De los 380 kilómetros que conforman el cuerpo del río Bogotá, tan solo 11 kilómetros cuentan con aguas puras y cristalinas, un trayecto rodeado de musgos, bromelias, encenillos, manos de oso, romeros y arrayanes que decoran las veredas del municipio de Villapinzón. En este lugar enclavado en una zona montañosa, los habitantes lo llaman río Funza, palabra de los muiscas que significa el gran varón.

Los químicos que le arrojan los curtidores de Villapinzón y Chocontá, y las aguas residuales de los habitantes de estos dos municipios, transforman drásticamente el aspecto del río. La calidad de sus aguas pasa de tipo 1 (el mejor) a 3, indicadores que siguen deteriorándose mientras fluye cauteloso por los municipios de la cuenca alta.

Tan solo 11 kilómetros tiene el río Bogotá con aguas puras y cristalinas. Los químicos que le arrojan los curtidores de Villapinzón y Chocontá, y las aguas residuales de los habitantes de estos dos municipios, transforman drásticamente el aspecto del río. Foto: Nicolás Acevedo.

Luego de serpentear por los municipios de la sabana, el río sigue recibiendo golpes que afectan su calidad hídrica. Vertimientos industriales y domiciliarios, fertilizantes de los cultivos y el exceso de ganado en su zona de ronda, hacen que el grado de contaminación alcance el tipo 5, es decir regular.

A pesar de los impactos y heridas causados por los habitantes de su primer tramo, el río Bogotá sigue con vida. Más de 30 especies de aves, como tinguas moteada, pico rojo y azul, pato canadiense, ibis negra, pato andino y búho orejudo, abundan por su cauce.

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Pero al ingresar a la cuenca media, un trayecto de 90 kilómetros que abarca terrenos de 10 municipios de Cundinamarca y Bogotá, su agonía llega al tope. Las descargas domésticas e industrias que fluyen por los tres ríos urbanos que atraviesan la capital del país, Fucha, Tunjuelo y Salitre, le inyectan una sobredosis de contaminación que lo transforman en una nata negra y densa.

Según la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB), el río Bogotá recibe a diario 690 toneladas de carga contaminante, entre vertimientos, basuras, grasas y arenas, impactos propiciados por los más de nueve millones de habitantes de Soacha y la capital. Sus aguas alcanzan el mayor grado de contaminación, tipo 8, una estampa de olores nauseabundos que le dan la etiqueta de cloaca. En este punto, el río ya no es visto como un río, sino como el sitio a donde llegan los desperdicios.

Primera transformación

El primer paso para el renacer del río Bogotá es subsanar todos los impactos generados por los habitantes de la cuenca media, es decir los vertimientos, basuras y podredumbre que le inyectan los ríos urbanos de la capital del país.

Entre 2010 y 2011, el fenómeno de la Niña dejó a Colombia bajo el agua. El aumento de las lluvias, superior al 170 por ciento, arrojó tres millones de personas damnificadas. Foto: Nicolás Acevedo.

Pero antes de desinfectar sus aguas, el río tenía que ser sometido a una serie de operaciones para que recuperara las áreas de amortiguación y meandros perdidos desde mediados del siglo XX, cuando por el afán de urbanizar sus zonas de ronda fue alineado. Ese cambio en la dinámica de su cauce causaba que desbordara con furia sus aguas en las épocas de lluvia.

Entre 2010 y 2011, el fenómeno de la Niña dejó a Colombia bajo el agua. El aumento de las lluvias, superior al 170 por ciento, arrojó tres millones de personas damnificadas, cerca de 3,6 millones de hectáreas inundadas, 874.000 viviendas afectadas y pérdidas económicas superiores a los 11,2 billones de pesos.

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Las cuencas alta y media del río Bogotá no fueron ajenas a esta tragedia: más de 30.000 personas, su mayoría residentes de los municipios de Chía, Cajicá, Villapinzón, Cota, Funza, Suesca, Mosquera y Soacha, y la ciudad de Bogotá, se vieron perjudicadas por la inundación de 4.000 hectáreas.

El río Bogotá regó sus aguas por los terrenos que le habían robado desde el siglo pasado, una emergencia que llevó a la Corporación Autónoma Regional (CAR) a tomar medidas para evitar futuras inundaciones, obras que se convirtieron en el primer paso para su recuperación.

Con la compra de predios, la CAR destinó 230 hectáreas para áreas de humedales y meandros, zonas de recarga que hoy en día son hervideros de biodiversidad nativa. Foto: Nicolás Acevedo.

Entre 2012 y 2016, con una inversión por parte del Banco Mundial de más de 200.000 millones de pesos, 68 kilómetros del río en la cuenca media fueron sometidos a una adecuación hidráulica por parte de la CAR, obras que arrojaron el retiro de ocho millones de metros cúbicos de residuos del lecho, la ampliación del cauce de 30 a 60 metros y la duplicación de la capacidad de transporte de 100 a 200 metros cúbicos por segundo.

Con la compra de predios, la CAR destinó 230 hectáreas para áreas de humedales y meandros, zonas de recarga que hoy en día son hervideros de biodiversidad nativa. A pesar de las fuertes temporadas de lluvias, la sabana no se ha vuelto a inundar.

Vuelven las aves

Aunque las aguas del río Bogotá en la cuenca media siguen contaminadas por la falta de conciencia de sus habitantes, las obras de adecuación hidráulica y la siembra de 120.000 árboles nativos, le cambiaron un poco su aspecto.

Con el retiro de los ocho millones de metros cúbicos de residuos, como muebles, chasises de carros y motos, neveras, computadores y hasta cadáveres que, dormitaban en el lecho del río desde hace varias décadas, las aguas del río empezaron a moverse. “Antes lucía quieto y estático. Ahora adquirió un mejor movimiento, y aunque la contaminación es la misma, los olores mermaron”, dijo Aníbal Acosta, director del Fondo para las Inversiones Ambientales de la cuenca del río Bogotá de la CAR.

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Esto, sumado a los siete humedales artificiales construidos a lo largo de la cuenca media, ha causado que especies de aves como la tingua bogotana, monjita y alcaravanes, regresen a dominar la zona.

En 2013, un estudio de la CAR y la Asociación Colombiana de Ornitología (ABO) arrojó que en los 68 kilómetros intervenidos hacían presencia 53 especies de aves, número que según la entidad va en ascenso desde la terminación de las obras

Aves como la tingua moteada han regresado a volar por Bogotá, luego de las obras de amortiguación adelantadas por la CAR en la cuenca media. Foto: Fundación Humedales.

“Desde 2016, cuando terminó la adecuación hidráulica, realizamos monitoreos de aves en la zona. Hemos encontrado incrementos de varias especies como la garza azul y gavilán maromero, además de otras especies en peligro de extinción como las monjitas y la tingua bogotana”, informó Alejandro Torres, biólogo de la CAR.

Descontaminación, cada vez más cerca

Hace más de 30 años, un predio de 95 hectáreas en el noroccidente de la ciudad, cerca del río Bogotá, fue rellenado con más de 1,5 millones de metros cúbicos de toda clase de residuos inertes y basuras. Era un botadero a cielo abierto conocido como El Cortijo.

En 2017 empezó la remoción de ese material para iniciar la primera megaobra que busca cambiarle la cara a las aguas del río Bogotá en la cuenca media, epicentro del 90 por ciento de la contaminación que recibe el afluente más importante de la sabana.

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Se trata de la ampliación de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) Salitre, obra con una inversión de 450 millones de dólares por parte de la CAR y el Banco Mundial. Esta infraestructura tratará siete metros cúbicos de agua residual por segundo, aportados por los habitantes del norte y centro de Bogotá, e impedirá que 450 toneladas mensuales de basura ingresen al río. Empezará a funcionar en 2021.

“La primera PTAR Salitre, que inició operaciones en 2000, no tiene la capacidad de tratar esta cantidad de aguas residuales. Además, solo realiza un tratamiento primario. Con su ampliación, Salitre pasará a tener un tratamiento secundario por desinfección, que quitará basuras, sólidos en suspensión, carga orgánica y desinfectará las aguas entre un 95 y 98 por ciento. Esto permitirá que el agua sirva para las actividades agropecuarias”, afirmó Acosta.

La Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) Salitre, obra con una inversión de 450 millones de dólares por parte de la CAR y el Banco Mundial. Impedirá que 450 toneladas mensuales de basura ingresen al río. Empezará a funcionar en 2021. Foto: Nicolás Acevedo.

Sin un salvavidas que desinfecte las aguas residuales de los 7,3 millones de personas que viven en el sur de Bogotá y Soacha, el esfuerzo de la PTAR Salitre sería en vano. La buena nueva es que el año pasado, la CAR, la Alcaldía de Bogotá a través de la EAAB y la Gobernación de Cundinamarca, lograron el cierre financiero para la construcción de la PTAR Canoas, megaproyecto con una inversión de 4,5 billones de pesos.

Canoas, que se espera entre en funcionamiento hacia 2028, estará ubicada en Soacha y tratará 16 metros cúbicos de agua residual por segundo. “Contará con un tratamiento secundario por desinfección y se convertirá en la quinta PTAR más grande de América Latina”, señaló Acosta.

Ríos y humedales en cuidados intensivos

Fucha, Tunjuelo y Salitre le entregan sus aguas al río Bogotá en un estado lamentable. Son los principales protagonistas de que 77 por ciento de la cuenca media tenga un índice de calidad de agua malo. 

Aguas residuales domésticas e industriales, vertimientos con químicos y hasta productos de minería ilegal, son las principales razones por las que estos cuerpos de agua capitalinos lucen moribundos. Todo indica que hacia 2028, cuando PTAR Canoas y Salitre funcionen al mismo tiempo, estos impactos mermarán.

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Según el Observatorio Ambiental de la Secretaría Distrital de Ambiente (SDA), en 2019 los tres ríos urbanos le inyectaron al Bogotá 118.561 toneladas de sólidos suspendidos totales: 13.035 del río Salitre, 66.101 toneladas de Tunjuelo y 38.847 toneladas del Fucha.

El indicador WQI evalúa la calidad del agua en varias categorías que van de 0 a 100. Están agrupadas de la siguiente manera: excelente (entre 100 y 95), buena (94 y 80), aceptable (79 y 65), marginal (64 y 45) y pobre (44 y 0).

El año pasado, los tramos finales de los tres ríos urbanos, es decir cuando desembocan sus aguas en el Bogotá, arrojaron índices de calidad marginales y pobres: Salitre (45: marginal), Tunjuelo (45: marginal) y Fucha (44 - pobre).

Según el Observatorio Ambiental de la Secretaría Distrital de Ambiente (SDA), en 2019 los tres ríos urbanos le inyectaron al Bogotá 118.561 toneladas de sólidos. Foto: Nicolás Acevedo.

La contaminación y las agresiones por parte de la población no solo afectan a estos ríos. Los humedales también han sucumbido por el acelerado crecimiento de la ciudad y la proliferación de basuras y vertimientos.

La Fundación Humedales Bogotá, que desde el año 2012 denuncia los atentados contra estos reservorios de agua y biodiversidad de la cuenca media del río Bogotá, asegura que de los 15 humedales declarados como parques distritales en Bogotá, cinco están en saldos rojos por su lamentable estado.

Se trata de Meandro del Say, Techo, Tibanica, Tunjo y La Isla, cuerpos de agua que presentan serios impactos. Unos padecen por vertimientos y falta de cauce natural y otros son atacados por incendios forestales y basuras.

Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.