La naturaleza siempre ha sido una víctima silenciosa de la guerra. Ha sido usada, explotada y vapuleada sin compasión por parte de los diferentes grupos armados que intervienen en el conflicto. 

Las voladuras a oleoductos no solo son un cruda arma utilizada para afectar la infraestructura petrolera estatal, también se constituyen en un fatídico ejemplo de como la biodiversidad resulta involucrada y altamente perjudicada en medio de la lucha por el poder. 

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En la última década los cinco oleductos para el transporte de petróleo con los que cuenta la empresa Ecopetrol en el país han sido dinamitados más de 1.050 vecessiendo Norte de Santander, Arauca, Nariño y Putumayo las regiones más afectadas.

Solo el oleoducto Caño Limón-Coveñas ha sufrido más de 1.500 atentados terroristas, desde su entrada en operación, hace 33 años, situación que ha generado el derrame de aproximadamente 3,7 millones de barriles de petróleo en suelos, quebradas y ríos de los siete departamentos que atraviesa esta estructura (Arauca, Boyacá, Norte de Santander, Cesar, Magdalena, Bolívar y Sucre). En 2019 esa estructura ya registra 26 voladuras, mientras que contra el Oleoducto Trasandino, OTA, ya se registran 16 atentados.

En el 2018, los ataques contra el Oleoducto Caño Limón-Coveñas afectaron más de 65.000 metros cuadrados de suelo y cerca de 40.500 metros de cuerpos de agua. 

Cifra parecida a la que maneja la Asociación Colombiana de Petróleo que ha señalado que en las últimas tres décadas se han derramado 4,1 millones de barriles de crudo por ataques a la infraestructura petrolera. Según esa entidad, entre 2002 y 2015, 9,3 millones de barriles fueron robados de los oleoductos del país, de los cuales 6,5 millones terminaron vertidos sobre ecosistemas naturales.

La ruptura de las tuberías produce en la vegetación una reducción en los procesos de transpiración, respiración, fotosíntesis y reproducción, al igual que graves impactos a los animales. A las aves que son alcanzadas por el hidrocarburo, por ejemplo, se les pega el crudo en las alas y no pueden volar. Esto conlleva a que no puedan conseguir alimento ni abrigo, por lo que sus vidas se ponen en riesgo.

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De otro lado, a los mamíferos, el petróleo se les pega en la piel y puede llegar a su sistema circulatorio, a través de las mucosas, lo que les genera daños irreversibles. Sin embargo, estas afecciones también las pueden adquirir al ingerir alimento contaminado. A los peces, el crudo les cubre la piel y las branquias, razón por la cual pueden morir por asfixia.

Las explosiones o incendios que se presentan cuando se atenta contra los ductos, ocasionan, de la misma manera, emisiones como material particulado, dióxido de carbono y nitrógeno que terminan reduciendo la calidad del aire y contaminando la atmósfera. De igual forma, en el agua el petróleo obstaculiza el paso de la luz solar necesaria para las cadenas de la fotosíntesis por parte del fitoplancton, y reduce la calidad físico-química del afluente al disminuir su nivel de oxígeno. Este último factor representa un riesgo para algunas especies presentes en el cuerpo de agua.

Según la investigación adelantada por Camilo Echandía para la Fundación Ideas para la Paz, los ataques a la infraestructura petrolera no responden solo a las motivaciones económicas, son más bien objetivos sociopolíticos y tácticas militares.

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Pero las afectaciones al medioambiente también provienen de la deforestación que se genera para adecuar los terrenos en los que, posteriormente, se siembran los cultivos ilícitos con los que se financian los grupos al margen de la ley. A este y otros perjucios hay que sumarle el alto impacto social y científico que generan estas acciones, pues a las zonas en conflicto no pueden ingresar turistas ni académicos a realizar sus trabajos de investigación y, por tanto, renglones como el ecoturismo y el avistamiento de aves dejan de ser una alternativa para sus habitantes. 

Por esta razón, el anuncio realizado por Iván Márquez, El Paisa y Jesús Santrich sobre la retoma de las armas por parte de las disidencias de las Farc causó desazón y zozobra en una gran parte de los líderes ambientales y sociales del país, quienes mostraron su preocupación por las implicaciones que este hecho podría acarrear. 

A traves de sus redes sociales manifestaron sus opiniones. Camilo Prieto, vocero del Movimiento Ambientalista Colombiano, dijo que rechazaba totalmente a quienes creían en la verdad de los fusiles. "!Dolorosa noticia. Pero NO olvidemos que hay más de 10.000 excombatientes que si le apostaron a la paz. A ellos hay que cumplirles lo pactado y darles la mano", apuntó a través de Twitter. 

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