Desde las primeras horas de la mañana, los habitantes de localidades como Chapinero y Usaquén, cerca de los cerros orientales, observan con claridad la densa nata gris que cubre a Bogotá por las bocanadas de humo emitidas por el transporte y las industrias capitalinas.

Sólo en los cinco meses de la cuarentena obligatoria por la pandemia del coronavirus, los bogotanos pudieron gozar de un ambiente menos polucionado por la disminución de los vehículos y el cierre temporal de los establecimientos. La nata desapareció totalmente en la mayoría de los días del confinamiento.

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Según la Secretaría Distrital de Ambiente (SDA), en la cuarentena la capital respiró un aire más limpio al disminuir en un 44 por ciento las concentraciones de material particulado de 10 y 2,5 micras, contaminante catalogado como el principal protagonista en las enfermedades respiratorias.

La contaminación del aire es una de las mayores problemáticas ambientales en Bogotá. Foto: Guillermo Torres (Semana). 

Durante los primeros días de la nueva normalidad en Bogotá, las estaciones de la Red de Monitoreo de Calidad del Aire han reportado un panorama favorable para la ciudad, al registrar niveles moderados y favorables.

Sin embargo, algunos ciudadanos ya han registrado una degradación en la calidad del aire bogotano. “Hoy no fue posible ver al occidente. Esa inmensa nube gris no lo permitió. ¿Contaminación? ¿Volvimos a lo mismo?”, dijo Maribel Torres en sus redes sociales.

Con la reactivación progresiva de los diferentes sectores productivos en la capital, lo más probable es que la nata de smog vuelva a cubrir la capital, una hecatombe ambiental que la Administración Distrital está dispuesta a combatir pero con la colaboración de la ciudadanía.

Los ciudadanos han reportado imágenes de la nata de smog en Bogotá durante los últimos días. Foto: Maribel Torres. 

“Mejorar la calidad del aire es un desafío que enfrentan todos los países del mundo. Este tema no tiene fronteras y Colombia no es ajena al reto de la humanidad. La crisis global de la covid-19 nos ha demostrado que sí es posible gozar de cielos azules y respirar un aire limpio. Para lograrlo, las grandes ciudades debemos unir esfuerzos para alcanzar la sostenibilidad ambiental”, dijo la secretaria de Ambiente Carolina Urrutia.

Una de las metas del Plan de Desarrollo 2020-2024 consiste en reducir en un 10 por ciento la concentración de material particulado de 10 y 2,5 micras durante los próximos cuatro años, una odisea que cuenta con una inversión cercana a los 30.000 millones de pesos.

¿Cómo lo hará?

Bogotá es una ciudad con más de ocho millones de habitantes y un amplio parque automotor e industrial que utiliza combustibles fósiles para su funcionamiento y sus procesos de producción. Las fuentes fijas y móviles son las protagonistas indiscutibles de la población bogotana.

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“De aquí parte la importancia de la gobernanza y la definición de la calidad del aire como una política pública que a todos nos afecta y beneficia. Por eso, la administración ya trabaja en la formulación e implementación del Plan de Gestión Integral de la Calidad del Aire de Bogotá 2030, una línea de acción que permitirá que la ciudad cumpla con el objetivo de ser carbono neutral en 2050”, dijo Urrutia.

La ciudadanía cumple un rol fundamental para lograr mejorar la calidad del aire. Foto: Guillermo Torres (Semana).

Además, según la secretaria de Ambiente, a través de la articulación del Plan de Acción Climática y de las políticas de planeación urbana se podrá dar cumplimiento a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud en materia de concentraciones atmosféricas.

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“Hace unos pocos días, Bogotá firmó dos declaratorias en el marco del C40: la primera por un aire limpio, donde se comprometió a establecer todas las medidas necesarias que permitan mejorar su calidad del aire; y la segunda, por calles libres de combustibles fósiles, para que las nuevas adquisiciones de cualquier medio de transporte sean cero emisiones”. 

Según Urrutia, la ciudad está renovando la flota de TransMilenio. “Durante los últimos dos meses ingresaron 130 buses biarticulados nuevos con motores a gas natural vehicular, que completan el 93 por ciento de renovación de esta flota que produce 95 por ciento menos emisiones de material particulado”. 

Las mañanas bogotanas están volviendo a registrar la densa nata gris. Fotos: Maribel Torres.

A Bogotá también llegarán 320 buses a gas y 477 eléctricos al sistema zonal, “para completar así el proceso de renovación de la flota y la transición a combustibles más sostenibles. La ciudad avanzará para convertirse en un área metropolitana incluyente, moderna y sostenible, que utilice tecnologías limpias e incentive el uso de medios de transporte alternativos como la bicicleta, en la que se hacen cerca de 880.000 viajes al día, antes de la pandemia”, indicó Urrutia.

La capital del país es la ciudad de América Latina con la red más extensa de carriles exclusivos para bicicleta: 551 kilómetros. Para incentivar aún más el uso de este medio de transporte, la Administración Distrital construirá 280 kilómetros de ciclorrutas nuevos.

Lucha contra el cambio climático

Otras de las metas de la Alcaldía de Bogotá es lograr una reducción de por lo menos 15 por ciento en la emisión de gases efecto invernadero para 2024, desarrollar un programa para la gestión de las emisiones del transporte urbano de carga y la creación de un plan de intervención de la zona industrial. 

“Esta gobernanza del aire incluye el compromiso de todos los sectores, es decir productivos, academia y la ciudadanía en general. El mundo está cambiando y exige tomar decisiones excepcionales. Es el momento de generar un cambio en nuestros hábitos para afrontar la crisis climática, con un enfoque sostenible en el que se tengan en cuenta los aspectos ambientales, sociales y económicos”, expresó Urrutia.

 Durante la cuarentena, Bogotá disminuyó su contaminación del aire en un 44 por ciento. Foto: SDA.

La funcionaria precisó que la ciudad no cambia cada cuatro años con los gobiernos. “Cambia el compromiso y los deseos de transformación que adquieren las personas que día a día exigen un nuevo aire cultural, social, económico y ambiental”. 

Urrutia concluyó que la contaminación del aire es una amenaza para la salud, por lo que es fundamental tomar acciones para que las personas, en especial las poblaciones vulnerables, no padezcan de enfermedades respiratorias. 

Reducir la trágica cifra de las 2.000 personas que mueren anualmente por condiciones relacionadas con la mala calidad del aire es una meta ambiciosa, pero absolutamente prioritaria. Lograrlo requiere del compromiso y la corresponsabilidad de todos, además del trabajo articulado de los gobiernos”.