Desde hace más de 20 años el caracol pala o caracol de mar lucha contra los embates de la pesca. El problema de este molusco, que puede llegar a medir hasta 35 centímetros, es de grandes dimensiones pues su desaparición tendría consecuencias no solo para los ecosistemas sino para las comunidades que dependen de esta especie económicamente. 

Desde los años 90 está en riesgo: en 1992 lo incluyeron en el Apéndice II de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre (CITES), y en 1994 apareció en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza porque desde ese entonces la pesca masiva, tanto industrial como artesanal, disminuyó sustancialmente su población. Es el molusco con mayor importancia comercial del Caribe.

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De acuerdo con el Observatorio para el Desarrollo Sostenible de la Reserva de Biosfera Seaflower, las faenas industriales de este caracol se iniciaron en los años 70 y para mediados de los 80 llegaron a registrar 500 toneladas al año. A partir de este momento empezaron a controlar la pesca del caracol pala en el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

El caracol pala, si bien se encontraba fácilmente hace algunas décadas en todo el Caribe, es insignia del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, no solo porque es uno de los platos tradicionales de este territorio, sino también porque es un símbolo cultural de antaño para quienes coleccionan sus enormes conchas. La concha, “es usada frecuentemente como decoración. Servía para avisar de algún acontecimiento importante, porque la usaban como trompeta, ya que produce un particular sonido cuando se sopla”, de acuerdo con el biólogo marino Carlos Andrés Ballesteros Galvis en un artículo del Observatorio para el Desarrollo Sostenible de la Reserva de Biosfera Seaflower. 

De hecho, las conchas fueron, durante mucho tiempo, insumos para construcción de viviendas y hoteles, especialmente en el archipiélago.

La pérdida de esta especie de molusco podría tener consecuencias importantes para las poblaciones pesqueras que han recurrido al caracol pala para su alimentación y cultura. “En el mundo, la recolección de conchas ha tenido un papel fundamental: esos concheros que demuestran la existencia del humano cazador recolector 10.000 años. En nuestro continente, este y otros caracoles eran parte de la dieta de los primeros pobladores cazadores recolectores. En cuanto a Colombia, dejaron evidencia en los conchales de lo que hoy es el Vía Parque Isla de Salamanca, desde hace unos 10.000 años”, afirmó el biólogo marino e investigador del Instituto Humboldt, Germán Corzo.

Los conchales son grandes concentraciones de conchas que reflejan una recolección sostenida por parte del hombre, cuya huella son acumulaciones que dan cuenta del consumo permanente.

“Actualmente, la pesca es una de sus principales amenazas y aunque hay controles y tasas, las posibilidades de hacerlas efectivas son limitadas”, agregó Corzo. Y es que a lo largo de los años las autoridades han tratado de hacer de todo para salvaguardar el caracol pala: establecer áreas de pesca, tamaño mínimo y hasta prohibición de comercio internacional y pesca con equipo de buceo. Pero nada de esto ha tenido resultados contundentes. 

Intentos infructuosos

Entre tantos ires y venires no ha sido posible lograr un control efectivo de las tasas pesqueras. En 1997 fijaron por primera vez la cuota de pesca anual en 203 toneladas. Posteriormente, en 2001, fijaron la tasa en 96 toneladas y en 2007 en 75. 

En 2014 decidieron establecer una cuota de 16 toneladas y el más reciente decreto de 2019 fijó la cifra en 9 toneladas, la más baja hasta el momento, y solo puede ser en el banco Serrana. A lo largo de estos años también cerraron en un par de oportunidades las pesquerías ante el riesgo de extinción de la especie. 

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Pero sin duda alguna, su extinción podría tener serias implicaciones para los ecosistemas del territorio pues este caracol puede ser uno de los más grandes e importantes del Caribe. Habita varios ecosistemas a lo largo de su existencia: los primeros meses de vida habitan como pequeña larvas entre el plancton, y luego pueden vivir en fondos rocosos, corales e incluso en algas. 

“La pérdida del papel que él desempeña para las otras especies, ya sea como alimento o para el control de una de las especies, genera desequilibrio, algo así como un efecto mariposa. Sin embargo, existe mucho desconocimiento e incertidumbre sobre lo que pueda representar su pérdida”, explicó Corzo. 

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La repoblación de esta especie es otro factor que agrava el escenario. Según afirma Corzo, el caracol pala es una especie con procesos larvales largos, delicados y desconocidos, por lo cual no ha sido posible tener piscicultivos para su reproducción. 

Este molusco puede tardar en madurar hasta cuatro años, este crecimiento lento y tardío dificulta una repoblación efectiva de esta especie. 

Según explica Corzo, en el caso del caracol pala es clave jugar con todas las opciones de conservación, ya que sería la única opción para salvar la especie. Conservación en su hábitat y fuera de él, y en áreas protegidas pueden ser algunos procesos que se podrían aplicar para el caracol pala. “Ya hay ensayos que están dando buenos resultados para que pueda ser producido en fincas”, comenta.

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Además, los bancos de germoplasma también podrían ser alternativas muy efectivas para este caso. En ellos se guarda el contenido genético de una especie como una opción para repoblar cuando esta desaparezca. 

El futuro del caracol pala es incierto, pero su inminente extinción debería preocupar a las autoridades. Las cuotas de pesca que se han establecido desde hace más de 20 años parecen no haber logrado proteger a este molusco. Métodos como la pedagogía a las comunidades del Caribe podrían y aplicar los métodos de conservación podrían ser la última carta para salvarlo.