Ganadería y deforestación van de la mano. Tanto, que actualmente la ganadería extensiva es una de las principales causas de la debacle de los bosques en Colombia, de acuerdo con el Ideam. Y si bien la cría de ganado se entiende como algo que viene amarrado a la cultura de los Llanos en Colombia, no siempre fue así.

Las primeras empresas económicas de los Llanos fueron traídas por las misiones de los Jesuítas en los siglos XVII y VIII (entre 1625 y 1767). Estos introdujeron los sistemas de producción social que caracterizan al actual llanero raizal, el que está en nuestro imaginario.

En esa época, los indígenas hacían una producción en los pisos térmicos, moviéndose desde las nieves perpetuas hasta los Llanos. Cuando vieron eso, los jesuitas pensaron que eran nómadas e introdujeron el manejo horizontal del hato ganadero, primer patrón de transformación de los paisajes de piedemonte, selva y sabana sin tener en cuenta la riqueza del bosque y el agua.

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La investigación para la tesis de su doctorado en gestión de estudios ambientales le permitió al profesor Juan Eduardo Moncayo Santacruz llegar hasta el origen mismo de la deforestación que hoy azota los Llanos y se extiende por la Amazonia. Después de la Conquista, los principales verdugos de la transformación del paisaje en la Orinoquia colombiana pasaron de las misiones de los Jesuitas a la violencia de mediados del siglo XX y la intensificación de la colonización para la ganadería y los descubrimientos de petróleo en Arauca, Casanare y Meta en los años 80.

El segundo momento catastrófico descrito en la obra de Moncayo inicia en 1950, cuando una gran cantidad de campesinos que desplazó la violencia llevó al gobierno a buscar en la Caja de Crédito Agrario un camino institucional para adelantar los procesos de colonización en Caquetá, Meta y Arauca.

“Entre 1959 y 1962 se establece la colonización dirigida por la Caja Agraria en el Sarare, la cual implementó la práctica de asumir la vida de la manera que sea y el imaginario de la selva como bodega de recursos para desactivar la pobreza. Los recién llegados eliminaron arbustos del bosque, aserraron los árboles y prendieron fuego para volver productivas las tierras”.

El profesor indicó que el Incora, desde su creación en 1961 y hasta 1980, con la colonización orientada, mantuvo los privilegios que los latifundistas y terratenientes habían logrado consolidar a través de la parcelación de los terrenos ubicados en las cuencas de los ríos Arauca, Arari, Caguán, Orteguaza y Putumayo.

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“En ese tiempo inician los hatos ganaderos y el discurso del desarrollo. La titulación de las tierras dependía de las hectáreas de bosque talado. Si talaban 20 hectáreas se titulaba esas mismas. Todos los árboles que fueron tumbados se pudrieron, ya que no había carreteras ni medios para sacarla. A los campesinos les otorgaban créditos para que compraran vacas. Así nació la cultura llanera y la etiqueta de que la Orinoquia como sinónimo de ganado”.

Investigadores de la Universidad Distrital anunciaron la tragedia en 1963, pero nadie la escuchó. Afirmaron que al cabo de 10 años, los bosques del piedemonte araucano desaparecerían, sin aprovecharse económicamente un millón de metros cúbicos de madera.

Una isla sin árboles en medio de ríos

En 2014, Moncayo culminó su tesis “El territorio como poder y potencia, relatos del piedemonte araucano”, obra laureada que contó con el apoyo de las universidades Javeriana y Cooperativa de Colombia.

El plato fuerte de la investigación es un estudio multitemporal sobre la construcción territorial y el impacto del desarrollo en la región del Sarare, que abarca los sectores de Saravena, Cubará, la isla del charo y el estero de Lipa.

Este análisis abarcó seis períodos de tiempo (1947, 1960, 1971, 1986, 1998 y 2005) y utilizó fotografías aéreas del Instituto Geográfico Agustín Codazzi y la metodología Corine Land Conver para caracterizar la cobertura de la tierra.

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Los resultados en la isla del charo, un terreno de 19.851 hectáreas bañado por las aguas de los ríos Arauca y Madrevieja en Saravena, fueron desgarradores. En 1947 tenía 16.763 hectáreas repletas de árboles conocidos como charo (84,4 por ciento de su área), cifra que en 2005 cayó abismalmente hasta reducirse a tan solo 607 hectáreas.  El charo es endémico de América. Se distribuye de México a Perú y está áltamente presionado.

En un periodo de 58 años, la isla perdió 96,3 por ciento de bosque frondoso repleto de árboles de 45 metros de altura y un metro de diámetro en promedio, con la muerte de 16.155 hectáreas de verde. Sin embargo, la tasa de deforestación más alarmante, de más del 800 por ciento, fue registrada entre 1960 y 1971, cuando las hectáreas de bosque disminuyeron de 15.725 a 7.051.

Lo que antes era una mancha verde repleta de árboles de charo, hoy luce como una planicie llena de pastizales. Estudio multitemporal reveló cómo la Isla del Charo en Saravena perdió toda su zona boscosa.

El cauce del caudaloso río Arauca también sufrió consecuencias alarmantes y así lo registró la investigación de Moncayo. Mientras que en la década del 40 el cuerpo de agua tenía diversos meandros (sinuosidad) en su paso por Saravena, con el tiempo fue volviéndose recto.

Moncayo afirmó que los meandros del río Arauca desaparecieron  prácticamente en el mapa de 1986, como consecuencia de la variación de la frontera política entre Colombia y Venezuela. “Aunque se dice que esta desaparición es propia de la naturaleza, ayudó bastante incorporar usos como la construcción de viviendas y los cultivos a la dinámica ecológica. Como en un truco de magia, tierras venezolanas se convirtieron en colombianas y visceversa”.

En 2018, el docente elaboró un nuevo mapa con información de 2014 en la zona, con el fin de ampliar los resultados de su tesis: la imagen indicó una aparente recuperación del bosque.

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“El resultado de la cobertura de bosques fue de 1.810 hectáreas, cifra superior a las 600 en 2005. Hay que investigar a fondo el por qué de ese incremento, ya que los mapas son a escala general. Eso no permite identificar específicamente lo que pasó en la isla. A mi forma de ver, podrían ser cultivos de cacao, no nuevos bosques”, aclaró.

Mientras que los bosques de la isla fueron sometidos a una masacre, los parches de pasto para la ganadería ganaron terreno. De ninguna mancha ganadera en 1947, la isla pasó a 10.891 hectáreas con pastos en 2005. En 1960, las áreas destinadas para esta actividad no superaban las 32 hectáreas.

La tala de bosque en la isla del charo, según Moncayo, fue legal y patrocinada por el modelo de producción del gobierno nacional de ese entonces.

“No fue un problema de control, de mafia o de falta de capturas a los grupos malévolos. Lo perverso aquí fue el modelo o el paradigma de la modernidad. Se separó lo físico, biológico y humano, no hubo una lógica para el desarrollo y sí una ausencia total de investigación, planeación y gestión. Estas tierras no son agrícolas o pecuarias, sino de vocación forestal. Por eso el resultado generado fue una pérdida de biodiversidad y un aumento de la conflictividad social”.

Moncayo, el profesor

Aunque nació en Pasto hace 60 años y actualmente vive en Bogotá, Moncayo Santacruz, un profesor graduado como diseñador industrial y con maestría y doctorado en gestión y estudios ambientales, considera que su alma y corazón son llaneros.

La tesis de su doctorado del profesor Juan Eduardo Moncayo Santacruz incluye un estudio multitemporal sobre el impacto del desarrollo en la región del Sarare (Arauca), que abarca los sectores de Saravena, Cubará, la isla del charo y el estero de Lipa.

En 1990, cuando fue invitado a dar una conferencia en la Universidad de Caldas, el Secretario de Educación del Saravena, municipio del departamento de Arauca, lo invitó a dar un taller sobre los procesos educativos en la región, algo que le cambió la vida.

Moncayo, padre de tres hijos y docente de las universidades Cooperativa de Colombia y Pontificia Javeriana, aceptó complaciente la invitación, pero jamás pensó radicarse por un largo tiempo en el caluroso territorio de la Orinoquia.

“Nunca pasó por mi cabeza que me iba a quedar en Arauca. Pero la verdad me quedó gustando y decidí radicarme del todo en Saravena. Empecé dirigiendo el plan alternativo de desarrollo del municipio con las organizaciones sociales. Luego fui Secretario de Planeación de la Gobernación departamental y director de la Fundación Intercultural del Sarare”, apuntó.

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En 2003, cuando llevaba 13 años en Arauca, tiempo en el cual se casó con una argentina y tuvo al tercero de sus hijos, Mateo, quien nació en Saravena, el profesor abandonó las tierras de la Orinoquia por motivos de seguridad. “El conflicto armado era muy duro. Fue una época de capturas masivas y mucha gente muerta. Mi esposa María ya estaba en Bogotá, así que decidí seguirla”, recuerda.

La vida siguió su rumbo en la capital del país, pero Moncayo tenía sed de aprendizaje. En 2009 inició un doctorado en estudios ambientales en la Universidad Javeriana y se le ocurrió hacer la tesis sobre los cambios territoriales, de ocupación y la transformación del paisaje en la región del Sarare, impulsado por lo que había visto en su década como araucano y por testimonios de las comunidades indígenas y campesinas sobre un nuevo progreso, sin separar lo físico, lo biológico y lo humano.

Arauca, hoy

3.214 hectáreas de bosque perdió Arauca en 2017, según las cifras más actuales del Ideam.

Aunque no aparece entre los 10 departamentos con mayor tasa de deforestación, parte de su territorio sí fue considerado como uno de los ocho principales núcleos de pérdida de bosque.

Y como lo evidenció el profesor Moncayo en su tesis, se trata del Sarare, región que aportó 0,7 por ciento de la deforestación nacional (aproximadamente 1.540 hectáreas).

Monitoreos del Ideam registraron en la zona 1,3 cabezas de ganado por hectárea, 39 por ciento de usos no forestales, 10 por ciento de pastos sembrados sin uso y cultivos como plátano, maíz y cacao.

Por su parte, el Instituto Alexander von Humboldt, entidad que analizó la biodiversidad en los principales núcleos de deforestación, informó que en Sarare existen 206 especies de animales y plantas evidentemente afectadas por la tala indiscriminada, de las cuales 154 habitan solo en Colombia.

*Este es un producto periodístico de la Gran Alianza contra la Deforestación. Una iniciativa de Semana, el MADS y el Gobierno de Noruega que promueve el interés y seguimiento de la opinión pública nacional y local sobre la problemática de la deforestación y las acciones para controlarla y disminuirla.