En estos días estamos a punto de cumplir un año del momento que se cree se marca el tiempo cero de la pandemia de Covid-19, y digo se cree, pues la verdad los hilos que tejen este complejo entramado, tienen su punto inicial en las muchas afectaciones que por décadas hemos estado infringiendo a la naturaleza.

Como quien escribe el guión de una película de terror, a la pandemia y sus afectaciones, empezando por la muerte de más de treinta mil compatriotas, se le ha sumado una saga de desastres naturales de gran escala. Nuestro Pacífico inundado, nuestras preciadas islas del Caribe de San Andrés y Providencia, azotadas por un huracán indómito de dimensiones mucho mayores que todo el archipiélago, un escenario más que doloroso. 

Y retumba de nuevo la pregunta: ¿es que no se podría haber evitado todo este ciclo de afectaciones?, o ¿al menos estar mejor preparados? 

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La respuesta tristemente es si, pero no se hizo. Todos quisiéramos que existiera una máquina del tiempo, en la cual se pudiese viajar y regresar a esos puntos de origen de aquello que nos causa mal y poder evitarlo, y para sorpresa de muchos esa máquina si existe, pero la tenemos empolvada, guardada en el cuarto de San Alejo de las curiosidades ornamentales, y se llama la ciencia. 

Cada una de las cosas que están sucediendo han sido vaticinadas por científicos que trabajamos en intentar entender el rumbo de los fenómenos globales, y a pesar de que se han intentado divulgar, pareciera que el espacio de toma de decisiones al que se debería llegar en primera instancia es más bien el último. 

En el 2009, científicos del laboratorio de la Universidad tecnológica de Texas, publicaron un texto con el siguiente título “Vigilancia en salud pública y preparación para enfermedades globales”. Esto ocurrió hace más de una década, y es solo un ejemplo de muchos otros estudios que advertían sobre los efectos negativos de estar alterando los ciclos de la naturaleza. 

El cambio climático global, responsable de la mayor dinámica en energía en el planeta, es responsable entre muchas otras cosas de descongelar lentamente el hielo en los nevados y los polos del planeta y ponerlos a volar literalmente en nubes como ríos en las alturas. Ese pequeño riachuelo aéreo, es hoy un violento e inmanejable torrente giratorio que en su danza loca hoy nos tocó. Con esto solo quiero recordar, que habrá más de estos eventos. 

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Duele ver familias sufriendo con sus casas sumergidas por las lluvias, carreteras y puentes derrumbados que costaron a cada uno de nosotros impuestos derivados de nuestro trabajo diario, islas que podrían brindarnos su belleza natural, convertidas en lugares desolados por la acción implacable de la naturaleza. Todo era previsible. 

Aquellos que sufrirán los peores embates de la naturaleza, aun no han nacido, habitan en el mundo de las ideas y la insipiente atracción de parejas que aun no se encuentran en las calles y se miran con la ilusión del amor, no tienen voz, son solo un proyecto, un imaginario de lo que llamaré el futuro del ser humano. La Doctora Gro Harlem Brundtland escribió en los 1980´s su informe: “Por un futuro común”, que dicta el inicio oficial del concepto del desarrollo sostenible; un progreso que por primera vez tuvo en cuenta a los que no han nacido. Han pasado tres décadas y aun los tomadores de decisiones no han aprendido a escuchar con atención la voz sensible de la ciencia.