En las más de 589.000 hectáreas que conforman la cuenca hidrográfica del río Bogotá, territorio que abarca 47 municipios de Cundinamarca y la capital del país, hay registros de la presencia de 449 especies de aves, de las cuales 149 se han dejado ver en los últimos años.

Debido a la amplia variedad de climas de la cuenca, un ramillete que va desde las zonas paramunas de su nacimiento en el páramo de Guacheneque, los territorios fértiles de la sabana de Bogotá hasta las tierras tropicales del encuentro con el río Grande de la Magdalena, las aves han gobernado ciertos lugares dependiendo de las características de cada especie.

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Las tinguas, como la bogotana y pico rojo, son exclusivas de la sabana. Las águilas y rapaces anidan en las zonas más altas y frías, mientras que las garzas, pericos, loras y hasta tucanes revolotean por los terruños de clima caliente, es decir por los últimos municipios de la cuenca baja, como Girardot, Ricaurte, Agua de Dios y Tocaima.

El humedal Córdoba en Suba, es el que registra mayor cantidad de especies de aves en Bogotá, más de 150. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz. 

Sin embargo, en la última década, la Fundación Humedales Bogotá, organización conformada por jóvenes ambientalistas dedicados a proteger los cuerpos de agua de la capital del país, ha evidenciado una mayor presencia de aves que habitan normalmente en tierras más bajas en los diferentes ecosistemas de la capital, tanto así que al sol de hoy ya son residentes.

“Hace 30 años, era muy raro ver en Bogotá especies como el alcaraván, ibis cara roja, chamón, periquito de anteojos, azulejo, toche pico de plata, tángara palmera, sirirí y tordo llanero, nueve aves originalmente más propias de climas calientes y templados, pero que hoy son comunes en la ciudad, los humedales y la sabana de Bogotá”, afirma Jorge Emmanuel Escobar, director de Humedales Bogotá.

Nueve especies de aves calentanas hacen cada vez más presencia en la cuenca media del río Bogotá y sus humedales. Fotos: Fundación Humedal Bogotá.

Para Escobar, el hecho de que estas aves calentanas ahora residan en las tierras más frías de la capital, como en los 15 humedales declarados por el Distrito, está asociado a varios factores como el calentamiento global, especies invasoras, cambio de uso del suelo y transformación de ecosistemas.

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Bogotá alcanzó la mayor temperatura en los últimos 60 años, 25 grados centígrados, lo que sin lugar a duda es otro de los síntomas del cambio climático y uno de los factores por los que estamos viendo con mayor frecuencia estas aves calentanas”, indica el experto.

Según el reporte de estado y tendencias de la biodiversidad continental de Colombia, publicado en 2014, las especies deberán adaptarse a las nuevas condiciones locales o desplazarse rastreando el conjunto de condiciones climáticas necesarias para su supervivencia, algo conocido como el nicho climático.

El humedal Jaboque en Engativá, cuenta con una isla exclusiva para las aves. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Para el director de la fundación, Bogotá está perdiendo su apodo de nevera. “La biodiversidad capitalina hoy no es la misma de hace unas décadas. Sin embargo, la flora y fauna viene adaptándose, por lo que los seres humanos debemos ponernos en sintonía, diseñar mejor nuestras ciudades y adaptarnos al cambio climático”.

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Escobar afirma que varios análisis preliminares demuestran que el cambio climático incrementará las posibilidades de establecimiento de especies de alto riesgo de invasión en los ecosistemas continentales de Colombia. “Una evaluación de 25 especies invasoras, predice que 66 por ciento de estas especies incrementará su distribución potencial en el territorio nacional ante escenarios de cambio climático”.

La Fundación Humedales Bogotá realizó un análisis de las nueve especies de aves calentanas que más han hecho presencia en zonas de la cuenca media del río Bogotá, como los ecosistemas de humedal del Distrito. 

Alcaraván (Vanellus chilensis)

Escobar indica que esta ave llegó a Bogotá desde los Llanos Orientales, logrando posicionarse en todos los humedales de la ciudad, en especial en La Conejera, Córdoba, La Vaca y Torca-Guaymaral.

“Su temperamento y comportamiento territorial le han ayudado para asentarse en una ciudad tan agitada como Bogotá. En La Conejera es posible verla en los miradores, en Córdoba vuelan de un sector a otro y en La Vaca la hemos visto empollando sus huevos”.

El alcaraván ha sido registrado en casi todos los humedales capitalinos. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Jasbleady Castañeda, una de las jóvenes ambientalistas de Humedales Bogotá, afirma que el alcaraván es un ave sudamericana que llega a medir hasta 35 centímetros, la cual se caracteriza por su altura, los fuertes sonidos que hace en pleno vuelo y por la forma de defenderse.

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“Cuando se siente atacado o en caso de estar protegiendo a sus crías, se lanza al ataque a quien se acerque o se tira al piso en un lugar diferente al del nido para hacer creer que allí se encuentran sus huevos, despistando así al enemigo”.

El alcaraván pone su nido en un hoyo excavado en la tierra, “donde suelen encontrarse entre dos y cuatro huevos. Pueden observarse en zonas abiertas e incluso poco convencionales, como parqueaderos y separadores de las avenidas”, indica Castañeda.

Ibis cara roja (Phimosus infuscatus)

Esta ave se distribuye desde Colombia y Venezuela hasta el norte de Argentina y Uruguay. Mide hasta 56 centímetros y cuenta con un plumaje negro, una cara desnuda roja y un pico rojizo y alargado. 

La ibis cara roja cuenta con grandes poblaciones en los humedales capitalinos. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Habita en pantanos y árboles cercanos a los cuerpos de agua, sitios donde encuentra lombrices, peces, crustáceos y animales pequeños. La hembra pone entre uno y seis huevos, que empolla durante casi un mes.

En los humedales de Bogotá es fácil ver a muchas ibis cara roja compartiendo espacios con las tinguas. Es una de las especies que hoy tiene grandes poblaciones en los humedales, tanto así que está presente en la mayoría de ellos”, anota Escobar.

Antes del confinamiento por covid-19, la Fundación Humedales Bogotá avistó a un grupo de ibis de casi 50 individuos en el humedal Torca-Guaymaral.

Grupo de ibis cara roja en el humedal Torca-Guaymaral. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Chamón (Molothrus bonariensis)

Esta especie abunda por toda Sudamérica y algunas islas caribeñas. Alcanza a medir 20 centímetros de largo, siendo el macho un poco más grande que la hembra. Tiene plumas negras y grises que se tornan brillantes con el sol.

Según Escobar, el chamón es una de las aves que genera mayor polémica, ya que es una especie parásita que afecta de alguna manera a una de las aves emblemáticas de los los bogotanos: el copetón.

Chamón hembra y macho registrados por la organización ambiental. Fotos: Fundación Humedales Bogotá.

“El chamón es cada vez más frecuente en los humedales de Bogotá y en cada rincón verde de la ciudad. Se le puede observar tras de los nidos de aves de menor tamaño, y en estado adulto, en grupos grandes de machos y hembras”.

Daniel Bernal, experto en calidad del aire y uno de los colaboradores de Humedales Bogotá, afirma que el chamón hace uso del parasitismo, una estrategia reproductiva en la que un individuo de una especie (el parásito), deposita sus huevos en los nidos de otra ave para que los incube y alimente a los pichones. 

Estudios indican que las hembras parásitas no poseen la habilidad de construir nidos y de incubar huevos, y tampoco pueden alimentar a sus pichones. Este parasitismo de los chamones lo hemos presenciado directamente en los humedales de Santa María del Lago, Capellanía y Salitre, siendo el copetón la especie más afectada”.

El copetón es el ave más afectada por el parasitismo del chamón. Foto: Daniel Bernal (Fundación Humedales Bogotá).

Bernal ha sido testigo de cómo los copetones en Santa María del Lago alimentan a los polluelos del chamón. “El comportamiento del chamón es bastante agresivo, chilla fuertemente hasta que obtiene el alimento y frecuentemente se le ve picando en la cabeza a sus padrastros”.

Periquito de anteojos (Forpus conspicillatus)

Es un ave nativa de Colombia, Venezuela y Panamá que mide 12 centímetros. Las plumas de los machos son de color verde con algunos vistos azules, es una de las aves más apetecidas por los traficantes de fauna para venderlas como mascotas.

“Este periquito ha adornado en los últimos años los humedales de Bogotá. Lo hemos registrado con frecuencia en Córdoba, La Conejera y Santa María del Lago. Se alimenta de las semillas del arboloco y recientemente lo vimos consumiendo algunas semillas de pino en el humedal Córdoba”, apunta Escobar.

El periquito de anteojos es capturado para ser vendido como mascota. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Tángara palmera (Tangara palmarum)

Habita desde Nicaragua hasta el sur de Brasil, principalmente en zonas con presencia de palmas. En edad adulta mide cerca de 19 centímetros y cuenta con un plumaje opaco. Se alimenta de frutas, néctar e insectos.

En el humedal Córdoba se ha incremenado la presencia de la tángera. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

“La tángara ha venido creciendo su presencia en los humedales capitalinos. La hemos registrado alimentándose de frutos de mano de oso en el humedal Córdoba”, anota Escobar. En mayo de 2018, un grupo de tángaras palmeras fue visto en un árbol de mano de oso que aprovechó la maduración de los frutos para alimentarse.

En Colombia, la tángara tiene una alta distribución en zonas de hasta 2.100 metros sobre el nivel del mar, pero en la última década se ha vuelto cada vez más común en Bogotá.

Azulejo (Thraupis episcopus)

Se distribuye desde México hacia el sur de la cuenca de la Amazonia. Mide 18 centímetros y se caracteriza por contar con un cuerpo gris con tonos azules claros y tintes verdes en las alas y la cola.

Es un ave característica de los bosques, cultivos y jardines de las tierras de clima tropical, donde se alimenta de frutos, néctar e insectos. Pone entre uno y tres huevos en los nidos que construye sobre las ramas de los árboles más altos.

El azulejo hace presencia en humedales, parques y zonas con alta presencia humana. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

El azulejo ha aumentado su presencia en Bogotá de manera notable. Ya lo podemos registrar, además de los humedales, en parques, separadores de avenidas y en lugares concurridos por los seres humanos”, indica Escobar.

El experto ha visto a esta ave perchando en árboles como el aliso, uno de los más antiguos en la sabana de Bogotá, los urapanes del bosque del oso en el humedal Córdoba, acacias moradas en el Club los Lagartos y duraznillos de Juan Amarillo.

Sirirí (Tyrannus melancholicus)

Ave nativa del neotrópico, con un rango de distribución desde el sur de Estados Unidos hasta el centro de Argentina. Mide 20 centímetros y tanto los machos como las hembras cuentan con plumas amarillas, grises y verdosas.

El sirirí ha colonizado zonas como los humedales de Bogotá. Foto: Fundación Humedales Bogotá. 

Lo normal es que habite en zonas con menos de 1.800 metros sobre el nivel del mar, pero ha logrado colonizar territorios más altos como Bogotá. Es un ave bastante territorial que incluso compite con otras especies de mayor tamaño.

“Esta ave territorial tiene una notable presencia en los humedales. Desde hace más de una década, la hemos visto en varios cuerpos de agua, algunas veces cazando mariposas o libélulas en su pico, y otras persiguiendo aves de mayor envergadura. En los humedales o parques que tienen cables de energía cerca, podemos verlos perchando”, anota Escobar.

Tordo llanero (Quiscalus lugubris)

También lo llaman zanate caribeño. Hace parte de algunos ecosistemas del norte de Sudamérica y las Antillas. Su cuerpo ronda los 27 centímetros, con plumas negras con manchas violetas. Su sello característico es una cola larga y unos ojos amarillos y desafiantes.

El tordo es tan territorial que incluso ataca a perros y seres huamnos. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Se alimenta de lo que encuentre en el suelo, como insectos y hasta desperdicios. No es un ave asustadiza y suele atacar a perros e incluso humanos. “Esta especie poco se registraba hace 10 años, pero viene aumentando su presencia en Bogotá”, indica Escobar.

En los últimos tres años, el tordo llanero ha aparecido con mayor frecuencia en los humedales. “Recientemente pudimos ver varios individuos en el humedal Jaboque, hallazgo que se suma a los presenciados en Tibanica, Juan Amarillo, El Burro, La Vaca, Córdoba y Jaboque”, complementa el experto.

Toche pico de plata (Ramphocelus dimidiatus)

Ave con 18 centímetros de largo que usualmente convive en grupos. El macho tiene una mandíbula inferior blanco plateada y reluciente, y la cabeza, manto, garganta y pecho manchados de rojo marrón intenso. Las alas y cola son negros.

Se alimenta de insectos y frutas, como las de los árboles de sauce y platanito del humedal Córdoba, esta última con pequeños frutos cilíndricos que nacen en racimos colgantes, similares a un racimo de plátanos.

El toche pico de plata es una de las aves más difíciles de fotografiar. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Es una especie más común en tierras bajas por debajo de 1.700 metros de altura, pero desde hace 25 años existen pequeñas poblaciones en Bogotá. Se le ve en algunos parques de la ciudad, jardines y otras áreas arborizadas en pequeños grupos. Es posible que se esté estableciendo en la sabana lentamente, porque no es tan común verla o registrarla”, menciona Escobar.

El director de la fundación indica que por su tamaño y comportamiento es muy difícil de fotografiar. “Sin embargo, en la ciudad la hemos registrado en lugares como el Jardín Botánico y el humedal Córdoba”.

Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.