* Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.

El primer paso para que La Vaca renaciera de los escombros era reubicar al centenar de familias que estaba ubicada en su ronda. Las autoridades empezaron a hablar de reubicación, pero Dora sabía que les podían meter gato por liebre. “Yo me convertí en su ángel guardián, un tipo de abogada para que no los llevaran a un sitio donde tendrían una mala calidad de vida. Las familias no firmaban un papel ni iban a una reunión si yo no los asesoraba primero. Les dije que permanecieran siempre unidos y con la frente en alto”.

La Empresa de Acueducto contrató una firma para hacer un censo socioeconómico de las familias para reubicarlas, pero la líder evidenció que la información recopilada era incipiente. “No les preguntaban para dónde querían irse, si les gustaría seguir en esa Bogotá donde tanto han sufrido o soñaban con regresar a su pueblo. La encuesta fue ajustada”.

Dora inspeccionó los terrenos a donde pensaban llevar a sus vecinos, por Fontibón y Bosa, lo que le causó una profunda indignación. Las casas no tenían piso, ventanas, puertas, cocina o baterías de baño. “Algunos ya habían firmado los papeles, pero alcé mi voz y frené todo porque esas viviendas no le iban a mejorar la calidad de vida a la gente. Casi todos trabajaban por Corabastos y ahora tendrían que destinar largas horas para llegar a ganarse los pesitos. Además, tenían que dar una cuota inicial de 105.000 pesos”.

Dora no desamparó a las 160 familias que debían salir de la zona para la recuperación del humedal. Fotos: archivo Dora Villalobos. 

La comunidad dejó todo el proceso en manos de la líder, quien hizo cambiar las psicólogas en tres ocasiones porque discriminaban a la gente. “En las socializaciones se ponían hasta tapabocas. El Acueducto me propuso firmar un contrato para que yo me encargara del componente social, pero no acepté porque eso no me permitiría denunciar las cosas que se estaban haciendo mal. Mi camiseta era la de la gente”.

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Las autoridades cambiaron el término de reubicación por reasentamiento. Según Dora, las 160 familias pasaron a vivir en casas propias y con estabilidad laboral y seguridad social. “Antes de llegar a sus nuevos hogares, con mis 11 mujeres del barrio iniciamos un trabajo social por más de cuatro meses para que la gente cambiara sus malos hábitos, como tener un buen aseo y dejar atrás el jetabulario. Una de las condiciones es que las casas quedaran como patrimonio de familia, para que así ningún padre irresponsable llegara a venderlas”.

La lucha contra los piojos de los niños es una de las anécdotas que más recuerda Dora. “Para que no se sintieran mal, creamos una competencia: el que más ganado tuviera, es decir más piojos, se ganaba una ancheta con mercado y ropa. Todo eso lo hicimos entre las 12 mujeres cabeza de familia que lideramos el trabajo social en la zona”.

La unión comunitaria permitió que el humedal renaciera de los escombros. Foto: Fundación Humedales Bogotá. 

La mayoría de familias fue reasentada en casas usadas pero dignas en el año 2005, algunas distribuidas en varias localidades de Bogotá y otras en los pueblos de Cundinamarca y Boyacá. Dora recuerda con risa el caso de José, un vecino que trabajaba como mariachi. Aunque tenía esposa y cuatro hijos, cómo utilizaba un pantalón apretado de charro, la gente le decía José el marica. Pues el señor dijo que quería vivir en el Chicó, en el norte de la ciudad, un sueño que se le cumplió. Fue el único que quedó pagando cuotas, pero le dieron trabajo en una empresa para que lo hiciera”.

Vuelven los asentamientos

Las nueve hectáreas del humedal La Vaca que serían recuperadas quedaron sin la presencia humana. El terreno estaba fragmentado en dos sectores: el norte, con 5,72 hectáreas y ubicado entre la avenida Agoberto Mejía y la carrera 81 K, al lado de Corabastos y el barrio El Amparo; y el sur, 2,24 hectáreas entre las carreras 80F y 81B y las calles 42C y 42F sur. 

“Ninguno de los dos sectores contaba con agua, todo estaba sepultado bajo los escombros y las basuras. Cuando las familias se fueron, las autoridades dejaron abandonados los terrenos, lo que causó nuevas invasiones”. Según Dora, empezó a correr el rumor de que el Distrito le estaba dando casas a la gente que invadiera La Vaca. Entre 2005 y 2006, llegaron 274 núcleos familiares, muchos de los cuales eran comerciantes de Corabastos. “No eran personas desplazadas ni de escasos recursos”.

En esa época, Luis Eduardo Garzón era alcalde de Bogotá, quien al parecer tenía la intención de entregarle los terrenos de La Vaca a Corabastos. Dora se infiltró en un almuerzo del mandatario y aprovechó para cantarle la tabla. “Luego de darle todos mis datos le dije que lo iba a denunciar por detrimento patrimonial porque la zona había quedado demarcada como humedal”.

Luego de varias peleas, en septiembre de 2006 la Alcaldía ordenó realizar un desalojo pacífico, pero una gente asentada en el humedal interpuso una tutela que frenó el proceso. “Perdieron la tutela porque estaban encima del humedal. El 11 de diciembre de ese año, las autoridades sacaron a los invasores y empezó a concretarse el proceso de restauración de La Vaca”.

Espere mañana: ESPECIAL. ÚLTIMO CAPÍTULO: El renacer del humedal La Vaca

Dora es contratada como intérprete ambiental por las entidades distritales. Foto: Alejandro Torres.