Una tortuga charapa saca su pequeña cabeza del agua. Pone la mirada sobre una roca y decide nadar hasta un montículo. Se hunde en medio de una acuarela líquida de tonos cafés, grises y negros y desaparece por algunos segundos. De la nada vuelve a salir a la superficie y monta su caparazón en la piedra.

Los rayos del sol, con temperaturas superiores a los 27 grados centígrados, secan rápidamente las gotas de su cuerpo. Eleva su mirada hacia un cielo pintado de azul gobernado por centenares de aves con plumas blancas y negras que se lanzan como misiles contra el agua en busca de alimento.

Las tortugas charapas abundan en la desembocadura del río Bogotá en Girardot. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Una esbelta garza blanca corre con suerte. Del agua saca un nicuro y lo aprieta con fuerza en su pico. Acelera el vuelo hacia una de las orillas y se traga el pez sin esfuerzo. Una babilla camuflada entre la vegetación la observa con malas intenciones. El instinto del ave advierte la presencia del reptil y sale disparada hacia el horizonte, mientras la babilla se pierde entre los arbustos.

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Decenas de pescadores en chalupas recorren la zona. Cada cinco minutos lanzan sus atarrayas y anzuelos con el propósito de atrapar bagres, nicuros, capaces, bocachicos y mojarras. No todos salen victoriosos, por lo cual sumergen sus cuerpos en el agua para sentir el movimiento de los peces en sus piernas.

El encuentro de los ríos Bogotá y Magdalena está gobernado por esbeltas aves y diversidad de peces. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

A simple vista, este cuento biodiverso podría estar ubicado en medio de un río de aguas cristalinas rodeado por bosques popochos. Pero no lo es. Se trata del encuentro de dos titanes hídricos que han recibido certeros golpes y heridas por parte de la población humana: el río Bogotá y el río Grande de la Magdalena, entre los municipios de Girardot y Ricaurte.

En este lugar, el río Bogotá termina su recorrido de 380 kilómetros por el departamento de Cundinamarca, un trayecto en el que recibe descargas residuales e industriales, basuras, escombros, grasas y hasta cuerpos sin vida. También es víctima del desprecio y rechazo de los cerca de 12 millones de habitantes que habitan en su cuenca hidrográfica. 

Las aguas carmelitas del Magdalena se funden con las negras del río Bogotá en Girardot. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Según la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), el río Bogotá, bautizado por los muiscas como el gran varón o el alma de la sabana, termina su trayecto con un grado de contaminación tipo 7, es decir malo.

El Magdalena, por su parte, llega a este punto con certeros impactos de las hidroeléctricas en Huila y los vertimientos tóxicos de los ciudadanos, en especial en Neiva, el centro más poblado en su primer tramo.

Un corcomán se da un chapuzón cerca al encuentro del río Bogotá con el Magdalena. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Este atípico panorama que, mezcla biodiversidad con contaminación, es el común denominador de la cuenca baja del río Bogotá, territorio que abarca 15 municipios cundinamarqueses en donde el afluente zigzaguea calmado y denso por 120 kilómetros. 

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Los habitantes de San Antonio del Tequendama, Tena, Cachipay, Anolaima, Quipile, La Mesa, El Colegio, Viotá, Chipaque, Anapoima, Apulo, Tocaima, Agua de Dios, Ricaurte y Girardot, poco interactúan con el río: la contaminación, heredada en su paso por Bogotá y Soacha, se los impide. 

Pero las zonas aledañas al cuerpo de agua guardan paraísos biodiversos intactos y defendidos por algunos pobladores, ángeles guardianes con corazón y alma en el río Bogotá.

Las aves son las dueñas absolutas de la desembocadura del río Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Los primeros tesoros

El Salto del Tequendama, un cañón de 157 metros de altura bañado por los tonos verdes del bosque andino y el blanco perpetuo de la neblina, es el único sitio netamente turístico de la cuenca del Bogotá que tiene al río como protagonista.

Aunque el olor se torna insoportable por todas las desgracias recibidas en la cuenca media, centenares de turistas llegan todos los fines de semana para contemplar la caída del río Bogotá, una fotografía que enamoró a Alexander von Humboldt, José Celestino Mutis y Agustín Codazzi, o para conocer la historia del sitio en la Casa Museo Salto del Tequendama.

La caída del río Bogotá por el Salto del Tequendama es visitada por centenares de turistas. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

De acuerdo con la CAR, el Salto del Tequendama le inyecta un poco de vida al agobiado río. Antes de su descenso, el nivel de contaminación está en su punto más álgido, tipo 8, pero un proceso de oxigenación natural y el cambio de energía potencial, lo revive un poco. 

Las zonas aledañas al Salto están gobernadas por bosques de selva andina entre los 2.400 y 3.500 metros sobre el nivel del mar, donde abundan quiches, orquídeas, encenillos, cedrillos, gaques, yarumos, nogales, robles, quinas y manos de oso, hogares de cuchas, osos perezoso, murciélagos, zorros, gavilanes, colibríes y lechuzas.

En San Antonio del Tequendama, primer municipio de la cuenca baja, también está el Parque Natural Chicaque, 312 hectáreas verdosas con 18 kilómetros de senderos empedrados en el pasado y tres quebradas que bajan desde lo alto de una montaña (La Playa, Chicaque y Vélez), las cuales desembocan en el río Bogotá.

Turistas visitan a diario al Parque Natural Chicaque, uno de los primeros tesoros de la cuenca baja. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Chicaque alberga siete tipos de bosque distintos, más de 3.000 especies vegetales y 200 de aves. El bosque de robles, un sendero de 2,5 kilómetros, cuenta con árboles de hasta 30 metros de altura con 300 años cubiertos por helechos, musgos y bromelias. 

Tena, la joya biodiversa

La laguna de Pedro Palo, incrustada en las montañas del municipio de Tena, podría catalogarse como la joya de la corona en términos de biodiversidad en la cuenca baja del río Bogotá

Este cuerpo lagunar con 21,5 hectáreas de espejo de agua enclavada en los bosques de niebla, fue un sitio de adoración de los muiscas. Hoy en día siguen vivas leyendas como que debe su nombre a los jesuitas, cuando Pedro, uno de los sacerdotes, cayó a las aguas congeladas de la laguna, pero su sotana quedó atrapada en un palo. 

Pedro Palo está bañada por varias leyendas que datan desde la época de los muiscas. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

También fue paso de la campaña libertadora de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander y parte de la expedición botánica de José Celestino Mutis, sabio que allí descubrió varias especies de quinas.

Las aguas verdes de Pedro Palo no pueden ser perturbadas. Desde 1998 la CAR cerró al público el sitio y le ordenó a los habitantes sembrar árboles nativos en los 50 metros que rodeaban el espejo de agua. 

Los dueños de ocho Reservas Naturales de la Sociedad Civil que hay alrededor de la laguna, Poza Mansa, Tenasucá, La Cabaña, La Finca, Hostal, Kilimanjaro, La Granja y Altos de Pedro Palo, son sus guardianes. La zona cuenta con 341 especies de aves y es hogar de osos perezosos, ñeques, lapas, cusumbos, osos de anteojos, cuchas y un tigrillo carmelito. 

La cascada El Tambo en Tena está libre de vertimientos y basuras. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz. 

En la vereda Cátiva de Tena, un camino real abierto por los muiscas conduce hacia las reservas naturales El Tambo y Rosa Blanca, 65 hectáreas repletas de cascadas, densos bosques y animales nativos.

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La cascada El Tambo, una caída de agua de más de 40 metros de altura, sirve para abastecer de agua a La Mesa y varias veredas de Tena y Anapoima. 

Desde 2017, la CAR y la Alcaldía de Tena trabajan en un proyecto de reforestación y cerramiento de la reserva El Tambo, donde la meta es sembrar 17.760 árboles nativos.

Las montañas de Tena, uno de los municipios de la cuenca baja del río Bogotá, están bañadas de cascadas y riachuelos. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Bosques secos y cascadas legendarias

En Agua de Dios, uno de los municipios más calurosos de la cuenca baja, sobrevive uno de los pocos relictos de bosque seco que hay en el país, un ecosistema que, según el Instituto Humboldt, ya perdió cerca de 90 por ciento de sus hectáreas.

La reserva natural Mana Dulce, palabra que significa donde brota el agua, es un colchón de diversos colores con 90 hectáreas repletas de árboles del bosque seco como ceibas y palmas de más de 150 años y 30 metros de altura.

El bosque seco, ecosistema casi extinto en Colombia, sobrevive en una reserva natural de Agua de Dios. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Este pulmón de Agua de Dios cuenta con un nacedero natural con 200 años de vida, el tercer puente en piedra natural construido en Colombia, una cueva donde habitan 19 especies de murciélagos y un mirador con una panorámica del bosque.

Mana Dulce es un epicentro de las aves. Hay más de 220 especies registradas, su mayoría endémicas como el tochecito. Estudiantes de varias universidades visitan la reserva para hacer investigaciones y tesis. 

19 especies de murciélagos habitan en las cuevas de Mana Dulce. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

En el municipio de La Mesa sobreviven cinco caminos reales abiertos por los indígenas panches. Las Monjas es el más visitado por los habitantes, una trocha empedrada que los lleva a una cascada de aguas cristalinas por donde baja el río Apulo.

A pocos minutos de trayecto, el cual empieza en la vieja estación del ferrocarril de la Esperanza, aparece una imponente casa carcomida por la vegetación y los años: la antigua Hacienda Las Monjas, habitada en una época por el Presidente de la República Alfonso López Pumarejo.

La biodiversidad manifesta su belleza en la cuenca baja del río Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Luego de un poco menos de una hora de camino, donde aparecen mariposas revoloteando y hasta serpientes en las ramas de los árboles, se impone con fuerza el Salto de las Monjas, la cascada de aguas cristalinas que cae desde una altura de 35 metros.

El sitio, de 10 hectáreas, camufla entre su vegetación a animales como armadillos, serpientes, sapos, colibríes, faras, zorrillos y ñeques. Según dicen los habitantes más antiguos, debe su nombre a que hace muchos años, las monjas de un convento se bañaban en sus aguas.


El río Apulo, antes de verse afectado por vertimientos y basuras, fluye critalino por la cascada de las Monjas. Foto: Jhon Barros.

Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.