Si algo podemos decir de esta extraña realidad que todo el planeta está viviendo debido a la pandemia de la covid-19 es que esta nos trastocó la vida entera y nos ha puesto en jaque todo de lo que nos hemos sentido dueños: la libertad y la capacidad de decidir sobre nuestra propia vida. Sobre nosotros mismos.

Este pequeño pero peligroso virus se convirtió en un enemigo invisible y cruel. Un arma biológica contra nosotros mismos y nuestros seres queridos. Y son precisamente su rapidez en reproducirse y la vertiginosa curva de crecimiento las que hacen temblar las bases de nuestra sociedad. Nos ha causado muchas noches de desvelo. Principalmente a su llegada nos puso a todos a experimentar niveles elevados de estrés, ansiedad, miedo e incertidumbre. Hasta el punto de que muchos países y sus dirigentes entraron en pánico. Algunas decisiones drásticas para la mitigación del virus tomaron los dirigentes de muchos países y no es extraño escuchar a estos mismos decir que están totalmente convencidos de haber tomado las decisiones acertadas para enfrentar la crisis sanitaria ocasionada por este virus.

Hoy en día aún no sabemos con claridad qué modelo ante la pandemia será el que la historia nos mostrará como el más adecuado, pero hasta ahora, queramos o no, estamos obligados a embarcarnos en los modelos que estos dirigentes han decidido confiar.

No se puede dejar pasar por desapercibido que, en Colombia, la situación a la que la crisis nos ha sometido ha sido abrumadora. Rápidamente mucha gente se “infoxicó”, es decir se llenó de sobreinformación acerca del coronavirus, el sistema nervioso de muchos se alteró y ni para qué hablar del insomnio colectivo que casi Colombia entera experimentó durante semanas enteras.

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De pronto y de la noche a la mañana debíamos estar “acuartelados” y entrenarnos para el distanciamiento social, en un país que todo tiene menos miedo a estar “juntos y revueltos”. Y entonces debíamos velozmente aprender a compartir con nuestros seres más cercanos, compañeros de trabajo o de estudios desde un “formato digital”. Un formato, que de pronto nos dio la ruta de la “nueva normalidad” donde nuestra forma tradicional de socialización, de trabajo y aprendizaje quedaron en su gran totalidad en la comunicación digital y en la realidad virtual.

Y entonces en cuestión de días, pusimos a prueba la enorme capacidad que los seres humanos tenemos de ser inteligentes emocionalmente, de readaptarnos y simultáneamente iniciar nuevas rutas a pesar de los intensos y elevados niveles de estrés que estábamos experimentando, era solo seguir adelante, a pesar de no saber nada de cómo iba a ser tan siquiera la semana venidera.

La incertidumbre, la ansiedad y el miedo hicieron de las suyas y como era de esperarse estos estados emocionales también empezaron a mostrar sus “picos” en la población colombiana.

La incertidumbre, que es definida por algunos autores como la “falta de seguridad o certeza sobre algo”, fue generando un agotamiento en muchos y definitivamente influyó en el deterioro de la calidad de vida de la gran mayoría de los colombianos.

Y también es cierto que no todas las personas reaccionaron de la misma forma ante esta crisis; pero ya había muchos que tenían una vulnerabilidad a la incertidumbre y la ansiedad y a estas personas, estas emociones negativas sí las volvieron trizas. Porque entre otras cosas las dudas que muchos tenían estaban fuertemente asociadas a la salud, la economía y al empleo.

Una cosa que está clara a esta altura de la pandemia es que el término “salud mental” empezó a tener una fuerza sin precedente alguno en Colombia, es más: se volvió tendencia, se ha convertido en el lenguaje común de muchas personas, en discusiones, foros, Webinar, entrevistas y reportajes. Pues veníamos de escuchar recientemente, por parte nuestra vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, que ya había suficientes expertos en psicología, y que ya bastaba con inversiones en educar a nuestros jóvenes en psicología, que ya era suficiente, y que con los psicólogos que había en el país, estábamos sobrados, y a todo nivel, para volver a nuestro país sano mentalmente… pero por suerte de toda una nación, se ha venido demostrando que estamos muy necesitados de tratar la salud mental en nuestro país.

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Finalmente, me atrevo a decir algo que seguramente resultará impopular, pero a título personal veo algo novedoso para reflexionar sobre esta crisis, y es el hecho de que muchos estemos viviendo bajo la incertidumbre y la ansiedad, porque la gestión de esta nos puede abrir un nuevo horizonte, nos puede aportar enseñanzas aplicables. Pongámonos a pensar, que el solo hecho de romper con viejos hábitos, nos da la posibilidad de ver cómo las personas reaccionamos ante las calamidades, ante una amenaza de perder el control de todo lo que creíamos poder decidir y dominar.

Y haciendo referencia al viejo refrán “no hay mal que por bien no venga” es indiscutible que la crisis nos ha llevado a diseñar nuevas rutas de retorno a la normalidad. Nos ha obligado a poner en vigor un plan interpersonal de reapertura, a valorar aquello que dejamos a medias, a seguramente cumplir deseos eternamente aplazados, a leer, a disfrutar de compartir conversaciones con nuestros seres queridos, a constatar que muchos hábitos consumistas y adictivos no los necesitamos.

Y que, al contrario… lo que sí necesitamos y es imprescindible para nuestro desarrollo y sostenibilidad humana es potenciar la cooperación, la unión, el apoyo y la solidaridad colectiva; porque finalmente estos factores funcionan como “pegamento social” y son los que nos aportarán a superar juntos las adversidades y salir bien librados de las mismas.