Desde hace un mes, cuando Colombia empezó a conocer los estragos del covid-19, Rosa Matilde López, una indígena wayú que hace parte del clan uliana del municipio de Uribia, decidió confinarse en su casa por miedo al contagio. Emmanuel, un niño de seis años que la vida le regaló, es su única compañía.

En su aislamiento, esta mujer de 55 años no ha podido conciliar el sueño. Todas las noches da vueltas en su cama pensando en los más de 1.700 indígenas que habitan en las 24 comunidades que amadrina desde hace cuatro años, quienes a diario la llaman para pedirle ayuda. La pensadera también le ha quitado el apetito. 

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La situación actual de los wayú de la Alta Guajira es crítica. Debido a la cuarentena, los indígenas se quedaron sin la única fuente que les permitía llevar algo de comida a las rancherías: el turismo en el Cabo de la Vela. Ya nadie pesca porque los hostales y restaurantes, a quien les vendían los pescados, están cerrados. Las mujeres no pueden tejer sus mochilas ni hacer las artesanías, porque no hay un solo turista que se las compre”, asegura Rosa, quien lleva más de 22 años trabajando por la comunidad.

Rosa López lleva más de 20 años trabajando por los wayú de la Alta Guajira. La cuarentena puso fin al turismo, la única fuente económica de la zona. Foto: Jhon Barros.

Rosa, madre de cuatro hijos y quien desde joven fue desheredada de su clan por oponerse a casarse con un hombre que ni conocía, afirma que esta Semana Santa estará pasada por la amargura. “Como no hay turismo, todo está cerrado. Yo sobrevivo con un hostal llamado Romero en el Cabo, que tuve que cerrar por la emergencia. Antes, esta semana de recogimiento era una de las fechas que más nos generaba ingresos. Pero hoy no tenemos con qué sobrevivir. Si así estoy yo, imagínense como están mis hermanos wayú que viven en las rancherías de los resguardos”.

En La Guajira hay un caso confirmado por el nuevo coronavirus, según el último reporte del Ministerio de Salud. Sin embargo, eso es lo que por ahora menos le preocupa a Rosa.

Los wayú de la alta Guajira nos vamos a morir primero por la hambruna y la sed que por el virus. No hay agua -desde hace más de un año no llueve- y no hay alimentos ni siquiera para los chivos. Tengo entendido que el Gobierno sí ha mandado ayudas a Uribia, como carrotanques, pero todo eso se queda en los centros poblacionales. La mayor parte de la comunidad vive en veredas y corregimientos, sitios a donde no llega nada”.

Según Rosa, ninguna entidad ha hecho presencia en la Alta Guajira para atender a los niños desnutridos durante la cuarentena. Foto: Jhon Barros.

Niños desnutridos

En los cuatro años que lleva Rosa como madrina de 24 comunidades de la alta Guajira, no se ha presentado una sola muerte de niños por desnutrición. Su trabajo social, enfocado en tocar puertas con diferentes entidades del Gobierno, el apoyo de las fuerzas militares y la participación de campañas como la del Movimiento Ambientalista Colombiano, lo ha evitado.

Sin embargo, esta líder innata ya tiene conocimiento de 45 niños en estado crítico de desnutrición debido a la palpable escasez de agua y alimentos durante los días de la cuarentena. “En mis comunidades son contadas las veces que va el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). Es más, no tenemos presencia de nadie”. 

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De las 22 comunidades que protege, Murujuy, Pororu, Muschipa, Potsipa, Aipir, Ishorshimana, Kalinamama, Atachon, Jalatchon, Maramaralen, Wayutpa, Rulipumana, Yatatshii, Pareparen,  Yoluwouchon, Lasamana, Apotiruipa, Muschipa cabo playa, Arema, Mayetchon, Lechemana y Utaren, dos están en estado crítico.

Se tratada de Wayutpa y Lasamana, donde están los niños con mayores índices de desnutrición y las más alejadas al centro más poblado del Cabo de la Vela. “La mayoría de llamadas vienen de estas comunidades. No tienen ni una gota de agua y los niños están que se desaparecen por lo flacos que están”.

45 niños en la Alta Guajira presentan altos índices de desnutrición. Nadie les ha prestado ayuda. Foto: Jhon Barros.

Rosa tiene afán que su juramento por trabajar hasta el cansancio por sus comunidades se rompa por estar maniatada durante estas semanas de confinamiento. “Le he pedido colaboración a las fundaciones que nos han ayudado en los últimos años, pero también están crisis por la cuarentena. No quiero regresar al pasado, cuando cada semana tenía que enterrar hasta tres niños por desnutrición”.

La falta de sueño y las lágrimas en su rostro son una constante diaria en su vida actual. “Le doy gracias a Dios porque por ahora puedo recibir los tres golpes de comida al día, debido a unos ahorros que tengo del hostal. Pero se me arruga el corazón porque sé que mis wayú no los tienen. Todo está acabado y trancado. Por eso muchos indígenas han salido a la carretera de la Troncal del Caribe para buscar alimento”.

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Las llamadas que le hace su pueblo wayú son desgarradoras. “Me dicen: Rosa nos vamos a morir de hambre y sed, ayúdanos con el Ejército. Las comunidades solo ven las ayudas que la fuerza pública lleva en los camiones. Todos los días me pegan el grito de auxilio por el agua. La ranchería de Murujuy está muriendo de sed. Antes de la emergencia salía corriendo a gestionar ayudas, pero hoy, como estoy encerrada, no puedo hacerlo, y nadie me para bolas”.

Más de 4.700 niños wayú han muerto en los últimos ocho años por causa de la desnutrición. Foto: Jhon Barros.

Según Rosa, su trabajo social de 22 años consiste en tocar las puertas del Gobierno, fuerzas militares y fundaciones para buscar ayudas. “Hoy, como todo el mundo, estoy quieta en mi casa en el barrio La Florida. No solo tengo miedo del contagio del virus, sino de que mi pueblo desaparezca por la hambruna y la sed”.

SOS por los wayú

En lo corrido de 2020, el único apoyo que han recibido los wayú de las 24 comunidades que cuida Rosa fue la campaña del Movimiento Ambientalista Colombiano #YoSoyGuajira, que desde hace seis años llega a la alta Guajira para darles alimentos no perecederos, agua, aulas ambientales con energía solar y pedagogía a los niños.

“En febrero, cuatro comunidades wayú recibieron cerca de 15 toneladas de alimentos, dos carrotanques con más de 20.000 litros de agua, jornadas médicas donde fueron atendidos 400 niños y siembra de árboles de especies como nim y nopal. Nos construyeron cuatro aulas que funcionan con energía solar, a donde los niños aprenden sobre medioambiente y las mujeres tejen en las noches. Esa ha sido la única ayuda que hemos recibido este 2020”, dice Rosa.

El grito de ayuda de esta mujer wayú es para toda Colombia. “Antes, el proyecto de la Ruta del Agua nos hacía donaciones cada mes. Pero por la crisis nada llega. La gente está desesperada, por eso los indígenas han puesto cuerdas cada cinco metros en la Troncal del Caribe, pero por estos días nadie pasa por ahí”. 

La venta de mochilas y artesanías a los turistas del Cabo de la Vela desapareció por la cuarentena. Foto: Jhon Barros. 

Por la cuarentena, Rosa está desesperada. No sabe qué hacer ni qué más puertas tocar para buscar ayuda. “Antes me la pasaba por fuera buscando apoyo. Hoy me siento amarrada. Si tuviera plata no dudaría en invertirla para los wayú, pero yo solo vivo del hostal, y hoy está cerrado. Soy una líder que trabaja por mantener la cultura y las costumbres de mi pueblo”.

La líder wayú se ha comunicado con varias organizaciones y fundaciones, pero todas están en crisis. Las fuerzas militares, que han sido los aliados en su trabajo social, le dijeron que si conseguía donaciones, ellos ponían el transporte. “Si alguién me dice que hay siete toneladas de comida yo hago de todo para moverlas con las fuerzas militares. Pero está demasiado complicado encontrar apoyo”.

Hace un llamado al Gobierno para que el hambre y la sed no erradique al pueblo wayú. “Los indígenas deberíamos beneficiarnos del sistema general de participación. Mi clamor es que el Presidente y el Ministerio del Interior den el aval para que la Secretaría Indígena pueda ayudar los wayú. Cada una de las autoridades tienen derecho a su participación”. 

Las mujeres wayú de la Alta Guajira no tienen con qué alimentar a sus hijos. La desnutrición gobierna la zona durante la cuarentena. Foto: Jhon Barros.

A las fundaciones y organizaciones que puedan ayudar, Rosa les envía un mensaje de auxilio. “Cualquier ayuda nos sirve, en especial comida y agua. Me voy a enfermar de tanto pensar en qué hacer. No quiero ver más niños morir de sed y hambre. De corazón le imploro a todo el pueblo colombiano que nos ayuden. Enterrar a un niño por desnutrición es lo peor que me podría pasar”.