Un peladero árido y sin vida. En eso quedó convertida parte del humedal Arrieros en Tocancipá, un punto de conectividad ecológica en Cundinamarca que comunica a la cuenca media del río Bogotá con el Parque Nacional Natural Chingaza. En el pasado, el lote amarillento era un sitio gobernado por aves endémicas de la sabana y migratorias que llegaban a reproducirse o alimentarse.

El exceso de cultivos, la aplicación de químicos y fertilizantes y la sobrecarga ganadera fueron erradicando y fragmentando al humedal, tanto así que su espejo de agua ya no existía. Estaba sepultado bajo la vegetación exótica y los sedimentos aportados por las actividades agropecuarias, impactos que reemplazaron los revoloteos de las aves por las manchas negras y blancas de las vacas.

Cerca de 70 hectáreas del Parque Jaime Duque quedaron peladas y áridas por las actividades agropecuarias. Foto: Jhon Barros.

Estas tierras, con cerca de 70 hectáreas, estaban ubicadas al otro costado del Parque Jaime Duque. Todas habían sido arrendadas desde hace muchos años a algunos campesinos de la zona, pero en 2014, cuando el contrato de arrendamiento llegó a su fin, las directivas del parque tomaron la decisión de recuperar lo que el hombre le había arrebatado a la naturaleza.

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A simple vista, el daño causado por el pisoteo del ganado y los productos tóxicos indicaba una hecatombe ambiental imposible de recuperar. Los árboles nativos habían desaparecido, el agua escaseaba y el canto de las aves casi que ni se escuchaba. Las cicatrices más profundas estaban en cerca de 15 hectáreas, un terreno donde solo germinaba el pasto kikuyo y la soledad.

En los primeros recorridos por el extenso potrero, el grupo de 30 expertos del Jaime Duque, entre biólogos, zootecnistas, ingenieros ambientales, gestores y trabajadores sociales y académicos, solo registraron 15 especies de aves, ninguna endémica de la zona, una cifra muy baja para un terreno que hace parte de la sabana de Bogotá, donde el Instituto Humboldt tiene reportes de 235 especies entre propias y migrantes boreales.

Cerca de siete hectáreas antes gobernadas por la vegetación invasora, fueron restauradas. Foto: Parque Jaime Duque.

Pero los expertos no perdieron la esperanza. Luego de una profunda investigación científica y de campo, concluyeron que bajo la vegetación invasora sí había vida. “Cerca de siete hectáreas aún contaban con características propias de humedal, por lo cual nos dimos a la tarea de recuperarlas. Identificamos dos áreas: un cuerpo de agua natural que hacía parte del antiguo humedal Arrieros, y una extensa zona hídrica que llamamos humedal Jaime Duque”, indicó Fernando Castro, zootecnista y curador de aves del parque.

Con este hallazgo, las directivas iniciaron un proyecto educativo y sostenible para recuperar los ecosistemas hídricos. Lo llamaron Ecoparque Sabana, estrategia que busca hacer una revegetalización de la zona, gestión social, educación ambiental, monitoreo de fauna y flora e investigación científica. 

El retiro de la vegetación y recuperación de las orillas, hicieron que el agua de los humedales volviera a brotar. Foto: Jhon Barros.

De regreso a la vida

El reto de convertir un potrero árido en un reservorio verde no sería una tarea fácil. Las zonas de humedales estaban gobernadas por la vegetación foránea y suelos duros, tanto así que se podía caminar por encima de ellos. 

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A finales de 2016, el grupo de expertos, liderado por Darwin Ortega, director del Ecoparque Sabana, dio marcha al retiro de las especies de plantas que tenían agobiados a los ecosistemas de humedal, una mano amiga que hizo brotar el agua. Pero su calidad estaba bastante afectada por los certeros golpes del pasado.

Luego de realizar monitoreos de las condiciones fisicoquímicas del agua, llegaron a la conclusión que esta presentaba exceso de nitrógeno y materia orgánica, además de una carencia de oxígeno disuelto, factores desatados por los abonos químicos y las heces del ganado.

Los humedales del Ecoparque Sabana se nutren del agua que baja por las montañas, el subsuelo y las lluvias. Foto: Parque Jaime Duque.

“Todos los desperdicios de la ganadería y los cultivos fueron a parar en el humedal Arrieros. Sin embargo, concluimos que ambas zonas de humedal era naturales y que sus índices de contaminación mermarían, ya que son lugares alimentados por el recurso hídrico de otros ecosistemas, como el agua que baja por el cerro Tibitoc y el material hídrico subterráneo, además de las lluvias”, aseguró el zootecnista.

Con el retiro de la vegetación y el regreso del agua en las siete hectáreas de humedales, el Jaime Duque evidenció que era necesario someterlas a algunas obras para arreglar las pendientes, es decir los bordes de los cuerpos de agua. Castro enfatizó que la primera decisión fue no tomar como ejemplo al humedal Juan Amarillo en Bogotá, donde algunos bordes fueron rellenados con concreto.

Ese tipo de obras impacta considerablemente a la fauna nativa, como es el caso de las tinguas, expertas nadadoras y buceadoras que carecen de una buena capacidad de vuelo. Para salir del agua, estas aves necesitan de unas rampas naturales con pendientes bajas para que puedan salir. Un buen ejemplo de humedal es Córdoba, uno de los más recuperados y sin obras en concreto. Conserva su ecosistema natural y es el que más cuenta con registro de aves en Bogotá”. 

La restauración de las zonas hídricas hizo renacer dos áreas de humedales dentro del Ecoparque Sabana. Foto: Parque Jaime Duque.

Las tinguas, especies emblemáticas de los humedales de la sabana, son las grandes damnificadas de las obras en concreto en los bordes de los humedales o de la desaparición de las pendientes naturales adecuadas. 

En sitios con mucha erosión, los polluelos mueren ahogados porque no pueden salir del agua. Por eso, en el Ecoparque Sabana decidimos adecuar los bordes de forma natural y con pendientes ligeramente bajas. Esa fue la primera gran transformación de la zona, un proyecto que hace parte de la tesis de maestría de Darwin Ortega, director del ecoparque”, complementa Castro.

La tingua pico amarillo empezó a anidar entre las zonas de humedales recuperadas. Foto: Fernando Castro (Parque Jaime Duque).

A pintarse de verde

En abril de 2017, con la llegada de la época de lluvia, los humedales Jaime Duque y Arrieros se llenaron de más agua. El suelo arcilloso de estos ecosistemas se encargó de retener el líquido preciado, lo que sumado a las inyecciones aportadas por las zonas montañosas y el subsuelo, ha permitido que no se vuelvan a secar.

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El siguiente cambio extremo fue reverdecer las 60 hectáreas de la zona, un terreno destinado a la conservación de los ecosistemas de humedal y bosque andino. La tarea inició con la construcción de un vivero para generar árboles nativos propios y típicos de la sabana de Bogotá. 

En un vivero se producen plantas nativas que son sembradas en el Ecoparque Sabana. Foto: Jhon Barros. 

Empezamos a recolectar semillas de la reserva natural de la sociedad civil que había en el parque, las cuales trajimos al vivero para germinarlas y prepararlas hasta que pudieran ser plantadas en campo”, anota Castro.

Cerca de 140 especies nativas, entre trepadoras, herbáceas, arbustivas y arbóreas, ya han germinado en el vivero. A la fecha, más de 60.000 plantas fueron sembradas en algunas zonas del Ecoparque Sabana y el Parque Jaime Duque. De este total, 10 especies son de páramo, destinadas para un programa de conservación del cóndor de los Andes. La meta del ecoparque es llegar a 160.000 árboles nativos plantados.

Castro manifiesta que este vivero garantiza una alta variedad de plantas. “Los viveros comerciales producen plantas por medio de estacas, es decir que cogen una especie, le cortan las ramas y las meten a la tierra para propagarlas, lo que genera una producción de clones que se van a enfermar de lo mismo. Eso no ocurre con nuestro vivero, ya que se basa en una producción por semilla que garantiza una variabilidad genética en todo el ecoparque”.

La meta es sembrar más de 160.000 árboles nativos en el Ecoparque Sabana. Foto: Parque Jaime Duque.

En mayo de 2017, el Ecoparque Sabana fue declarado por Parques Nacionales Naturales como una reserva natural de la sociedad civil. El reverdecer de la antigua zona agropecuaria ha contado con la ayuda de la comunidad. Más de 800 personas de diferentes empresas, organizaciones, entidades, colegios, universidades y fundaciones ambientalistas, se han untado con la tierra negra para sembrar los árboles de la reserva.

Un proyecto de restauración ecológica no se hace solo. Por eso, hacemos siembras participativas con la comunidad, personas que van en familia a sembrar y se apropian con amor de cada árbol. Es un sentido de apropiación por la naturaleza y el lugar, lo que permite erradicar esa estampa que tienen los humedales como sitios llenos de basura y residuos. En los últimos dos años, 20.000 personas han venido a sembrar”, cerciora Castro.

La ciudadanía ha jugado un rol fundamental en la recuperación de la zona. En familias, la población va al ecoparque a sembrar árboles nativos. Foto: Jhon Barros. 

La semilla de la conservación ambiental también ha llegado a los más pequeños. Por medio de la Escuela de Restauración Ecológica, niños menores de 12 años asisten cada 15 días al ecoparque para aprender de monitoreo de aves y cuidado de los humedales. 

El ideal es sembrar semillas de conservación en los más pequeños, para que cuando sean grandes, sin importar la profesión que tengan, sepan de la importancia de los humedales. Si uno de estos niños llega a ser alcalde, lo va a pensar más de dos veces antes de adoquinar un humedal”, apunta el experto.

Niños de Tocancipá van cada 15 días al ecoparque a sembrar y aprender de la conservación de los humedales. Foto: Jhon Barros.

Epicentro de aves únicas

Luego del cambio extremo verde e hídrico de la zona inició el monitoreo de las aves, que partió de la base que solo había 15 especies registradas antes de las obras, como mirlas, copetones, palomas y chulos, especies que reflejaban el impacto causado por el ser humano.

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Los monitoreos mensuales empezaron en octubre de 2017 en los humedales recuperados. En los tres años de inspección, 112 especies de aves han sido avistadas, entre residentes, migratorias e incluso en peligro de extinción; esto indica un incremento del 85 por ciento. 

La tingua bogotana, especie en peligro de extinción, apareció en los humedales del ecoparque. Foto: Parque Jaime Duque.

Los dos casos más emblemáticos fueron la presencia de la tingua bogotana y la tingua pico verde, dos especies en peligro de extinción que demuestran importantes resultados del proyecto para la conservación de la fauna endémica de la sabana.

La tingua bogotana (Rallus semiplumbeus) dio muestras de su presencia en octubre de 2019, en uno de los lagos del humedal Jaime Duque. Los expertos escucharon su canto en medio de la vegetación de eneas y juncos, un sonido similar al chillido que hace una ardilla; el hallazgo fue fotografiado al poco tiempo.

Esta ave es una especie endémica de los humedales del altiplano cundiboyacense, es decir que no habita en ninguna otra parte del planeta. Se alimenta de invertebrados acuáticos y permanece oculta y solitaria. Por la fragmentación de los ecosistemas, contaminación del agua, deforestación y caza, está listada como una especie en peligro de extinción. 

La tingua bogotana solo habita en los humedales del altiplano cundiboyacense. Está al borde de la extición. Foto: Oswaldo Cortés.

“Aunque hemos logrado avistar solo a un individuo de tingua bogotana, lo más probable es que haya más. No pensamos que la fuéramos a ver tan rápido, ya que es una especie muy exigente por el hábitat. Esta ave nos demuestra que hay conectividad en la región”, dice Castro.

La bogotana se dejó ver o escuchar por última vez hace un mes. “Utilizamos sonidos que simulan su canto a través de un bafle, llamado que la tingua no respondió. De pronto se desplazó hacia otra zona por su época de reproducción o porque se sintió acorralada por otras aves como el ibis, ave negra de tamaño mediano. Pero seguramente volverá”, considera el experto.

Ecoparque Sabana se está convirtiendo en el lugar más biodiverso del municipio de Tocancipá. Foto: Parque Jaime Duque.

El reinado de la pico verde

Otra de las aves endémicas de la sabana cundiboyacense que está al borde de la extinción por los impactos humanos es la tingua pico verde, una especie que, como su nombre lo indica, se caracteriza por contar con un pico de tonos verdosos.

En diciembre de 2016, cuando el material vegetal que ahogaba los humedales del ecoparque era retirado, los investigadores vieron a una de estas tinguas. El hallazgo no causó mayor sorpresa, ya que la especie había sido vista con anterioridad en los cuerpos de agua de la otra zona del Jaime Duque, donde están las atracciones y el Bioparque Wakatá.

Ecoparque Sabana se convirtió en un refugio para la tingua pico verde, especie en peligro de extinción. Foto: Parque Jaime Duque.

Año y medio después, en la mitad de 2018, aparecieron varias tinguas de pico verde hembras con sus crías, una sorpresa que indicó su reproducción. “No vimos los nidos ni los huevos, ya que estas aves anidan en sitios de difícil acceso. Pero al verla con polluelos decidimos trabajar en un proyecto de biología reproductiva de esta subespecie endémica y amenazada”, informa Castro.

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Más de 30 tinguas pico verde habitan en el ecoparque, aves que fueron estudiadas minuciosamente para establecer su comportamiento, reproducción y alimentación, además de determinar algunas de sus amenazas, como la presencia de depreadores, trabajos de jardinería, desecación de los cuerpos de agua y construcciones.

Por medio de la instalación de algunas cámaras trampa, los científicos han registrado 25 nidos activos en terrenos cercanos a los espejos de agua, donde el ave pone entre tres y seis huevos por nido, generalmente ovalados y de color café con manchas marrones.

Evolución de varias especies de tinguas (pico verde es la primera), en el Ecoparque Sabana. Fotos: Parque Jaime Duque.

Cuando los huevos cuentan con un alto estado de amenaza por los verdugos, los expertos los llevan a una incubación artificial, práctica que ha arrojado datos como la temperatura óptima de incubación, el tiempo de eclosión, que oscila entre 18 y 20 días, y la dieta necesaria para el desarrollo de la especie.

Evidenciamos cambios en el plumaje desde el día uno de vida hasta los cinco meses, transformaciones que inician en un plumón negro verdoso en el recién nacido, pasando por la corolacion café del juvenil hasta llegar al color rufo y grisáceo de los adultos. El peso es uno de los principales determinantes del sexo, que en los machos es mucho mayor”, afirma Castro.

Los hallazgos del proyecto, realizado por Castro y Loreta Rosselli, ornitóloga que en ese entonces trabajaba en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales (UDCA) entre 2016 y 2019, fueron revelados en un artículo publicado en una revista de la Universidad Nacional. El estudio estuvo enfocado en 14 huevos incubados artificialmente.

Huevos de las tres especies de tinguas del Ecoparque Sabana. Fotos: Parque Jaime Duque.

“Las aves anidaron durante todo un año. El número de huevos varió entre tres y seis. El color definitivo del pico se adquiere a los 75 días, mientras que el color del iris y plumaje adulto se alcanza entre los días 150 y 165. El cambio en coloración durante su desarrollo permite determinar la edad de los individuos silvestres”, cita el artículo.

En dos nidos de esta tingua, Castro instaló cámaras trampa que graban video durante una semana. “Descubrimos que el macho y la hembra incuban y hacen el nido juntos, pero el macho es quien se queda en las noches cuidando los huevos. La madre se va a alimentarse mientras el padre es el que los cuida. En las aves no hay machismo”.

La restauración ecológica en esta zona industrial de Tocancipá ya arrojó resultados, un proceso de más de tres años. Fotos: Parque Jaime Duque.

La ruta de la tingua

Los expertos del Jaime Duque querían indagar cómo era el comportamiento de estas tinguas en su hábitat natural. Por eso, escogieron 18 aves criadas bajo cuidado humano y en vida silvestre para instalarles transmisores VHF, dispositivos radiales que permiten hacer un rastreamiento del desplazamiento, alimentación, frecuencia reproductiva y uso del hábitat.

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Con la colaboración de la UDCA y la ornitóloga Loreta Rosselli, las 18 tinguas, mitad machos y mitad hembras que antes habitaban en la zona hídrica del monumento del Mapa de Colombia, fueron marcadas en sus patas con anillos de colores, se les instalaron los transmisores y fueron liberadas en los cuerpos de agua del parque.

“A las tinguas criadas en cautiverio les fue bien. Una de ellas duró más de dos años en el humedal Arrieros y tuvo crías cuatro veces. Eso no ocurrió con la mayoría de tinguas silvestres que liberamos en los cuerpos de agua del Jaime Duque, una zona ubicada a tres kilómetros lineales del río Bogotá”, reveló Castro.

A 18 tinguas pico verde les instaraon transmisores y anillos para monitorear su ruta en la sabana. Foto: Parque Jaime Duque.   

El instinto de las tinguas pico verde silvestres las llevó a seguir una ruta que cuente con presencia de agua. Lamentablemente, en la zona hay un vallado que conecta con la empresa Gran Sabana, el cual va hasta el autódromo de Tocancipá por debajo de las tuberías alimentándose de descargas de algunos barrios de invasión. 

Este canal termina en un potrero con condiciones de humedal al frente de la fábrica de Coca Cola. Una de las tinguas evaluadas siguió esa camino hídrico de contaminación, viaje que hizo caminando durante seis meses desde el ecoparque hasta el potrero. 

Cuando llegó el verano, el potrero se secó. Al no ver agua, la tingua decidió alzar vuelo, una actividad que rara vez hace. Pero como el área cuenta con alambres de púas, el individuo murió insertado en unos chuzos.

La tingua pico verde anida entre los juncos de los humedales del Ecoparque Sabana. Foto: Parque Jaime Duque.

Otras tinguas no resistieron la contaminación del vallado y murieron en las tuberías. “Lo que descubrimos fue que estas aves se desplazan caminando entre los sitios de humedales. Su instinto las lleva a hacer esos recorridos. Pero como están fragmentados y cuentan con amenazas y basuras, se ven obligadas a volar, lo que incrementa aún más su vulnerabilidad”, menciona el experto.

Una de las conclusiones de este monitoreo es que la población de la tingua pico verde está disminuyendo por esa nefasta fragmentación de los ecosistemas, lo que le impide llegar a zonas que presenten una buena calidad hídrica o alimento. 

“Así pasa en Bogotá. Humedales en buen estado como Córdoba y Santa María del Lago no cuentan con tinguas pico verde, ya que estas no tienen la capacidad de volar desde un ecosistema como La Conejera, donde hay una gran población”, anota Castro. 

A pesar de la contaminación, la tingua pico verde ha incremenado sus registros poblaciones en los humedales de Bogotá y la sabana. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Casos esperanzadores

El ramillete de aves endémicas y migratorias que hacen presencia en el Ecoparque Sabana es bastante basto. Además de las tinguas bogotana y pico verde, la zona cuenta con especies como barraquete aliazul, perdiz chilindra, zambullidor, torcaza, garrapatero, cuco americano, guardacaminos andino, colibrí, polluela piquirroja, polla gris, tingua azul, focha americana, pellar, becasina paramuna, andarrío solitario, gallito de agua, guaco, garcita rayada, garza azul, águila pescadora, entre muchos más.

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Varios casos han sorprendido a los investigadores que monitorean la avifauna. Uno de esos fue el pato de pico azul (Oxyura jamaicensis andina), una subespecie catalogada en peligro de extinción. La primera vez que apareció fue en junio de 2017, un macho que al poco desapareció del lugar, o eso pensaban los expertos.

La reproducción del pato de pico azul sorprendió a los investigadores del ecoparque. Foto: Parque Jaime Duque.

“Lo que hizo el pato, también llamado turrio, fue llamar a otros individuos. Al poco tiempo vimos cuatro y después ocho. Un año después, en 2018, registramos la primera reproducción de esta ave dentro del ecoparque, una pareja que apareció en la vegetación con sus crías”, menciona Castro.

Dos especies migratorias, que no son atípicas en los cuerpos de humedal, han llamado la atención de los expertos: el pato canadiense y el chorlo gritón, aves que ahora no solo llegan a la zona a alimentarse en su paso migratorio, también se están reproduciendo.

Ya sumamos 25 nidos de pato canadiente. El chorlo gritón, una especie migratoria con plumaje blanco y manchas grises y negras, también ha construído nidos y puesto huevos, una reproducción que no es normal en Colombia”, complementa Castro.

Cría del pato pico azul en los humedales del Ecoparque Sabana. Foto: Parque Jaime Duque.

El pato canadiense migra desde Estados Unidos y Canadá hasta las zonas más bajas de Colombia. Su migración es bastante numerosa, tanto así que en humedales de la Costa Atlántica es posible ver más de 2.000. Sin embargo, no se habían presentado casos de reproducciones, o por lo menos no documentados.

“En 2016 vimos los primeros patos canadienses con sus crías, un panorama que ha ido incrementándose. En cada migración vemos en promedio hasta 11 nidos de manera simultánea, cada uno con 12 huevos. Hay momentos en que aparecen 30 patos adultos con 200 crías. No sé si esto es bueno o malo, pero es un reflejo de que algo está pasando”, anota Castro.

El pato canadiense ya no solo llega a la sabana a alimentarse. Ahora se está reproduciendo. Foto: Parque Jaime Duque.

Estos patos nacen y se desarrollan en el ecoparque. Luego siguen migrando, pero aún es un misterio su destino. “Acá no se quedan. Lo raro es su reproducción, una teoría es que están llenando la disponibilidad de hábitats que dejaron otras especies que se extinguieron, como el pato pico de oro y el zambullidor andino. Son huecos en el ecosistema que alguien debe llenar.”.

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Del chorlo gritón solo se conocía que era una especie migratoria. Habían casos de reproducciones en Chile y Perú, pero en Colombia era un misterio. En el Ecoparque Sabana van ocho eventos de reproducción del chorlo, con nidos y polluelos a bordo.

El chorlo gritón, una especie migratoria, se está reproduciendo en los humedales del ecoparque. Foto: Parque Jaime Duque.

Hace poco instalamos una cámara trampa en uno de los nidos para conocer cómo es el comportamiento del macho y la hembra con los huevos. De bebés son muy parecidos a los alcaravanes, de no más de ocho gramos. Cuando son adultos, pareciera que en su cuello tuvieran un corbatín, debido a las líneas blancas y negras”, dice Castro sorprendido.

En octubre de 2018, mientras expertos de la Asociación Bogotana de Ornitología (ABO) pajareaban por el ecoparque, un búho de plumas cafés y blancas con un rostro redondo y ojos amarillos, causó sensación.

Cría de chorlo gritón nacida en el Ecoparque Sabana. Foto: Parque Jaime Duque.

Se trataba de un búho campestre, una especie que los expertos no veían en la sabana desde hace 10 años. “Los de la ABO empezaron a tomar fotos y videos y los subieron a sus redes. Fue una tendencia entre los pajareros. Ese mismo año vimos una pareja de búhos campestre con dos crías. También hemos visto demasiadas monjitas bogotanas”, apunta Castro.

El búho campestre no se veía en zonas de la sabana desde hace más de 10 años. Foto: Parque Jaime Duque.

Refugio para los alados

Durante la cuarentena, el Parque Jaime Duque no luce del todo desolado. Además de los animales silvestres y exóticos del Bioparque Wakatá, las especies endémicas del Ecoparque Sabana y los trabajadores que los cuidan, el lugar ha incrementado la cantidad de aves migratorias que llega en busca de alimento o a reproducirse.

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Castro afirma que este aumento de la avifauna no se debe al cierre temporal del establecimiento al público por el confinamiento obligatorio, sino al inicio de la época de lluvias y la migración de ciertas aves. 

Caica de páramo, una de las 110 especies de aves que habita en este reservorio biodiverso de Tocancipá. Foto: Parque Jaime Duque.

“Hay muchísimas migratorias, en especial de la familia de los tiránidos, aves pequeñas que llegan a la sabana durante estas fechas. Alcanzamos a avistar 300 durante dos días, una cantidad atípica. Los ibis también van en aumento, al pasar de ocho a más de 60. Llevamos ocho nidos de patos canadienses, especie que tradicionalmente llega en mayo”.

El Taj Mahal, una de las réplicas del parque, se ha convertido en un tipo de penthouse para las aves desde hace varios años. Dos especies habitan en la parte más alta del monumento: el halcón peregrino y la lechuza de campanario.

El halcón peregrino habita varios meses en uno de los monumentos del parque. Foto: Parque Jaime Duque.

El peregrino es la ave migratoria más rápida del planeta que llega siempre al ecoparque en septiembre. Hacie el mes de abril sigue su ruta migratoria. Los expertos del ecoparque la han avistado desde hace más de dos años.

La lechuza de campanario duerme desde hace varios años en las partes altas del Taj Mahal. "Nos dimos cuenta al ver su excremento blanco y egagrópilas, porciones que no pueden digerir como pelos y cráneos que los regurgitan. Comen roedores, musarañas y aves”, complementa el curador de aves.

Una de las lechuzas que habita en el Taj Mahal. Foto: Parque Jaime Duque.

Emporio biodiverso

Las aves no han sido las únicas beneficiadas con la conservación y restauración ecológica del antiguo potrero. Mamíferos, insectos y reptiles también han visto en la zona un sitio ideal para vivir, buscar alimento y reproducirse.

En 2019, con ayuda de 70 estudiantes de la Universidad del Bosque, se registraron más de 18.000 insectos de 50 especies, entre moscos, escarabajos, chinches, abejas, avispas, mariposas, libélulas y grillos, una muestra de la gran biodiversidad de esta fauna esencial para la alimentación de las aves.

Una de las libélulas endémicas que hacen parte del ramillete biodiverso del ecoparque. Foto: Parque Jaime Duque.

Una de las poblaciones más grandes en este pulmón de Tocancipá es la de escarabajos, cuya presencia se hace más notoria en los meses de octubre y noviembre, donde forman grupos de reproducción de 1.000 individuos. También se han reportado más de 9.000 libélulas, una abundancia relacionada con la alta disponibilidad de pastos, cuerpos de agua y otros insectos presentes en la reserva.

“Nos dimos cuenta que en el parque vive un caballito del diablo, conocido como Ischnura chingaza, una especie de libélula endémica de Bogotá y algunos municipios de Cundinamarca que fue descrita en el páramo de Chingaza”, anota Yerson Cruz, biólogo del Jaime Duque.

La rana sabanera es el anfibio insignia del Ecoparque Sabana. Foto: Parque Jaime Duque.

En la sabana de Bogotá hay registros de 20 especies de anfibios, tanto en páramos, bosques andinos y humedales. En el ecoparque, la que más ha hecho presencia es la rana sabanera, que presenta diformismo sexual: los machos son más pequeños que las hembras.

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La serpiente de tierra o sabanera también hace parte del territorio, especie sagrada para los muiscas que representaba la forma final de la madre Bachué, diosa encargada de poblar al pueblo indígena.

Los expertos también han reportado varias especies de serpientes en sitios cercanos a los humedales. Foto: Parque Jaime Duque.

Nueve especies mamíferos han sido avistadas dentro de la reserva natural, como murciélagos, musarañas, comadrejas, zorros y cusumbos. Algunos de ellos han dado crías en las zonas aledañas a los humedales del Jaime Duque y Arrieros.

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Los murciélagos han regresado a Tocancipá debido a la restauración del Ecoparque Sabana. Foto: Parque Jaime Duque.

En honor a los muiscas

El Ecoparque Sabana no será exclusivo para la conservación y restauración ecológica. Desde hace tres años, el parque trabaja en la construcción de una réplica del río Bogotá, que irá desde su nacimiento hasta el Salto del Tequendama.

El homenaje al río sagrado de los muiscas irá acompañado por un sendero que recreará la historia de la creación muisca, obra que contará con estaciones y figuras emblemáticas de la cultura de estos indígenas, como los mitos de Chiminigagua, los dioses Chie (luna) y Sua (sol), Bachué y Bochica.

“El recorrido iniciará en la laguna de Guacheneque, sitio donde nace el río Bogotá y que fue un epicentro de pagamentos de los muiscas. Seguirá por partes emblemáticas como las lagunas de Iguaque, Guatavita y Suesca, los pueblos de Chía y Sogamoso, hasta culminar en el Salto del Tequendama”, revela Castro.

Ecoparque Sabana recreará varios de los mitos de los muiscas, como Chiminigagua, y algunos sitios sagrados del río Bogotá, como la laguna de Guacheneque. Foto: Ecoparque Sabana. 

La estatua de Chiminigagua ya está lista. No es una representación humana, sino un cilindro con petroglifos de los muiscas con tres cóndores en su parte superior. Cuenta la leyenda que Chiminigagua era una cosa grande que guardaba luz en su interior. Cuando comenzó a salir, creó unas enormes aves negras que arrojaban aire por sus picos. Luego le dio vida a todos los seres del mundo, como el sol y su esposa luna.

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Hacia mediados de 2021, cuando el Ecoparque Sabana espera abrir sus puertas al público, los visitantes no perturbarán al centenar de especies de aves que hoy habita en toda calma en los cuerpos lagunares. 

Fernando Castro, curador de aves del Ecoparque Sabana y uno de los investigadores del proyecto de la tingua pico verde. Foto: Parque Jaime Duque.

“Las visitas serán controladas, con un número limitado de personas y sin mascotas que puedan poner en peligro a la fauna que hemos recuperado. Además, los reservorios donde anidan están bastante alejados de la réplica del río”, enfatizó el zootecnista.

Todo está en riesgo

El año pasado, el Ecoparque Sabana obtuvo uno de los reconocimientos ambientales más importantes de Colombia. Fue seleccionado como el segundo mejor proyecto en la categoría general del premio Planeta Azul, otorgado por el Banco de Occidente, una presea que exalta la apuesta de restauración ecológica en un terreno que lucía sin vida.

Polluelo de una monjita bogotana en los humedales del ecoparque. Foto: Parque Jaime Duque.

Por su parte, el Bioparque Wakatá, antiguo zoológico del Jaime Duque, es un refugio para las especies de fauna silvestre víctimas del tráfico ilegal y para los individuos afectados por el maltrato de sitios como circos, cerca de 500 animales que habitan en extensas zonas al aire libre. 

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Al igual que los demás establecimientos del país que cuentan con animales silvestres y exóticos, el Jaime Duque está en riesgo por la cuarentena del coronavirus. Sin recibir visitantes, no hay recursos para invertir en los diferentes proyectos y estrategias de conservación, algo que ha llevado a las directivas a tomar medidas de compensación. 

Huevos del pato canadiense en uno de los nidos en las zonas de humedal. Foto: Parque Jaime Duque. 

La Fundación Parque Jaime Duque invita a los colombianos a que compren una o más entradas anticipadas, para que cuando pase la pandemia puedan visitarlos. Esta compra incluye la siembra de un árbol nativo en los terrenos del Ecoparque Sabana.

“A cada árbol me pondremos una imagen con el nombre del visitante. Cualquier ciudadano puede comprar su brazalete de manera anticipada con un 10 por ciento de descuento, a través de la plataforma https://bit.ly/2UNHqi9. Esto nos permitirá seguir cuidado a nuestros animales y colaboradores, además de mantener el parque de los colombianos en perfecto estado para el día de tu regreso”, informó la fundación.

Búho currucutú bebé nacido en el pulón biodiverso de Tocancipá. Foto: Parque Jaime Duque.

Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.