Los ecosistemas y el suelo en zona de la Serranía de La Macarena y el Parque Nacional Natural Tinigua son escenario de preocupantes perturbaciones que han generado una pérdida importante de cobertura vegetal. Deforestación, ganadería, apertura de vías e incendios, entre otros factores, causan daños que pueden resultar irreversibles para el territorio. 

Así lo indica una investigación adelantada sobre los procesos de degradación de la tierra, ocurridos entre 1985 y 2018 en la región de confluencia de los ríos Guayabero y Lozada, en jurisdicción de las mencionadas áreas protegidas, la cual encontró que la matriz de la tierra en esta región ha sufrido un proceso de perturbación que ha llegado a un punto de inflexión en el que las coberturas vegetales están muy bajas. 

Nicolás Pérez, geógrafo y estudiante de la Maestría en Medio Ambiente y Desarrollo de la Universidad Nacional, dijo que el proceso de degradación es una disminución de las condiciones físico-bióticas hasta un punto de no retorno, o irreversible.

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"Las formas como nos relacionamos con estas zonas no solo se evidencian en esas perturbaciones que a menudo salen por televisión, como la deforestación, sino también con las representaciones y percepciones que tiene la gente sobre su evolución”, explicó el candidato a magíster, para quien el aspecto cultural es determinante. 


Lotes de grandes extensiones de tierra dedicados a la ganadería se pueden observar a lo largo y ancho de la serrania. 

Aseguró que las perturbaciones que dominan son los pastizales para ganadería, que pueden ir desde 8 hasta más de 60 hectáreas, un proceso que tiene como principal corredor al río Guayabero. También afecta la apertura de vías al interior de la tierra, y no sabemos hasta qué punto estos daños serían irreversibles, comenta el investigador, quien con las voces de los campesinos y habitantes de la región ha logrado adelantar su proceso de análisis. 

"Han pasado 30 años y los pastos no se han renovado, han seguido siendo pastos; y, por otro lado, mientras en 1985 teníamos un parche de 15.000 hectáreas de bosque, ahora es de 5.000 hectáreas, lo que riñe con todo el discurso y la política medioambiental del país de disminuir la deforestación”, señala el geógrafo.

Un proceso de conflictos

Según Pérez, este proceso tiene antecedentes históricos y sociales que se deben analizar, pues se trata de una zona que ha sido producto de la colonización y que también ha sido impactado por el conflicto armado y social que ha debido enfrentar el país durante décadas. Por ejemplo, señala Pérez, que este territorio ha tenido un desarrollo rural fallido, con vínculos relacionados con la proliferación de cultivos ilícitos como la coca, que en su momento solucionó la depresión económica y social.


Un buen porcentaje de los lotes abiertos ilegalmente en medio de La Macarena son utilizados para sembrar coca. 

A esto se le han sumado, en los últimos años, las nuevas definiciones de lo "rural" más allá de su tarea agropecuaria, recargando en estas zonas las demandas urbanas por conservar los servicios ecosistémicos que soportan el sistema económico actual. "A los indígenas y a los campesinos les estamos recargando la responsabilidad de conservar los valores ecológicos y biológicos que tenemos allí", asegura el investigador.

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"Así, a estas comunidades se les ha planteado una serie de restricciones por encontrarse en áreas protegidas en las que no pueden cultivar, pero tampoco se les presenta ninguna alternativa, lo que genera conflictos que pueden escalar a violencia". 

El investigador llama la atención sobre los operativos realizados en el marco de la campaña Artemisa, en los que han sido capturados campesinos de la región, actos que han sido señalados por las mismas comunidades y organizaciones ambientales como una forma de estigmatizar a los habitantes de La Macarena, quienes han procurado establecer reglas de conservación de los parques, a pesar de las precarias condiciones de vida en estos territorios y de la sistemática desatención del estado.