El páramo de Guacheneque, un extenso colchón repleto de frailejones ubicado en el municipio de Villapinzón, es el encargado de darle las primeras gotas de vida al río Bogotá, un cuerpo de agua que en la zona es llamado Funza, palabra muisca que significa varón poderoso o gran señor. 

Nace envuelto en un silencio perpetuo a los 3.440 metros sobre el nivel del mar. Fluye tímido y cauteloso bajo la vegetación nativa, hasta que se empoza en una laguna donde los muiscas realizaban ofrendas y cultos sagrados al agua como símbolo de agradecimiento y adoración. 

El agua es tan cristalina que es posible observar sin esfuerzo las piedras cubiertas por musgos y algas de colores verdes y amarillos en el fondo. La laguna de Guacheneque parece tener voz propia. Ayudada por los fuertes vientos, envía mensajes a sus visitantes que advierten una prohibición para ingresar en su cuerpo helado.

En la laguna de Guacheneque, ubicada en Villapinzón, nace el río Bogotá, llamado por los campesinos de la zona como Funza. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.  

Los habitantes más antiguos de las veredas de Villapinzón aseguran que el nacimiento del río Bogotá está hechizado. Cuenta la leyenda que en la época muisca, cuando llamaban al cuerpo de agua como en alma de la sabana, la laguna era más extensa, profunda y bravía, y que estaba envuelta en un hechizo.

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Aquellos que se atrevieran a rondar por sus bosques, merodear por sus aguas o robar sus tesoros, Guacheneque los asustaba con fuertes rugidos, para luego perseguirlos hasta comérselos vivos”, cuenta Vidal González, un hombre cercano a los 70 años que lleva más de dos décadas como único guardabosque del páramo.

Vidal González es el ángel guardián del nacimiento del río Bogotá y del páramo de Guacheneque. Foto: Javier Tobar.

Hace más de 100 años, cuenta Vidal, los campesinos de la zona, asustados por los bramidos de la laguna y al no poder sacar el oro de su profundidad o cazar sus animales, tomaron medidas drásticas y llamaron al cura del pueblo para que rompiera el maleficio.

El religioso les dijo que bañaran sus orillas con sal virgen del municipio de Nemocón. El cuerpo de agua disminuyó su tamaño y se fraccionó en dos lagunas: Guacheneque y el mapa, esta última con la forma del croquis de Colombia. Sin embargo, su bravura despierta en ciertas épocas del año, entre abril y mayo, cuando alguien viene a visitarla con la intención de atacarla. En horas de la noche es posible escuchar sus gemidos”, dice Vidal, el ángel guardián de las 8.900 hectáreas del páramo.

El nacimiento del río Bogotá está gobernado por especies de flora de páramo como el quiche. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Once kilómetros puros

Luego de conformar las lagunas de Guacheneque y el Mapa, el Bogotá o Funza toma forma de río. Con un cauce que no supera los 10 metros de ancho, coge camino entre la densa vegetación nativa del bosque hasta llegar a una cascada de 17 metros nombrada por los antepasados como la Nutria.

El Funza reposa en una pequeña laguna de cuatro metros de hondo llena de rocas amarillas y naranjas. Antes era posible ver nutrias en la zona, quienes cazaban animales como el pez capitán, especie insignia del río que hoy ya no se ve”, recuerda Vidal, padre de 10 hijos y abuelo de 10 nietos.

El agua del río Bogotá en Guacheneque también conforma la laguna del Mapa, con forma del croquis de Colombia. Foto: Jhon Barros.

Aunque sus aguas siguen siendo cristalinas, al guardabosque de Guacheneque le preocupa la pérdida de tamaño del río en los 11 kilómetros de recorrido por la zona rural de Villapinzón. “Cuando era niño, la gente solo se bañaba en sus aguas sin causarle ningún tipo de impacto. Era bastante caudaloso, por lo cual contaba con especies como la trucha y el pez capitán en sus aguas y era visitado por armadillos, ñeques, conejos, tigrillos, zorros, tinajos y venados. Hoy ya es muy raro verlos”.

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Para Vidal, la razón de la pérdida de tamaño del río es el aumento de la población en las 17 veredas rurales del pueblo. “Antes nadie vivía cerca a sus orillas. Pero desde la década de los 70, la gente empezó a asentarse en la ronda y construyeron acueductos veredales. Esto causó la pérdida del caudal y el río empezó a recibir los venenos de la agricultura y la ganadería. Sin embargo, podemos decir que los 11 kilómetros de la zona aún lucen limpios”.

En el pasado, las aguas del río Bogotá eran visitadas por nutrias, truchas y peces capitán. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz. 

Curtiembres, primer golpe

La pureza del río Bogotá termina cuando ingresa al casco urbano de Villapinzón y Chocontá. Allí lo esperan más de 100 establecimientos que curten pieles para la elaboración de bolsos, cinturones, chaquetas y zapatos, práctica que llegó a la zona en la época de la Conquista.

Los químicos utilizados por las curtiembres y las aguas residuales municipales, le dan la primera estocada al río Bogotá. Esos vertimientos causan que el nivel de contaminación pase de tipo 1 (mínimo) a 3 (regular), objetivos de calidad del agua de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca que va hasta 8.

Así luce el río Bogotá después de recibir los vertimientos de las curtiembres de Villapinzón y Chocontá. Foto: Jhon Barros.

En ese tramo aparecen las espumas, las basuras y los malos olores. Para mitigar el impacto, la CAR ha logrado que 22 curtidores de ambos municipios construyeran Plantas de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) para cumplir con los parámetros ambientales, un pequeño respiro que aún no es suficiente.

La principal falencia es la falta de una PTAR en Villapinzón, un proyecto que lleva engavetado varios años. Sin embargo, según la CAR, el municipio hace parte de los 20 proyectos de diseño o ampliación de plantas de tratamiento, cofinanciados por las entidades municipales y empresas de aseo y acueducto, que hoy marchan.

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Al abandonar Chocontá y Villapinzón, el río Bogotá zigzaguea por los otros 18 municipios de la cuenca alta, 170 kilómetros en donde es víctima de los vertimientos y el cambio de uso del suelo. En el Puente de la Virgen en Cota, cuando culmina su primer tramo, su nivel de contaminación es de tipo 4 (regular).

Las curtiembres dan el primer golpe certero al río Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortíz.

Los cultivos agrícolas de la sabana de Bogotá, zona que cuenta con los suelos más fértiles en el país, merman a paso galopante debido a la ganadería. Según el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), la cuenca del río Bogotá no tiene ni una sola hectárea apta para el pisoteo constante del ganado, pero casi 200.000 hectáreas yan son destinadas para la actividad pecuaria. 

Los suelos son de vocación agrícola. Con el ganado, sufren de compactación y erosión, procesos que tardan cientos de años en recuperarse. Guasca, Chocontá y Suesca son los municipios con mayor presencia ganadera”, dijo la entidad.

La urbanización, derivada por el crecimiento de Bogotá, también está sepultando a los suelos agrícolas. “Los terrenos productivos son destinados a urbanizaciones e industria. Dos casos emblemáticos son Chía y Mosquera: el primero para construir condominios y el segundo para industrializar. La sabana se está quedando sin terrenos para cultivar”, anotó el IGAC.

La ganadería no debería estar presente en ninguna hectárea de la cuenca del río Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Las actividades agrícolas, pecuarias e industriales en toda la cuenca del río, que abarca 589.143 hectáreas de 47 municipios y donde habitan más de 12 millones de personas, aporta cerca del 32 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) nacional.

Bogotá y Soacha, estocada fatal

En la cuenca media, un trayecto de 90 kilómetros por terrenos de los municipios de Funza, Mosquera, Soacha, Sibaté y Granada y la capital del país, el río Bogotá entra en estado de coma.

Fucha, Tunjuelo y Salitre, los tres ríos urbanos de Bogotá, le dan una estocada fatal al alma de la sabana. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Las más de 9 millones de personas que habitan en la zona le aportan cerca de 690 toneladas diarias de carga contaminante, entre residuos sólidos, arenas, grasas y vertimientos. Cada segundo recibe más de 20.000 litros por segundo de aguas residuales por parte de los tres ríos urbanos de Bogotá.

En 2019, según el Observatorio Ambiental de la Secretaría de Ambiente, los ríos Fucha, Salitre y Tunjuelo que, también nacen limpios y puros en sitios como los cerros orientales y el páramo de Sumapaz, desembocaron 118.561 toneladas de sólidos suspendidos en el Bogotá, superando con creces las 86.685 toneladas registradas en 2018.

En la cuenca media, el río Bogotá pierde todo rastro de pureza debido a los vertimientos y residuos de los habitantes de la capital y Soacha. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Estos certeros golpes elevan al máximo sus grados de su contaminación. En su paso por Bogotá, el río pasa de 4 a 8 en su nivel de contaminación, el máximo, que se mantiene a lo largo de toda la cuenca media.

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Lo que fue un cuerpo de agua cristalino, puro y sagrado para los muiscas, queda reducido a una densa nata negra que emana olores nauseabundos. Todo tipo de basura es arrojado a su lecho, como muebles, sanitarios, neveras, partes de carros y motocicletas y hasta cadáveres. La población le dio la espalda, nadie lo mira de frente y es conocido como una cloaca.

La cuenca media albera a los 15 sitios declarados como humedales en Bogotá. Córdoba, ubicado en Suba, es uno de los menos contaminados. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Inicia su renacer

La cara del río Bogotá en su cuenca media empezó a cambiar en 2012, cuando la CAR dio inicio a una serie de obras de adecuación hidráulica en 68 kilómetros, desde las compuertas de Alicachín en Soacha y hasta el Puente de la Virgen en Cota, con el fin de evitar inundaciones.

Durante cuatro años, decenas de máquinas retiraron más de ocho millones de metros cúbicos de residuos que dormitaban en el lecho del río. Su cauce pasó de 30 a 60 metros, ampliación que arrojó una duplicación de la capacidad de transporte de 100 a 200 metros cúbicos por segundo.

Obras de adecuación hidráulica de la CAR en la cuenca media del río Bogotá entre 2012 y 2016. Foto: CAR.

Para esto, la CAR adquirió 198 predios en más de 600 hectáreas, de las cuales 230 hectáreas fueron destinadas para construir seis humedales, meandros artificiales y zonas de amortiguación. En las zonas de ronda fueron sembrados 120.000 árboles de 20 especies nativas.

“Sacamos del lecho muebles, chasises de carros y motos, neveras, computadores y hasta cadáveres. Al quitarle ese peso, las aguas del Bogotá empezaron a moverse y los olores mermaron”, dijo Aníbal Acosta, Aníbal Acosta, director del Fondo para las Inversiones Ambientales de la cuenca del río Bogotá de la CAR. 

En el barrio El Porvenir del municipio de Mosquera, 186 familias de recicladores que habitaban en 124 tugurios en la zona de ronda del río, fueron reubicados en un conjunto residencial de 125 casas. “La zona fue recuperada, al igual que un potrero destinado al consumo de droga y delincuencia en el barrio San Nicolás en Soacha, donde construimos un parque con canchas múltiples y senderos”, anotó Acosta.

La zona de ronda en Mosquera, agobiada por un barrio de invasión, fue recuperada. Fotos: CAR. 

En toda la cuenca media, la CAR construye un Parque Lineal de 68 kilómetros que contará con senderos peatonales, embarcaderos para realizar navegación y puntos de avistamiento de aves, el cual será uno de los más largos de Latinoamérica.

El embarcadero de la calle 80 está casi listo, sitio donde instalamos una estatua de un sauce llorón, especie representativa de la sabana de Bogotá, elaborada con llaves y candados donados por la ciudadanía. Las obras de adecuación hidráulica son realizadas actualmente en 48 kilómetros de la cuenca alta”, complementó Acosta.

Con estas obras, las aves han regresado al río Bogotá. Más de 5.600 aves de 53 especies han sido registradas en la cuenca media, un ramillete que incluye tinguas como la bogotana, cercana a la extinción, rapaces, búhos y alcaravanes.

La tingua bogotana, una especie al borde de la extinción, ha sido vista en los humedales artificales del río Bogotá. Foto: Oswaldo Cortés, Fundación Humedales.

Dos salvavidas

El renacer del alma de la sabana tiene su principal motor en dos plantas de tratamiento de aguas residuales: Salitre y Canoas, megaobras que tratarán las aguas residuales que recibe el río Bogotá en su paso por la capital y Soacha.

La ampliación y optimización de la PTAR Salitre, encargada de tratar los vertimientos de los habitantes del norte y occidente de Bogotá, está cada vez más cerca. La obra, que tratará 605 millones de litros de agua diarios e impedirá que 450 toneladas mensuales de basura ingresen a colmatar el río, presenta un avance del 82,9 por ciento y entrará en funcionamiento en 2021.

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“Esta PTAR, que recibe 30 por ciento de los vertimientos de Bogotá, hará un tratamiento secundario por desinfección, que quitará basuras, sólidos, carga orgánica y desinfectará las aguas entre un 95 y 98 por ciento. Usará la tecnología de lodos activos con desinfección, lo que permitirá que el agua sirva para las actividades agropecuarias”, dijo Acosta.

En 31 hectáreas vecinas a la PTAR Salitre, la CAR construye un Parque Metropolitano que contará con zonas recreativas, senderos, canchas y áreas para la conservación ambiental.

En 2021 empezará a funcionar la ampliación de la PTAR Salitre, que tratará las descargas del norte y occidente de Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Por su parte, la PTAR Canoas, que será construida en el municipio de Soacha, realizará el saneamiento al 70 por ciento de los vertimientos que recibe el río Bogotá en su cuenca media, aportado por más de 7,3 millones de personas del sur de la ciudad y Soacha.

Con una inversión de 4,5 billones de pesos, aportados por la CAR, Gobernación de Cundinamarca y el Distrito Capital, Canoas tratará 16.000 litros de agua residual por segundo y generará 690 toneladas de biosólidos diarios.

Canoas será 2,2 veces más grande que Salitre. También contará con un tratamiento secundario por desinfección, con producción de lodos y generación de energía. Estimamos que las obras duren cinco años, hasta 2025, para empezar a funcionar totalmente hacia 2028”, informó Acosta.

Así será la futura PTAR Canoas, que saneará los vertimientos del sur de Bogotá y Soacha. Render: Empresa de Acueducto.

En seis años, cuando ambas plantas funcionen al mismo tiempo, se espera que el río Bogotá deje atrás su etiqueta de cloaca. Sus aguas podrían ser utilizadas para riego de cultivos y navegadas por embarcaciones turísticas.

Uno de los mayores beneficiarios del renacer del río será el embalse del Muña, ubicado en Sibaté, que utiliza las aguas del Bogotá para brindarle energía a 2,4 millones de bogotanos. Cuando Canoas y Salitre traten todas las aguas residuales, los olores nauseabundos de este sitio quedarán en el pasado.

Único lugar turístico

Luego de recibir los desechos de la capital y Soacha, el río Bogotá sigue su curso hacia la cuenca baja, 120 kilómetros que abarcan terrenos de 14 municipios de Cundinamarca como La Mesa, El Colegio, Viotá, Anapoima, Apulo, Tocaima, Agua de Dios, Ricaurte y Girardot.

Así luce el río Bogotá después de su paso fatídico por la capital del país. La cuenca baja recibe ese cuadro de contaminación. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Luce sin vida, lleno de espumas y olores insoportables. Pero al llegar al Salto del Tequendama, una caída de 157 metros de altura le inyecta algo de vida. Antes de este cañón biodiverso, el Bogotá tiene un grado de contaminación tipo 8, el peor de todos. La cascada le inyecta algo de oxígeno y disminuye a grado 7. 

El descenso del río es majestuoso. A pesar del olor, cientos de turistas visitan el sitio para contemplar el paisaje, degustar platos típicos como fritanga y arepas campesinas o recorrer la Casa Museo Salto del Tequendama, una casa colonial y antigua que en el pasado fue epicentro de reuniones de la aristocracia nacional.

La caída por el Salto del Tequendama le inyecta algo de oxígeno a las contaminadas aguas del río Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz. 

A inicios del siglo XX, este castillo era un antiguo hotel de 1.470 metros cuadrados llamado El Refugio del Salto, que hacía parte de la estación del Ferrocarril del Sur. Allí llegaban encopetadas mujeres vestidas con abrigos de pieles y trajes tejidos a mano, acompañadas de sus esposos de traje y sombrero negro, para hospedarse.

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En la década de los 50, el hotel se convirtió en un restaurante. Pero el incremento de la contaminación del río, sumado a cuentos de espantos y fantasmas, pusieron fin al negocio. A partir de los 80 quedó abandonado, hasta que en 2011, María Victoria Blanco, por medio de la Fundación Granja Ecológica El Porvenir, logró comprar el predio con aportes de la Unión Europea.

Reconstruimos el lugar y lo convertimos en un museo con fotografías de 1940 y figuras de la época antigua. Cerca de 400 turistas visitan la Casa Museo los fines de semana”, dice Blanco

Recientemente, el Ministerio de Ambiente designó al área de la cascada del Salto del Tequendama como patrimonio natural de Colombia, un terreno gobernado por bosques de selva andina con alta presencia de especies como oso perezoso, armadillo, murciélago frutero, zorro, ardilla, borugo, conejo de monte y soches. 

La Casa Museo Salto del Tequendama es visitada los fines de semana por 400 turistas. Foto: Javier Tobar. 

Huellas ancestrales

El río Bogotá sigue su curso por la cuenca baja con altos grados de contaminación, lo que evita que los pobladores utilicen sus aguas o interactúen con él. Sin embargo, en su tramo final sobreviven huellas de la épocas Precolombina, de la Conquista y la Colonia.

Este territorio fue habitado por los panches, indígenas guerreros que intercambiaban oro por sal con los muiscas. Entre las montañas, esta etnia abrió senderos que luego fueron empedrados por los españoles en la Conquista y recorridos por personajes como Gonzalo Jiménez de Quesada, Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander y el sabio botánico José Celestino Mutis.

Los caminos reales abundan por la cuenca baja del río Bogotá. Estas trochas fueron abiertas por los panches y luego empedradas por los españoles. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Aunque muchas de estas trochas desaparecieron con la llegada de las carreteras y desarrollos urbanos, algunas lograron sobrevivir y son protegidas y utilizadas para el ecoturismo. Ahora les llaman caminos reales, y están presentes en toda la cuenca; hay mínimo tres en cada municipio.

En Tocaima, por ejemplo, aún luce intacto un sendero que utilizó Simón Bolívar para reunirse con Francisco de Paula Santander. “Fue a finales de 1826. Por este camino real, construido por los panches, llegó Bolívar luego de liberar a los países del sur. Acá lo esperaba Santander para evitar un rompimiento total. En Tocaima firmaron un acuerdo histórico”, dice Miguel Ángel Rico, un historiador empírico.

El Puente de los Suspiros servía para ingresar a los enfermos con lepra en el lazareto de Agua de Dios. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Además de las trochas ancestrales, la cuenca baja cuenta con construcciones que evocan el pasado del país, como el Puente de los Suspiros de Agua de Dios, construido en 1862 sobre el río Bogotá para ingresar a los enfermos de lepra al lazareto, y el Museo Paleontológico y Arqueológico de Pubenza en Tocaima, donde hay fósiles de mastodontes de más de 15.000 años, tortugas y cocodrilos.

En uno de los caminos reales de La Mesa, aún están en pie la antigua hacienda Las Monjas, habitada en una época por el Presidente de la República Alfonso López Pumarejo, y la hacienda El Refugio, una de las mayores productoras de plátano bocadillo de exportación en la región. 

Anapoima, sitio de trueque entre los muiscas y panches, cuenta con tres caminos reales, Santa Ana, río Bogotá y las Delicias, que hoy son aprovechados por sus pobladores para realizar caminatas ecológicas con la historia del pueblo.

En Tocaima hay un museo con fósiles de mastodones de más de 15.000 años. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Hervidero de biodiversidad

La naturaleza se impone con fuerza en los territorios aledaños al río Bogotá en la cuenca baja. Lagunas místicas, bosques secos tropicales, cascadas y reservorios de fauna son tan solo unas muestras de su sobredosis biodiversa.

En las montañas de Tena está la laguna de Pedro Palo, un cuerpo de agua de 21,5 hectáreas bañado en mitos y leyendas por haber sido un sitio de pagamento para los muiscas, paso de la campaña libertadora y parte de la expedición Botánica.

La laguna de Pedro Palo en Tena es el cuerpo de agua más conservado de la cuenca baja del río Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Ocho reservas naturales de la sociedad civil protegen a la laguna, cuyos dueños evitan que los turistas lleguen a bañarse en sus aguas o adentrarse en su espesa vegetación.

Pedro Palo cuenta con 341 especies de aves y es hogar de osos perezosos, ñeques, lapas, cusumbos, osos de anteojos, cuchas y un tigrillo carmelito. Entre sus bosques hay cedro, amarillo, encenillo, caucho, aliso, laurel, yarumo, cucharo y nogal”, dice Roberto Sáenz, propietario de la reserva Tenasucá.

Cuevas donde habitan miles de murciélagos de 19 especies, son unos de los atractivos de la reserva Mana Dulce en Agua de Dios. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

En el caluroso municipio de Agua de Dios, Constanza Mendoza lleva 17 años protegiendo el bosque seco. Mana Dulce, una reserva natural, es un relicto de este ecosistema con 90 hectáreas repletas de árboles como ceibas y palmas, cuevas con 19 especies de murciélagos, un imponente mirador y senderos abiertos por los animales que pueden ser visitados por los amantes de la naturaleza.

Tenemos identificadas cerca de 220 especies de aves, en su mayoría endémicas. Al mes vienen en promedio 300 personas, quienes salen mojadas, llenas de barro, sudadas, pero felices después de vivir esta experiencia ambiental”, dice Constanza.

El bosque seco es uno de los ecosistemas más amenazados en Colombia. En Agua de Dios, una reserva natural se dedica a protegerlo. Foto: Jhon Barros.

El Parque Natural Chicaque, una mancha verde de 312 hectáreas incrustada en los bosques andinos de San Antonio del Tequendama, cuenta con 18 kilómetros de senderos empedrados, siete tipos de bosque, tres quebradas de aguas cristalinas y 3.000 especies vegetales y 200 de aves.

“Cada árbol de Chicaque es como un jardín botánico pequeño, lleno de helechos, musgos y bromelias. Los robles habitan en el bosque de niebla, uno de los más vulnerables a desaparecer en Colombia. Este sitio está abierto al público, cuenta con zonas de camping, un hostal ecológico y nidos en árboles con alturas superiores a los 25 metros de altura”, asegura Nelly Maldonado, ingeniera forestal del parque.

Centenares de turistas, amantes de la naturaleza, visitan cada semana el Parque Natural Chicaque. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

En Cachipay, Luis Neftalí Leguízamo es el gran defensor del río Bogotá. Todos lo llaman MacGyver, porque de joven tenía un enorme parecido con el protagonista de la serie norteamericana.

“Desde 2009 soy veedor del río Bogotá, es decir que denuncio los impactos que atenten contra ese río que tanto amo. Llevo cuatro años como primer guardabosque del municipio, la profesión más linda del mundo. Me encargo de sembrar conciencia ambiental entre los pobladores, les digo que no boten basura ni colillas al piso y que cuiden los árboles y ríos”.

MacGuiver es el defensor del río Bogotá en el municipio de Cachipay. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

La natureza reina

Luego de recorrer 380 kilómetros de Cundinamarca, el río Bogotá le entrega sus afectadas aguas al río Grande de la Magdalena en Girardot, un paisaje que contrasta por la contaminación hídrica y la majestuosidad de la biodiversidad.

Una tortuga chaparra saca su cabeza del agua en busca de un sitio donde pueda asolearse. En menos de un minuto ya está sobre el montículo y mira hacia el cielo. Encuentra cientos de aves sobrevolando a la espera de cazar algún pez.

El encuentro del Bogotá y el Magdalena está lleno de animales como tortugas charapas. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Garzas y patos entran y salen del agua con nicuros en los picos. En las orillas, otras charapas asolean sus caparazones. Una babilla está al acecho, pero prefiere darse un chapuzón. Los pescadores sacan sus anzuelos para atrapar bagres, bocachicos o mojarras. 

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Así es la unión de estos dos guerreros afectados por el hombre, una sobredosis de naturaleza entre los colores negros y carmelitos de ambos ríos. El Bogotá termina con un grado de contaminación tipo 7, es decir malo.

Las aves son las dueñas absolutas en la desembocadura del río Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Ninguno de los lancheros de Girardot toma el riesgo de meter embarcaciones por el río Bogotá. Aseguran que navegarlo es imposible por la carga de sedimentos y residuos. 

Cuando las PTAR Salitre y Canoas traten todos los vertimientos de la cuenca media, el alma de la sabana podría llegar a su tan anhelado renacer. Sin embargo, este hito necesita del apoyo incondicional de todos los ciudadanos, quienes deben dejar de darle la espalda.

Las aguas negras del río Bogotá podrían llegar a su fin en 2028, cuando las PTAR Canoas y Salitre traten los vertimientos de la capital del país. Foto: Jhon Barros.

Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.