La pandemia ha dejado varios interrogantes, en especial en materia ambiental. Los meses en los que más de mil millones de personas estuvieron encerradas en casa alrededor de todo el mundo, reconfirmaron la importancia de cuidar el entorno. Aguas cristalinas, animales silvestres rondando por las calles y ríos menos contaminados, solo por mencionar algunos, fueron las imágenes más destacadas que dejó el confinamiento a nivel mundial. 

Sin embargo, el coronavirus dejó en evidencia la relación poco armónica que existe entre las actividades humanas y el medio ambiente, y su papel en la propagación de enfermedades zoonóticas: aquellas que se dan por la transmisión de un virus entre un animal vertebrado y un humano, como la covid-19. 

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Pero, ¿qué tiene que ver el cuidado del medio ambiente con las enfermedades zoonóticas? Mucho, según una reciente publicación de la revista The Ecologist a propósito del trabajo que hace la Comisión de Gestión de Ecosistemas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. De acuerdo con el artículo, cuidar el medio ambiente y hacer un uso responsable de los recursos naturales podría ser clave a la hora de evitar enfermedades altamente contagiosas como el coronavirus que también podrían terminar en pandemia. 

Para evitar que este tipo de transmisiones sigan ocurriendo es fundamental dar a conocer la conexión que existe entre la salud de los seres humanos y la naturaleza, y proteger los ecosistemas a través de procesos como la restauración. De esta forma será posible desarrollar estudios más precisos y útiles a la hora de hablar de futuras pandemias o epidemias.  

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En primer lugar es muy importante saber que la covid-19 no es la primera pandemia y lo más seguro es que no sea la última. Este tipo de enfermedades existen desde que los humanos comenzaron a domesticar animales para producir alimentos, pues esta cercanía se convirtió en el primer canal de transmisión de virus, bacterias o enfermedades. De hecho, The Ecologist se refiere al libro Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond, para explicar que incluso desde que los europeos empezaron a llegar a América, África y Australia, llevaron la viruela y el sarampión a estos nuevos territorios matando a comunidades enteras que nunca antes se habían expuesto a estas enfermedades. 

La deforestación es una de las actividades humanas que ha afectado seriamente a varios ecosistemas y especies.  

Desde entonces,  la expansión de la raza humana, la globalización y, por supuesto, las actividades económicas, han puesto en riesgo muchos ecosistemas y la biodiversidad. Para poder expandir estas redes de comunicación y de comercio, los humanos construyen carreteras, modifican terrenos para la agricultura o la ganadería —como con la deforestación—, o explotan excesivamente recursos naturales.

La mayoría de este tipo de actividades, que normalmente se hacen de manera irresponsable, tiene serias consecuencias en las especies pues reducen su hábitat, rompen las conexiones entre territorios que son indispensables para sobrevivir, o hasta mezclan especies que normalmente no están juntas por naturaleza.

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Eso no es nuevo, pero ahora algunos estudios han demostrado que este tipo de transformaciones en los sistemas naturales han resultado en una nueva relación: la de los seres humanos y las nuevas enfermedades. Además, también se ha comprobado que entre más vulnerable sea una comunidad, más se verá afectada por una enfermedad de este tipo o por cualquier desastre.

Esto se ha confirmado con la pandemia, que ha golpeado mucho más fuerte a los países pobres que al resto. ¿La posible razón? Muchas de estas sociedades vulnerables tienen menos posibilidades de tener actividades económicas sostenibles y, como consecuencia, están constantemente expuestas a enfermedades zoonóticas y en caso de enfrentarlas las consecuencias pueden ser devastadoras.

El cambio climático también ha agudizado estas problemáticas ya que sus consecuencias en los ecosistemas pueden ser fatales: se pueden crear nuevos ecosistemas, transformar las relaciones entre especies o se pueden hasta crear nuevas comunidades de especies portadoras de enfermedades. 

Ahí es donde entra la Comisión de Gestión de Ecosistemas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN CEM, por sus siglas en inglés), la cual está poniendo todo su empeño en estudiar y analizar las actividades humanas y su posible vínculo con enfermedades zoonóticas.

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Uno de sus principales objetivos es ampliar los estudios, datos y modelos científicos que existen sobre factores biológicos, climáticos, culturales y económicos, entre otros, que puedan darle explicación a la posible transmisión de enfermedades entre la naturaleza y los humanos.

La idea es que al momento de tener esta información la divulguen para crear normas de salud pública, legales y regulatorias, para poder frenar la propagación de este tipo de enfermedades y de esta forma mitigar el riesgo de tener futuras pandemias como la covid-19.

La mejor forma de hacerlo es, por supuesto, es a través de acciones que protejan los hábitats de las especies y sus ecosistemas. Para lograrlo están la reforestación y la restauración: a través de la cual se reconstruyen a gran escala los ecosistemas naturales afectados por la actividad humana, para poder devolverlos a un estado casi natural y a partir de allí construir una cadena de abastecimiento sostenible tanto para el humano como para la naturaleza.

De hecho, ya varios gobiernos y oenegés han optado por la resilvestración para que el humano deje de dominar estos espacios y entienda que pueden sobrevivir el uno con el otro sin destruir.