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A fines de mayo de 2020, un enorme derrame de combustible inundó los ríos y un lago de agua dulce cerca de la ciudad ártica de Norilsk, en Siberia (Rusia), sumando así una nueva desgracia a una región que sufre un número nunca antes visto de incendios forestales.

A primera vista, ambos desastres ambientales parecen no estar relacionados, pero si consideramos su frecuencia e intensidad, los científicos dicen que no hay dudas de que el cambio climático tiene que ver en todo esto.

El Ártico está calentándose demasiado

Siberia es conocida por sus inviernos largos y duros, con temperaturas que llegan hasta los -49 grados Celsius. Y si bien en julio el promedio es de 19 grados, la mayor parte del suelo permanece congelada a lo largo del verano, lo que se conoce como permafrost.

De hecho, las temperaturas en Siberia pueden llegar a los 30 grados, algo que no es inusual. Entonces, ¿cuál es el problema con las olas de calor de los últimos años?  "Llevamos décadas de calentamiento en esta región, que es la que más rápido se calienta en el planeta", dice Thomas Smith, profesor de geografía ambiental en la London School of Economics.

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La primera mitad del año fue inusualmente calurosa, con temperaturas cerca de 10 grados sobre el promedio. En junio, por ejemplo, la ciudad de Verkhoyansk, ubicada al norte del Círculo Polar Ártico, registró 38 grados. Y lo peor es que los inviernos son cada vez menos fríos. El de este año, por ejemplo, fue el más caluroso de los últimos 130 años.

Las altas temperaturas han provocado que las capas de hielo retrocedan y dejen al descubierto aguas oscuras, que absorben los rayos de calor en lugar de reflejarlos. Esto acelera el proceso de derretimiento e impide la formación de nuevo hielo, generando un círculo vicioso que empeora el escenario.

Imágenes satelitales muestran la magnitud del desastre.

Imágenes satelitales muestran la magnitud del desastre.

Incendios "más frecuentes e intensos"

Los incendios, provocados por rayos o combustión espontánea, son parte de los ciclos naturales del ecosistema siberiano. Pero ahora son más frecuentes e intensos. "La temporada de incendios es más larga. Ahora llega antes y se va más tarde", dice Anton Beneslavskiy, de Greenpeace Rusia. El paisaje degradado que queda tras el paso de llas llamas impide el crecimiento de árboles sanos, que son más resistentes. En cambio, son reemplazados por arbustos y pastizales, más inflamables.

Según Smith, los incendios de junio de 2019 y junio de 2020 combinados han sido más intensos que "los 16 junios previos, puestos todos juntos". Él estima que entre 2 y 4 millones de hectáreas están en llamas en estos momentos en el Ártico, liberando a la atmósfera más de 16 millones de toneladas de CO2 solo en junio de 2020.

Smith cree que cerca de la mitad de los incendios que arrasan Siberia se encuentran radicados en las turberas, suelo rico en carbono húmedo natural ubicado a varios metros de profundidad y conformado por materia vegetal en descomposición que se ha acumulado allí durante miles de años.

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Con el cambio climático, es más probable que esta turba se seque y se convierta en un material que se encenderá a la más mínima chispa. El problema es que se trata de un material sumamente difícil de extinguir. "He visto turba encendida que, después de una hora de lluvia torrencial, sigue prendida", dice Smith. "Se sabe que algunos incendios de turba duran meses", afirma. Incluso sobreviven bajo tierra durante los meses de invierno, como "incendios zombi", que se vuelven a encender en la superficie en la primavera.

Construcciones en peligro

El derretimiento del permafrost está generando nuevos problemas: en esa región de Rusia, los edificios están fijados a pilares anclados en esa capa del suelo, para darles mayor estabilidad.

La infraestructura también corre peligro.

La infraestructura también corre peligro.

Cerca de 60% de las construcciones de Norilsk, una ciudad de 177.000 habitantes, se han visto dañados por el derretimiento del permafrost, lo que hace que los edificios se muevan y se agrieten. Al menos 100 de ellos han sido declarados inhabitables. Y caminos, aeropuertos y oleoductos también están en peligro. Esto podría haber desatado el derrame de petróleo de mayo, donde los equipos de emergencia siguen luchando para evitar que 21.000 toneladas de crudo lleguen al mar.

Humo tóxico, más metano

El permafrost que se derrite y la turba encendida liberan metano, otro gas que provoca el efecto invernadero. Cuando el suelo se descongela, los microbios que han sobrevivido por miles de años en el permafrost convierten todo el carbono orgánico almacenado en dióxido de carbono y metano, que se libera a la atmósfera.

Esto genera un esmog tóxico cuando se combina con el humo de los incendios, y con las condiciones adecuadas, podría empeorar el ya contaminado aire de grandes ciudades del este de Asia, Europa oriental y la costa oeste de Norteamérica. Su presencia agrava los riesgos de sufrir enfermedades respiratorias y desarrollar distintos tipos de cáncer.

Junto con la Amazonia y la cuenca del Congo, Siberia es un ecosistema crucial para el equilibrio ecológico del planeta. "La protección de estos lugares debe ser un asunto global", dice Beneslavskiy, de Greenpeace Rusia.