Una maravilla natural, arquitectónica y cultural. Así podría definirse a groso modo el Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete, un tapete de selva de más de 4,2 millones de hectáreas ubicado en las entrañas del Guaviare y Caquetá y decorado por tepuyes o archipiélagos de roca que parecen suspendidos en el aire, unos pintados con figuras rupestres por pueblos indígenas ya extintos hace más de 20.000 años.

Las últimas expediciones realizadas entre 2016 y 2017 arrojaron los primeros registros biológicos para una zona que no contaba con alguna evidencia por parte de los científicos: 4.854 ejemplares de animales y plantas, de 1.676 especies, fueron encontrados en Chiribiquete, de las cuales 57 jamás habían sido vistas en el territorio nacional.


Foto: Fernando Trujillo.

Sin embargo, estos hallazgos son apenas la punta de lanza del potencial que puede esconder la Maloca del Jaguar, ya que más de la mitad sigue virgen, sin estudiar y sin la pisada de algún foráneo. Esto indica que es un hervidero de biodiversidad escondido, además de un misterio en cuanto a sus posibles pobladores. Científicos mencionan que en su corazón habitan pueblos indígenas en aislamiento voluntario, como carijonas, huitotos y urumis.

El signo de interrogación sobre la diversidad biológica y ancestral que acompaña a Chiribiquete podría quedar sin respuesta. La deforestación lo tiene en la mira y avanza sin freno, en 2018 perdió más de 1.000 hectáreas de bosque y una carretera con más de 75 kilómetros ya serpentea por su sector noroccidental. Todo justo después de la declaración de la ONU como Patrimonio de la Humanidad y ampliación de 1,4 millones de hectáreas.

Veinte expediciones

Gonzalo Andrade Correa, director del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia y magíster en biología, es uno de los pocos que lo ha visitado. Puso su primer paso en Chiribiquete en 1992 y a la fecha ya suma más de 20 expediciones por la zona. Fue uno de los expertos que hace dos años estudió el área para lograr su ampliación, experiencia que lo convierte en uno de sus grandes y a la vez escasos conocedores.

Ha acampado en sus tepuyes, dormido encima de las rocas milenarias, bebido el agua de sus ríos, recorrido sus selvas tupidas y contemplado las estrellas en su máximo esplendor. La última vez que estuvo en el área protegida fue en octubre de 2017, fecha en la que ya habían huellas y evidencias de que algo o alguien estaba alimentándose de sus bosques.

Gonzalo Andrade, Director del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional.

“En 2015, entre San José del Guaviare y la zona de amortiguación del Parque Natural, habían 25 minutos en avioneta con potreros, vacas y parches pelados. A finales de 2017 ese tiempo ya superaba los 40 minutos, es decir que su zona boscosa había disminuido de forma alarmante. En los últimos sobrevuelos que realicé ya había sitios abiertos entre la selva, pero la carretera, construida en épocas de las FARC, seguía escondida. Hoy en día el panorama es crítico”, apunta el experto.

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Andrade alerta que la deforestación en Chiribiquete es un atentado contra la vida misma. “Los animales dependen de las plantas. Si acabamos con la vegetación en el Parque van a desaparecer especies de la fauna que aún no conocemos. Hoy en día no sabemos a ciencia cierta qué hay allá en términos de biodiversidad y de cultura, ya que en más de la mitad del Parque no se han realizado muestreos. Deforestarlo es ponerle fin a un tesoro planetario”.

Sobredosis de vida

El biólogo, que ha trabajado en entidades ambientales como Ministerio de Ambiente, Instituto Sinchi e Instituto Humboldt, ha sido testigo de la riqueza desmesurada que guarda el inexplorado Chiribiquete.

En los tepuyes encontró que a cortas distancias, de no más de siete kilómetros, la vida es totalmente distinta. “En puntos no tan lejanos encontramos diferentes especies de mariposas, aves, murciélagos y anfibios, además de plantas, muchas de las cuales son endémicas. Incluso en canto de los pájaros cambia. En Chiribiquete nada se repite”.

También ubicó especies de aves, murciélagos y mariposas de la región Andina volando con otras amazónicas en las islas de roca. “Eso nunca lo había visto: especies con registros únicamente en los territorios andinos habitando en una zona amazónica. Esto indica que podría tratarse de un centro de diversificación y origen de especies, es decir que desde ahí salen los animales hacia el resto del país. En pocas palabras el origen de la vida”.

Este Parque Natural es más frágil que una porcelana de cristal. En sus expediciones, este boyacense de 55 años y los demás científicos tuvieron que ingeniárselas para instalar las carpas en lo alto de los tepuyes, ya que no podían amarrar las cuerdas a los árboles, pues parecen colgados de un hilo. “Están cogidos de nada, todo es roca con arena de granito, la capa de suelo es sumamente delgada. Cuando llegaba el helicóptero, las carpas salían volando. Nos tocó llevar taladro para ubicarlas en la roca”.

Ver cómo las motosierras amenazan con convertir esta joya en un potrero es para Andrade un crimen planetario. “De las expediciones de hace dos años aún tengo más de 50 especies de mariposas nuevas aún sin describir. Eso es solo un botón de lo que puede albergar. Inclusive hay grandes mamíferos. En la última visita nos sorprendió un jaguar. Apareció entre el bosque mientras Carlos Castaño Uribe cepillaba sus dientes. Estaba agachado e inmediatamente se puso de pie para mostrarle superioridad al felino. Cruzaron miradas y luego volvió al monte”.

Foto: Fernando Trujillo

Recuerda una anécdota que demuestra lo impredecible y mágico que puede ser este sitio. En febrero de 2017, en una de las expediciones, instalaron 40 cámaras trampas para registrar especies. “La comisión regresó a los cuatro meses y la zona estaba inundada, ni el helicóptero pudo bajar a la zona. A los siete meses volvimos y todo seguía bajo el agua. En mayo del año pasado por fin ingresamos, pero todas las cámaras estaban dañadas. Sin embargo, las memorias se salvaron, con videos y fotos espectaculares”.

Maloca del conocimiento

Encontrar a los pueblos indígenas en aislamiento nunca fue uno de los propósitos de las expediciones científicas. Pero sí arrojaron pequeños indicios de que están allí. Al sobrevolar la zona, Andrade divisió pequeñas chagras en la selva, que para él indican su presencia.

En tierra, el experto encontró pictogramas pintados recientemente, una evidencia de que Chiribiquete es un sitio de pagamento para las comunidades étnicas, y no solo colombianas, sino al parecer de pueblos de otras partes de Sudamérica que vienen a hacer sus pagamentos. “Es una maloca del conocimiento”.

Tiene una fotografía que podría catalogarse como una joya invaluable. “Le tomé una foto a uno de los pictogramas: la huella de una mano, muy rara y diferente a las demás. Tiene los dedos sumamente largos, casi todos del mismo tamaño y como si nacieran desde la muñeca. Es una rareza. La encontré cuando bajaba por un tepuy colgado de una cuerda”.

“La línea ecuatorial y el paralelo cero pasan por Chiribiquete”, apunta. “Tiene unas condiciones ambientales y latitudinales que lo convierten en un sitio particular, un lugar que tiene conexiones chamánicas metidas en la selva”.

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El experimentado docente corroboró esa magia chamánica cuando hacía uno de los muestreos en 2016. Encontró un camino que comunicaba la parte alta de uno de los tepuyes con un bosque en su parte inferior. En las dos horas de recorrido el bosque sonó con fuerza, como si tuviera voz propia y aparecieron huellas de dantas.

“Instalamos cámaras trampa, de imágenes y sonido. A los dos días regresamos y todo estaba en silencio, como si estuviera deshabitado. En los videos y las fotos no apareció nada. Mi suegra, que trabaja con comunidades étnicas, me preguntó: ¿le pidieron permiso al bosque para entrar?”.

En las siguientes expediciones Andrade hizo oraciones pidiéndole autorización a Chiribiquete para entrar, y desde ahí todo cambió. “Fue un éxito total, aparecieron los animales, las mariposas, los sonidos, las evidencias”, recuerda el experto, quien ha estado metido entre el bosque de la zona por más de 15 días seguidos, alimentándose a punta de porciones de comida preparada y empacada en vacío como fríjoles, lentejas y sancocho.

Control y vigilancia distintos

Chiribiquete necesita un sistema de monitoreo, control y vigilancia distinto al de las demás áreas protegidas del país. “Por su extenso tamaño, más grande que Dinamarca, es imposible un control como el que Parques Naturales hace en las demás zonas. Acá es necesario hacer uso de los avances tecnológicos, como aviones no tripulados o drones, pero eso requiere de altas inversiones, recursos que no hay”.

Esa falta de recursos tiene en veremos lo que falta por conocer en el Parque Natural. “Hoy nadie está haciendo muestreos. No hay plata y falta más de la mitad de la zona por estudiar. La única forma de ingreso es por aire, en helicóptero, ya que por agua tardaríamos hasta cuatro meses. Una expedición de 15 días cuesta más de 500 millones de pesos. Nos falta mucho por aprender, conocer y descubrir, pero con el avance de la deforestación todo podría quedarse en un interrogante”.

Asegura que varios biólogos y antropólogos investigan los posibles significados de los pictogramas de animales pintados en los muros de Chiribiquete. “Unos ven dantas, micos y tortugas y otros cultivos. En una figura yo veía uvas y mis compañeros primates”.

Mientras un milagro económico aparece, como incrementar el ínfimo presupuesto asignado a Parques Naturales, el Director del Instituto de Ciencias Naturales hace un llamado de reacción inmediata al gobierno. “El estado y las fuerzas militares deben hacer presencia. Si no fuera por los sobrevuelos de la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible nadie sabría lo que está pasando en Chiribiquete. Es urgente un nuevo sistema de control y vigilancia, que no dependa del gobernante de turno”.

Sin la presencia de las FARC, Chiribiquete quedó a merced de cualquiera. “Si no hay una estrategia concreta para controlar esa situación, en pocos años esa vida sin descubrir desaparecerá. Es un problema para el estado colombiano. Las mafias salen y entran sin nadie que los controle, porque el gobierno no hace vigilancia. La carretera que hoy nos alerta fue construida por las FARC, pero permanecía oculta entre el espesor de la selva. Ahora, con la deforestación, salió a la luz: eso es un hallazgo de lo alarmante de la situación”.

Nada concreto para frenarla

Andrade considera que ningún gobierno ha hecho mayor cosa para controlar la deforestación. Para él, la pérdida del bosque siempre ha estado presente en el país, y con un aumento preocupante año tras año, pero nadie ha tomado medidas concretas para darle un vuelco al panorama.

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“Todo queda en el escándalo mediático de la cifra, que desaparece a la semana de que el Ideam presenta las hectáreas perdidas cada año. Nos quedamos en ese número. Ningún Plan de Desarrollo en el país ha tenido una meta clara o estrategia concreta que permita bajar los índices de deforestación, incluyendo el actual”.

Todo lo contrario ocurre con la reforestación, pero tampoco es positivo. Según el biólogo, cada año el gobierno traza una meta de reforestación, de la mano con las Corporaciones Autónomas Regionales, pero sin hacer seguimiento. “Todos los años el gobierno informa la cantidad de hectáreas reforestadas, pero no dice dónde están, qué pasó con las plantas, si fueron deforestadas o quemadas”.

*Este es un producto periodístico de la Gran Alianza contra la Deforestación. Una iniciativa de Semana, el MADS y el Gobierno de Noruega que promueve el interés y seguimiento de la opinión pública nacional y local sobre la problemática de la deforestación y las acciones para controlarla y disminuirla.