El bosque tuvo que convertirse en cenizas para que Bolivia y el mundo vuelvan la vista hacia él. Para cuando esto ocurrió, cientos de miles de hectáreas del bosque seco tropical chiquitano y del Gran Chaco americano ya estaban sumidas en llamas. Hasta el cierre de esta edición ya habían ardido más de un millón de hectáreas y muerto animales silvestres dentro las áreas protegidas, donde –se supone– debían permanecer a salvo. El número de especies que se han perdido aún no está claro, y solo se sabrá cuando el último de los fuegos se haya apagado.

La Gobernación de Santa Cruz precisó este fin de semana que 22 incendios se mantienen activos en 10 de sus municipios: San Ignacio de Velasco, San Matías, Puerto Suárez, San Rafael, Concepción, El Carmen Rivero Torrez, Roboré, San José, San Javier y Charagua. Los más afectados, ahora mismo, son Concepción y San Matias.

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El horizonte es fuego. Las llamas avanzan y alguna cuadrilla de voluntarios observa el tamaño del desastre. Foto: Juan de Dios Garay H

El bosque seco chiquitano y el Chaco son víctimas, desde hace años, de la deforestación, del avance de la frontera agrícola y ganadera, de la colonización de tierras no aptas para cultivos y, por supuesto, de los incendios forestales.

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Estos últimos no son una novedad para estos ecosistemas tan frágiles de Latinoamérica. Sin embargo, esta vez por una serie de decisiones políticas, como los decretos que promovieron la ampliación de la frontera agrícola y las “quemas controladas”, el fuego se desató a niveles incontrolables en relación a los años anteriores, consumiendo el bosque seco y afectando áreas protegidas como la Reserva Municipal de Vida Silvestre Tucavaca, del Parque Nacional Otuquis y la recién creada área protegida Ñembi Guasu.

La Chiquitanía en llamas

Este ecosistema es uno de los más importantes de la región, pues es considerado el bosque seco tropical más extenso y mejor conservado del mundo. Para tener una idea de su envergadura, ocupa 20 millones de hectáreas de Bolivia.

Es por eso que expertos como Roberto Vides, director de la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano (FBSC), considera una tragedia el incendio forestal que consume la vida silvestre de este espacio natural único.

“Hay un sentimiento de responsabilidad y orgullo de parte de Bolivia de contar con el bosque seco tropical más grande del planeta”, sostiene Vides. Sin embargo lamenta que este sentimiento pierda valor al confirmar que no se está “cuidando el bosque y eso es para sentir vergüenza”.

En esto coinciden los bomberos voluntarios y personas solidarias que acudieron la semana pasada a Roboré, a Quitunuquiña, a San Lorenzo y a El Portón para luchar contra el fuego, llevar agua y comida a los damnificados del incendio.

Las pérdidas son incalculables. Vides dice que si solo se consideran 500.000 hectáreas de bosque incendiado se debe lamentar la pérdida de 40 millones de árboles maderables, eso representa, en términos económicos, 1.140 millones de dólares.

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Es un paisaje apocalíptico. Lo que era verde se ha convertido en un fantasma negro. Foto: Juan de Dios Garay H.

Ese monto económico –enfatiza el director de la FBSC –es nada, con respecto a las pérdidas de biodiversidad biológica y servicios ecosistémicos.

“En el Bosque Seco Chiquitano hay 1.200 especies de animales vertebrados y miles de otras –dice Vides – y remata con una cifra que revela otra realidad: solo conocemos el 20 % de la riqueza del bosque”.

Es decir, el director de FBSC explica que con cada hectárea de bosque que se quema o se deforesta se pierde también ese 80 % de riqueza que no se conoce y nunca se va a conocer.

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Por eso, no duda en calificar el incendio como una gran tragedia, como un “biocidio”, pues se han perdido animales, plantas, hongos, insectos y microorganismos que hacen que la vida funcione.

De las 20 millones de hectáreas que forman parte de la Chiquitanía, 11 millones son bosque y alrededor del 10 por ciento se ha convertido en cenizas. Oswaldo Mallard, encargado de teledetección, sistema de detección geográfico y análisis de deforestación de la FBSC, reveló que la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano, sin contar el incendio de agosto, calcula que la mitad del bosque seco chiquitano podría desaparecer para el 2040, es decir, dentro de los próximos 20 años.

Pero con la última tragedia teme que este proceso de destrucción se anticipe y lo que hoy es vegetación exuberante quede convertido en un desierto.

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Un paisaje de postal amenazado por el fuego. Foto: Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano.

Y hay otro dato valioso más: Roberto Vides recuerda que en el bosque seco hay cuencas que alimentan a ríos amazónicos como el Madre de Dios, y que también están las nacientes de la cuenca del Paraguay. Entonces, lo que pase en este lugar de Bolivia repercutirá en la región.

Huáscar Azurduy, coordinador del área de gestión del conocimiento de la fundación, recuerda, además, que las condiciones climáticas de este ecosistema –con regímenes de lluvia bajos (800-1300 mm/año) y periodos secos prolongados– determina que la vida que se establece haya desarrollado en el tiempo características particulares.

“En promedio, especies forestales que habitan en este bosque requieren de 172 años para crecer 40 cm de diámetro (equivalente a dos palmas de la mano extendidas), mientras que, en el bosque amazónico, para lograr ese mismo diámetro toma unos 86 años. Ello implica que la recuperación del bosque seco chiquitano puede demorar mucho más en comparación a bosques más húmedos”, detalla Azurduy.

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Imágenes registradas por bomberos voluntarios que acudieron a Roboré para atender el desastre. Foto: Gerson Bravo, bombero voluntario.

El fuego quema áreas protegidas 

Iván Arnold, director de la Fundación Nativa, organización dedicada a la conservación del medio ambiente en Bolivia, viajó hasta la recién creada área de conservación e importancia ecológica, Ñembi Guasu, donde se quemaron por lo menos 200.000 hectáreas que empezaron a arder el 12 de agosto.

Ha llegado hasta ese territorio de 1.207.850 hectáreas que se encuentra en una zona de transición entre el bosque chaqueño y el Bosque Seco Chiquitano, que alberga una gran cantidad de fauna y una diversidad cultural donde existe la única población de Ayoreos no contactados.

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Arnold llegó a inicios de la pasada semana y se abrió paso entre el humo, las cenizas y las llamas que avanzaban a paso ligero. Se encontró con una selva negra y ahí confirmó que muchas de las áreas afectadas por los incendios son zonas de conservación con alto nivel de vulnerabilidad a fenómenos como la sequía y los incendios que año a año afectan a miles de hectáreas de bosque, así como a las comunidades campesinas, indígenas y a los productores de la zona.

Encontrar comida es un trabajo duro para las aves y para todo animal que ha sobrevivido al fuego. Crédito: Juan de Dios Garay H.

Durante su visita, además, vio animales muertos, nidos y madrigueras en medio del área quemada. También vio fauna huyendo en estampida hacia zonas cercanas, como estancias ganaderas y comunidades aledañas. El bosque haciéndose más chico. La casa de los animales quemándose y ellos –los que no fueron alcanzados por el fuego– iban de tumbo en tumbo para salvar sus vidas.

El daño es realmente incalculable, dice Iván Arnold, que sostiene que el Ñembi Guasu, que en idioma guaraní quiere decir ‘gran escondite’, es también importante por el nivel de conexión con las otras dos áreas protegidas nacionales: Kaa Iya y Otuquis. Las tres conforman un corredor biológico y el área de conservación continua más grande que tiene el Gran Chaco Americano.

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Un animal que no pudo escapar de las llamas. Foto: Juan de Dios Garay H.

Adicionalmente, remarca Arnold, al estar ubicada en la frontera entre Bolivia y Paraguay, el Ñembi Guasu se conecta con todo el sistema de seis áreas protegidas que integran la Reserva de la Biósfera del Chaco Paraguayo, y que este hábitat es vital para la viabilidad a largo plazo de especies como el jaguar, el tatú, el anta y otras que requieren de grandes extensiones para desarrollarse.

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“La mayor afectación es a la biodiversidad y a la capacidad ecosistémica de brindar servicios ambientales como la regulación del clima y absorción de agua. Además este incendio es particularmente grave por la afectación directa a la zona donde, según informes de expertos, habita el pueblo ayoreo que aún vive en aislamiento voluntario en la región chaqueña, fronteriza entre el Paraguay y Bolivia”, explicó el experto, quien también informó que Nativa viene trabajando en planes de adaptación municipal para el cambio climático. Este trabajo, precisó, les ha permitido ver con claridad cómo los escenarios climáticos van cambiando, y cómo las sequías más prolongadas y, desde muy temprano, configuran escenarios de riesgo de incendio altísimo.

“A través de los planes de adaptación municipal al cambio climático se ha venido advirtiendo que el riesgo de incendios es cada vez más grande, y que si no se toman las cosas en serio, y se ponen programas a largo plazo, se corre el riesgo de lamentar más pérdidas en nuestros bosques”, advirtió.

La tierra colorada aún no se ha teñido de negro, pero a los costados, los árboles van mostrando la furia del fuego. Crédito: Juan de Dios Garay H.

Pablo Chávez, un comunitario de Taperas, fue testigo de esta tragedia. Aún no olvida cómo vio a los animales convertidos en espectros, corriendo de tumbo en tumbo y envueltos en una llama enorme, emitiendo un sonido que no parecía de este mundo. No puede olvidar tampoco que vio hurinas y chanchos troperos, tatús y algo horizontal sin pies que dedujo era una víbora. Recuerda como si hubiera sido ayer que los animales corrían y que él quiso desentenderse de ellos porque su esposa y sus dos hijos estaban en una habitación con ventanas y puertas envueltas con sábanas mojadas para que el fuego no entrara. Pero el llanto de los animales en llamas penetraba por las rendijas y él les decía a sus seres queridos que cubrieran sus oídos hasta que todo hubiera pasado. Y no pasó.

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La comunidad de San Lorenzo, a 20 kilómetros de Aguas Calientes, tuvo su última alegría el 10 de agosto cuando celebró su aniversario. Esa fiesta para sus habitantes hoy parece lejana, pues su vida desde entonces ha cambiado abruptamente. El fuego los atacó y quemó las tuberías con la que calmaban su sed, y ahora además de no tener luz, tampoco tienen agua.

El agua es un bien escaso y la ceniza abunda. A los costados de la carretera y de los caminos los árboles avisan que un fuego pasó por ahí y si uno mira algún punto del horizonte corre el riesgo de ver el humo como testigo de algún incendio. Nadie sabe cuál es la pérdida total de este desastre ambiental que dejó envuelta en llamas a la Chiquitanía de Bolivia, pero los pronósticos están lejos de ser esperanzadores.

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El tucán es una de las especies simbólicas del Bosque Seco Chiquitano. Foto: Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano.

Este artículo fue publicado originalmente en https://es.mongabay.com/2019/09/incendios-bolivia-bosques-fotos/