocó, unas 100 tortugas Caná, las más grandes del mundo. Los machos nunca salen del agua pero las hembras pisan tierra firme para poner sus huevos en La Playona, uno de los pocos lugares del planeta donde se encuentra esta especie. En esta zona, en el segundo semestre del año, también llegan unas pocas tortugas Carey, unas más pequeñas pero que como las Caná están en riesgo de extinción.

Las tortugas Caná pueden alcanzar a medir dos metros y medio de largo y su peso puede llegar a los 800 kilos. Su caparazón, a diferencia de otras especies, es un tejido blando, similar al cuero, que tiene forma de corazón. Sus aletas son también particularmente grandes y largas con respecto a otras tortugas. Por eso también son las campeonas en recorrer largas distancias en el agua. Las Carey por su parte pueden medir entre 60 y 100 centímetros de largo y pesan entre 50 y 80 kilos. Su caparazón es duro, conformado por placas gruesas que se superponen unas a otras.

Estas dos especies tienen en común que alcanzan su madurez sexual entre los 20 y 40 años, por lo tanto su reproducción se demora ya que muchas no alcanzan la edad adulta. De mil huevos solo una llega a crecer lo suficiente para reproducirse. Además, cuando ponen sus huevos, que son entre 80 y 120 por cada temporada, no todos nacen porque algunos huevos no son fértiles.

La alcaldesa de Acandí, Lilia Isabel Córdoba, además cuenta que el río Tolo está retomando un curso que tenía hace más de 40 años y eso ha generado cambios en el ecosistema que también amenazan a las tortugas. Aunque las Caná y las Carey podrían desovar en ese lugar el río los sacaría a flote antes de que nacieran. 

Andrés Matiz frente a una tortuga caná. Foto: Fundación Leucas. 

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A las dificultades naturales que tienen estos animales para reproducirse, se suma la huella humana. Esta también obstaculiza su existencia. Andrés Matíz investigador de la Fundación Leucas, dice que el primer problema es que la gente deja basura en los mares y en las playas. Como una parte fundamental del alimento de las tortugas son las medusas, muchas veces se comen el plástico que encuentran en el mar. Las que nacen y tratan de ir al mar quedan heridas por plásticos duros o vidrios que se encuentran en la arena, y las que llegan a poner sus huevos, después de más de 20 años de estar en el mar, tienen que arrastrar su cuerpo pesado por las playas llenas de basura que las pueden lastimar.

Otro problema al que se enfrentan las Carey y las Caná es que sus huevos y sus crías se pueden convertir en el alimento o materia prima de comercio de los habitantes de ese municipio, donde al menos el 91 por ciento viven en extrema pobreza. Ese es uno de los problemas estructurales. Para evitar la extinción de una especie, antes habría que garantizar la calidad de vida de los habitantes. 

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Aunque está prohibido el consumo y la comercialización de especies silvestres, en especial las que están en vía de extinción, las Carey son asesinadas para venderlas. En el mercado negro la gente paga por ellas entre 300.000 y 600.000 pesos según el tamaño. Cuando no las venden enteras las descuartizan para comercializar su carne, hacer afrodisiacos y usar su caparazón para hacer artesanías. El problema no es solo que las maten sino la forma en que lo hacen. A algunas les quitan la cabeza y esperan a que se desangren, a otras las ponen boca arriba y pueden durar hasta dos días muriendo. Al tener el caparazón en la arena, sus órganos se oprimen unos con otros. Como algunas tratan de darse la vuelta, les cortan las aletas o se las amarran para que voltearse sea imposible.

Cuerpo de una tortuga Caná. Foto: Cortesía Fundación Leucas. 

A las Caná no las matan porque su carne es muy grasosa, pero el ecoturismo se ha vuelto una amenaza. Son varios los visitantes los que se montan encima de ellas para tomarse fotos y como su caparazón es blando sus órganos y sus vértebras terminan afectados.  

Como si las amenazas fueran pocas, la ganadería también se ha convertido en un obstáculo más para la preservación de estas especies. Las tortugas Caná y Carey que alcanzan a nacer quedan enterradas en los huecos que dejan las reces al pasar y los huevos que no han nacido a veces son aplastados por el ganado.  

Cortesía: Camilo Prieto.

Foto: La Playona. Cortesía Fundacion Leucas.

Hay varias organizaciones que vienen trabajando desde hace tiempo para cuidar la naturaleza y eso incluye el cuidado de las tortugas. Entre esas están la Fundación Darién, la Fundación Tortugas del Mar, Fundación Leucas y Movimiento Ambientalista Colombiano. La estrategia ha sido sobre todo trabajar con la comunidad y enseñarles la importancia de cuidar las especies; las tortugas son un sinónimo de la salud de los océanos y ayudan a generar un equilibrio en ecosistema.

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Camilo Prieto, director de Movimiento Ambientalista Colombiano, y que lleva cinco años trabajando por la preservación de las tortugas, cuenta que han creado aulas ambientales para que las comunidades que viven en el lugar sean los principales protectores de estas especies. Uno de los talleres prácticos es recoger plástico de las playas y usarlo para hacer artesanías. También se desarrollan talleres teóricos o recorridos por el lugar para conocer mejor el ecosistema. Además, se han involucrado a algunos visitantes de la zona en programas de turismo con propósito.

La Fundación Leucas por su parte hace una importante labor investigación y de recolección de los huevos de las tortugas para cuidarlos de los posibles predadores. Así mismo, se hacen recorridos para ayudar a las que quedan enterradas en las huellas del ganado. Y también desarrolla programas de sensibilización.

Talleres en la alta Guajira del Movimiento Ambientalista Colombiano. Cortesía: Camilo Prieto. 

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El problema es que algunos de los líderes de estos movimientos han tenido dificultades en los últimos meses para llegar al urabá chocoano debido al plan pistola. Las Autodefensas Gaitanistas de Colombia han dejado panfletos a varias personas y las autoridades les han recomendado a estos líderes ambientales abstenerse de visitar la zona por su seguridad.

Sin embargo, la comunidad ha continuado con la labor de la defensa de estas especies. Y son ellos mismos los que han pedido a Parques Nacionales Naturales y al Ministerio de Ambiente que establezcan políticas para evitar que la huella humana siga dificultando la preservación de las Caná y las Carey, que a su vez son la base del turismo ecológico que podría ser una fuente de ganancias para Acandí y a su población.

Tortuga caná recién nacida. Foto:Fundación Leucas.

Desde Parques Nacionales Nacionales, Luz Elvira Angarita, directora Territorial Caribe, afirma que para solucionar esa y las otras problemáticas se está trabajado con los consejos comunitarios para sensibilizar a los habitantes del lugar acerca de la importancia de cuidar el ambiente. Se extiende cuerpo policial no solo en Acandí sino en otras zonas donde también llegan a desovar las tortugas como la Guajira y el Urabá antioqueño. Existe un plan de monitoreo de estas especies y además, asegura ella, se trabaja en conjunto con las fundaciones.

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La alcaldesa ha reiterado en varios medios de comunicación que los problemas en Acandí son muchos. Necesitan el Estado los mire, no solo para solucionar los problemas ambientales, sino también de servicios públicos básicos, salud, educación y seguridad. Córdoba aseguró también que el municipio tiene un potencial turístico que con las medidas necesarias podría ser una mina de oro para un municipio que ha pasado por tanto.

Mientras esta problemática se soluciona, la comunidad hace un llamado a no dejar basura en las playas ni en los océanos, a evitar comer huevos o carne de tortuga y evitar la ganadería. Pero el clamor mayor es para que las condiciones de vida de estos municipios cambien. Quizá no se comerían los huevos si tuvieran otras opciones.