No hay nada malo en dar siempre el buen consejo de estudiar. De hecho, siempre me sentí orgulloso de que, en un país como Colombia, donde las oportunidades laborales para profesionales han sido siempre reducidas, todo padre y madre recomendaban a sus hijos “estudiar para un día ser alguien”. En lo personal no creo que el estudio formal haga a nadie más de lo que sus valores le hagan ser, lo que sí hace el estudio es potenciar esos valores y mientras al bueno lo hace más bueno, al malo le dan la oportunidad de conocer que hay otros mundos. Es decir, la educación para la construcción social precisa estar adornada de sensibilidad y humanismo, y es de ese tipo de educación de la cual se han derivado algunos de los frutos más preciados que tenemos como humanidad.

Por estos días se discute cómo es eso de estudiar en tiempos de pandemia. Es difícil. Soy docente y el camino a la virtualidad es sinuoso e invita a la reflexión sobre la labor de manera constante. Valoro mucho a los colegas y a los estudiantes que han hecho gala de la mayor creatividad para hacer de las clases a distancia un escenario válido. En mi caso, la primera duda que me asaltó fue el tema de la cobertura y es aquí donde la pandemia ha despejado otro velo de la inequidad: la educación en Colombia no es para todos igual y hoy tiene ventaja quien tenga un computador y acceso a internet o quien sea el hijo afortunado que ese día tiene acceso al único teléfono y los datos de su mamá, esto cuando hay teléfono y datos.

En el Ministerio de Educación se explora la reactivación de las clases presenciales con alternancia virtual, atendiendo protocolos de bioseguridad establecidos por el Gobierno nacional. Pero aquí cabe advertir que aún existe un gran desconocimiento sobre la dinámica epidemiológica de la covid-19 en las instancias de toma de decisiones, no solo en Colombia, sino en todas las naciones del planeta; muchas medidas han sido contradictorias e incluso probadas y retiradas, lo que claramente nos indica que gobernar no necesariamente significa entender.

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Los vaivenes en medidas y sus temporalidades son propias de la incertidumbre generalizada a nivel global que es amplia incluso en los círculos científicos, donde hay personas que llevan varias décadas estudiando los coronavirus. Lo indiscutible es que una cosa son las medidas sociales y económicas, que pueden escuchar las recomendaciones científicas y médicas y otra cosa es la biología de la epidemia, a la cual le importa muy poco si pasamos el quiz de la economía o no.

A pesar de que tenemos a las mejores mentes e instituciones de cada país trabajando con el mayor compromiso, responsabilidad y celeridad, hacer predicciones y hablar del futuro sigue siendo muy difícil, y en este escenario pareciera que lo más sensato antes de aventurar, sería acogerse al principio universal de la precaución. 

Los modelos sobre el comportamiento futuro del virus son en su mayoría preocupantes. Pero en lugar de mirar a un mañana coronado con un enorme signo de interrogación, nada más seguro que analizar la evidencia y datos ya recopilados en la historia de las pandemias virales del pasado, desde la de 1918-19; seguida por la “Gripa Asiática” de 1957-58; la “Gripa de Hong Kong”, 1968-69; hasta la más reciente o “Gripa A” de 2009-10, todas durando dos años y con tres grandes picos, siendo siempre el primero el menos severo y tan solo acumulando el 10 por ciento de las muertes totales de cada pandemia, es decir, lo peor está por venir. ¿Qué nos hace pensar que la covid-19 se comportará de un modo distinto?

Ahora, si bien es cierto que inicialmente en las primeras estadísticas sobre número de muertes por covid-19 en Europa, fue mayor en población de tercera edad, también es cierto que la demografía de ese continente es diferente a la del contexto local. 

Los jóvenes no son invulnerables y existe contagio y muertes de niños y adolescentes. Según el comportamiento epidemiológico de Bogotá, a la fecha el mayor número de contagios se acumula en la categoría de 20 a 29 años, y si se suman las proporciones, el número de contagios de menores de 19 años en la ciudad, supera al de los mayores de 60, según datos oficiales de la alcaldía.

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En una epidemia no se puede excluir a ninguna persona; sanos, portadores asintomáticos y enfermos son parte de un solo problema. Es más, se ha verificado que los niños y jóvenes no sintomáticos son agentes muy dinámicos en la transmisión del virus a población más susceptible. En este contexto, la responsabilidad que asumen los directores de los colegios es alta, no solo por la cantidad de estudiantes, personal que acompañará los procesos educativos, administrativos, personal de aseo y de alimentación, sino por la confluencia en un mismo sitio, de varias localidades de la ciudad, donde el comportamiento de los contagios y manejo varían en gravedad. Entre otras la difícil situación de manejo de espacios donde confluyen personas de diferente proveniencia llevó al cierre parcial de la central de abastos de la ciudad.

La fecha sugerida por el Ministerio de Educación para el regreso a las clases presenciales coincide con aquella prevista para el primer pico en número de contagios, según las predicciones de la Alcaldía de Bogotá. Teniendo en cuenta estos datos, uno se pregunta, ¿qué análisis han sido generados por las instituciones escolares, para acoger la fecha sugerida como la que menos riesgo conlleva para su población escolar, seguro adornada de condiciones muy particulares?, ¿qué tipo de evidencia epidemiológica lleva al ministerio a concluir que agosto es el mejor momento para la reactivación de clases presenciales? Los virus poco entienden de calendarios académicos y no van al colegio, a menos que los porten los niños y/o los maestros. Creo que este quiz se resuelve como todos los otros, estudiando, así que como dicen por ahí, ¡estudiemos!