Mientras Alexander von Humboldt recorría la parte alta del río Bogotá, la más fría y repleta de frailejones paramunos, que abarca municipios como Villapinzón, Chocontá, Suesca, Sesquilé y Guatavita, un pez con bigotes en las heladas aguas del río llamó poderosamente su atención. Corría el año 1805 y ningún extranjero se había percatado antes de su presencia. 

Se trataba de un pequeño bagre bigotón, piel gruesa, sin escamas, con la cabeza aplanada y cinco aletas distribuidas en un lánguido cuerpo de escasos 23 centímetros. Su color era verde oscuro y negro, con algunas pintas amarillas y blancas. Humboldt lo encontró tranquilo, como pasmado en las frías aguas del río que los muiscas habían bautizado como Funza, palabra chibcha que significa el gran varón.

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El expedicionario alemán tuvo una curiosa visión con el pez. Se le pareció al capitán de un barco solitario y abandonado que fluía en total calma por aguas mansas y cristalinas. Humboldt anotó en su diario de viaje el hallazgo y le puso como nombre Eremophilus, palabra que significa amante de la soledad, y mutissi como apellido, en honor a su amigo el botánico José Celestino Mutis.

Los bigotes y colores del cuerpo de este bagre llamaron la atención de Humboldt en sus expediciones por la cuenca alta del río Bogotá. Foto: Universidad Manuela Beltrán.

Pero la palabra Eremophilus mutissi no la entendía nadie. Por eso, Humboldt decidió darle un nombre más común para que todos lo entendieran y se lo imaginaran: el pez capitán de la sabana. Lo describió como una comida agradable, un animal consumido principalmente por los pobladores de la capital, en ese tiempo llamada Santa Fe, para la celebración de la cuaresma.

El encuentro de Humboldt con el pez de largos bigotes dejó una huella histórica. Luego de varios estudios, los científicos evidenciaron que este bagre es una especie endémica del río Bogotá, es decir que no habita en ninguna otra parte del planeta. Además, fue la primera especie de pez de agua dulce descrita científicamente en el país.

Los primeros 11 kilómetros del río Bogotá, en la zona rural de Villapinzón, eran el principal hábitat del capitán de la sabana. Foto: Universidad Manuela Beltrán.

Empieza su declive

Los reportes Humboldt, de hace 215 años, relataban que el pez capitán vivía tranquilo y en una soledad inamovible en el tramo alto del río Bogotá, un sitio con alturas entre los 2.500 y 3.100 metros sobre el nivel del mar y bajo temperaturas no mayores a los 18 grados centígrados.

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En esa época, su única amenaza era el consumo de los habitantes aledaños a las orillas del río Bogotá, un trayecto de aguas cristalinas y puras que dista del panorama de contaminación que hoy lo agobia. Pero esa actividad era insignificante: los pobladores no hacían una pesca depredadora y consideraban al pez como una insignia que debía respetarse. 

Vidal González, un hombre cercano a los 70 años de vida que trabaja como único guardabosque del páramo de Guacheneque en Villapinzón, donde nace el río Bogotá, recuerda que en su infancia y adolescencia el pez capitán abundaba por las veredas.

“El río Funza era muy caudaloso, lo que permitía que en sus aguas vivieran especies como el pez capitán. Mi mamá me mandaba a pescar con anzuelo, y yo regresaba con varios pescados. Abundaban por la zona. La última vez que lo ví fue hace como 40 años”, recuerda Vidal.

Vidal González tuvo la fortuna de conocer al pez capitán en todo su esplendor. Foto: Javier Tovar. 

Según el Programa Nacional para la Conservación del Pez Capitán, estudio publicado hace dos años y elaborado por el Ministerio de Ambiente, la Secretaría de Ambiente de Bogotá, la Universidad Manuela Beltrán, la Universidad Nacional y el Instituto Humboldt, el primer golpe contra el pez fue el traslado forzoso de muchos individuos a otros cuerpos lagunares.

Esa reintroducción inició a mediados del siglo XX, cuando varios peces capitanes fueron sacados del río para trasplantarlos en sitios como las lagunas de Tota, Fúquene y La Cocha (Nariño), y a otros cuerpos de agua fría en Ubaté, Chiquinquirá y Tundaza.

El pez capitán era la especie insignia del río Bogotá en su cuenca alta. Foto: Universidad Manuela Beltrán.

Este forzoso cambio de hogar no tenía la intención de aumentar la cantidad de peces capitanes o repoblar las lagunas. El propósito fue más bien macabro: alimentar a las truchas, una especie introducida y principal fuente de alimentación de los pobladores de estas áreas del país.

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“La presencia de especies exóticas como la trucha y la carpa en estas lagunas ha impactado considerablemente las poblaciones del capitán. Su poder reproductivo se ha visto disminuido en los lugares donde se reintrodujo. La trucha, carpa (roja, común y espejo), pez dorado y langostilla, consumen las ovas y alevinos del capitán y le transmiten enfermedades”, cita el Programa Nacional del Pez Capitán.

Más verdugos

En la actualidad no hay estudios poblacionales sobre la cantidad de individuos del pez capitán que sobrevive en la cuenca alta del río Bogotá. El libro rojo de peces de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y la resolución 1912 del Ministerio de Ambiente, lo catalogan como una especie en vulnerabilidad, al encontrarse aún en varios cuerpos lagunares.

Colombia aún no cuenta con un estudio sobre la posible población del pez capitán en el único tramo cristalino del río Bogotá. Foto: Universidad Manuela Beltrán. 

Además de su cambio de hogar y servirle de alimento a las truchas, el capitán con bigotes descubierto por Humboldt tiene más verdugos, como la transformación y degradación de su hábitat, la pérdida de cobertura vegetal en las rondas y bosques, la desecación, sedimentación y mal uso del recurso hídrico, y la contaminación del agua del río.

Las aguas que bañan al altiplano cundiboyacense están cargadas de fósforo, nitrógeno, amoniaco y coliformes, y tienen una alta demanda química de oxígeno, factores que han dejado a este bagre bigotón casi sin alimento. “La mala calidad del agua ha disminuido la fauna que le sirve de alimento el capitán, como crustáceos, moluscos, macroinvertebrados acuáticos y larvas de insectos”, cita el estudio.

El color verdoso de su cuerpo fue una de las características que le llamó la atención a Humboldt. Foto: Universidad Manuela Beltrán.

Hasta su tamaño ha mermado en los últimos años. Por ejemplo, en los individuos analizados en laguna de Fúquene, los expertos han encontrado peces maduros listos para procrear con 10 centímetros de largo, es decir menos de la mitad de su tamaño promedio.

En la laguna de Pedro Palo, ubicada en las montañas del municipio de Tena, varias de las reservas naturales que hay a su alrededor cuentan con criaderos de peces capitán.

Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.