Un viaje de 380 kilómetros hace el río Bogotá por el departamento de Cundinamarca, un tramo que inicia en el imponente y ancestral páramo de Guacheneque y culmina nauseabundo y oloroso en las aguas cálidas del río Magdalena, a la altura de Girardot y Ricaurte.

Tan solo 11 kilómetros tienen cara de río. En las zonas veredales de Villapinzón todavía fluye puro y cristalino rodeado por árboles del bosque andino cubiertos por musgos, bromelias y quiches. En sus aguas aún es posible ver uno que otro pez capitán o cangrejo sabanero, especies emblemáticas del alma de la sabana de los muiscas.

Envuelto en un hechizo de protección ancentral nace el río Bogotá en el páramo de Guacheneque. Foto: Jhon Barros.

El 97 por ciento restante recibe los vertimientos, descargas y basuras de las cerca de 12 millones de personas que habitan en su cuenca, área que cubre 46 municipios de Cundinamarca y la capital del país. Su agonía empieza en los cascos urbanos de Villapinzón y Chocontá.

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Las más de 120 curtiembres que albergan estos territorios tiñen de gris sus aguas por los desechos químicos del proceso de pelambre. Sumado a esto, por la carencia de Plantas de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR), recibe las descargas de las viviendas sin ningún tipo de descontaminación.

Los químicos de las curtiembres de Villapinzón y Chocontá le dan el primer golpe al río Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

El río Bogotá, antes llamado Funza, palabra chibcha que significa el varón poderoso, sigue por 170 kilómetros de los otros 19 municipios de la cuenca alta, recibiendo las desgracias de los habitantes, la industria y la actividad agropecuaria, impactos que, aunque son considerables, no lo hacen agonizar de manera crítica.

Según la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), los 30 puntos de monitoreo en este tramo indican que 57 por ciento del río Bogotá en la cuenca alta presenta una calidad de agua regular, 23 por ciento aceptable y 20 por ciento mala.

Las aguas cristalinas del río Bogotá llegan a su fin en el casco urbano de Villapinzón. Foto: Jhon Barros.

“Los puntos más críticos son El Espino y el río Negro, los últimos en la cuenca alta. Desde 2015, en este último punto de monitoreo todos los cálculos del índice de calidad de agua han reportado una categoría mala. La mejor condición hídrica la presentan sitios como las descargas de los embalses de Tominé y Neusa, río Tejar y aguas arriba del casco urbano de Villapinzón”, informó la CAR.

Epicentro de contaminación

El primer tramo del río Bogotá culmina en el municipio de Cota. Luego sigue silencioso y denso por los 90 kilómetros de la cuenca media, zona que abarca 10 municipios cundinamarqueses y la capital del país. En este trayecto, sus aguas, ya lastimadas, empiezan a convulsionar.

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Los 33 puntos de monitoreo de la CAR en la cuenca media indican que 73 por ciento de la zona presenta una calidad hídrica mala, 9 por ciento aceptable, 3 por ciento muy mala y 3 por ciento regular.

Los habitantes de Bogotá y Soacha le dan una estocada mortal al río Bogotá. Foto: Javier Tobar.

En Bogotá, el río que en el pasado fue sagrado y adorado por los muiscas, recibe a diario 690 toneladas de carga contaminante, entre vertimientos, grasas, arenas y basuras. Estas inyecciones tóxicas las recibe por parte de los tres ríos urbanos que atraviesan la capital, Salitre, Fucha y Tunjuelo, cuerpos de agua igual de lastimados que el alma de la sabana.

En 2019, estos tres afluentes le aportaron 118.561 toneladas de sólidos suspendidos totales al Bogotá, desechos que disminuyen el paso de la luz a través del agua evitando la actividad fotosintética en las corrientes, es decir afecta la producción de oxígeno. En 2018, este indicador fue de 86.685 toneladas.

En la cuenca media, el río Bogotá luce sin vida. Descargas, basuras, grasas y arenas lo agobian cada día más. Foto: Javier Tobar.

Salitre, primer golpe

La primera inyección fatal viene por el río Salitre. Al igual que el Bogotá, su nacimiento está envuelto en la magia de la naturaleza. Da sus primeras gotas en los cerros orientales de la localidad de Chapinero, arriba del Parque Nacional, un sitio donde baja cristalino, frío y puro rodeado por la vegetación nativa del bosque andino. Allí es llamado río Arzobispo.

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El Salitre tiene una longitud de 19,76 kilómetros. Está ubicado en el sector centro-norte de la capital, donde recorre 10 localidades bogotanas. Su cara de río culmina en el Parque Nacional, donde es canalizado. En su cruce con la Avenida NQS cambia de nombre a Salitre y luego es llamado Juan Amarillo debido a la cercanía con el humedal de las localidades de Engativá y Suba.

Así nace el río Bogotá en los cerros orientales de Chapinero, en inmediaciones del Parque Nacional. Foto: Jhon Barros.

Su viaje culmina en el río Bogotá, en inmediaciones de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales Salitre, la cual actualmente está siendo ampliada y optimizada. Este río urbano recibe 30 por ciento de las descargas residuales de toda la capital, cerca de siete metros cúbicos por segundo de vertimientos aportados por más de 2,3 millones de habitantes del norte y centro de la ciudad.

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Sus puntos más críticos son el sector de Galerías, zona que tiene un alcantarillado combinado, su paso por la carrera 30, donde habitantes de calle le arrojan toda clase de basuras, y Entrerríos, donde sus aguas se tiñen de un negro oscuro y denso.

Todos los ríos urbanos de Bogotá fueron canalizados. El Salitre recibe basuras y descargas contaminantes. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Según el Observatorio Ambiental de Bogotá de la Secretaría Distrital de Ambiente (SDA), en 2019 el río Salitre le aportó al Bogotá 13.035 toneladas de sólidos suspendidos totales, panorama que en 2018 fue de 15.100 toneladas.

Dos de sus cuatro tramos presentaron un Índice de Calidad del Agua (WQI) catalogado como marginal. El tramo uno, desde el Parque Nacional hasta la carrera 7, tuvo un índice bueno, al igual que el segundo, entre la carrera 7 y la carrera 30 con calle 53. 

Las aguas residuales domésticas son la principal causa del deterioro del río Salitre. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Su agonía empieza en el tercer trayecto, que va hasta la avenida 68, donde su calidad se deteriora a marginal, estado que se mantiene hasta su desembocadura en el río Bogotá.

Salitre padece por aguas residuales domésticas del alcantarillado público, líquidos nauseabundos con coliformes, basuras y materia orgánica.

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Así luce el río Salitre antes de desembocar sus aguas contaminadas en el río Bogotá. Foto: Jhon Barros.

Fucha, estragos de la industria

Los 17,3 kilómetros del río Fucha, cuerpo de agua que serpentea canalizado por 10 localidades de la capital, incrementan el nefasto panorama del río Bogotá luego de la inyección nauseabunda del Salitre.

Está localizado en el sector centro-sur del Distrito. Nace en los cerros orientales en una zona que hace parte del páramo Cruz Verde en la localidad de San Cristóbal. Allí, sus aguas transparentes se tornan más majestuosas por la sobredosis de verde del paisaje, como musgos, bromelias, quiches y frailejones. 

El río Fucha nace en la reserva El Delirio, el los cerros orientales del sur de Bogotá. Foto: Jhon Barros.

En la zona, llamada reserva El Delirio, aún sobreviven las trochas empedradas construidas por los españoles para el ingreso a la ciudad, al igual que animales como truchas, cusumbos, pavas andinas y peces capitán. Es el único sitio donde está puro.

En su trayecto recibe los vertimientos residuales de la población del sur y las descargas industriales de sectores como Restrepo y Montevideo, este último con varias empresas dedicadas a la tintura de ropa. Las aguas grisáceas se pintan de los colores de esta actividad.

El unico sitio del río Fucha que luce puro es su nacimiento. Luego es canalizado y contaminado. Foto: Jhon Barros.

Lo nutren de contaminación los canales San Blas, Los Comuneros, Albina y Río Seco, al igual que quebradas como Finca, San José, La Pena, Los Laches, San Cristóbal, San Francisco, Santa Isabel y Honda, afectadas por las actividades humanas.

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Junto con el río Tunjuelo, el Fucha recibe 70 por ciento de las descargas residuales e industriales que agobian al río Bogotá en la cuenca media, desgracias aportadas por más de 7,3 millones de personas del sur de la ciudad y Soacha. 

Canalizado y con descargas residuales e industriales. Así fluye el río Fucha por Bogotá. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Los 16 metros cúbicos de agua residual por segundo que le ingresan al río Bogotá por parte de estos dos ríos urbanos, no reciben ninguna clase de tratamiento. Esto espera ser subsanado con la construcción de la PTAR Canoas, la cual podría empezar a funcionar hacia 2028.

El año pasado, el río Fucha desembocó en el Bogotá 38.847 toneladas de sólidos suspendidos totales, cifra que en 2018 fue de 37.957 toneladas.

Desechos de las viviendas y la industria agobian al canalizado río Fucha. 

El Índice de Calidad del Agua en los cuatro tramos del Fucha fue el siguiente: excelente en el primero (El Delirio), marginal en el segundo (carrera 7 - río Fucha), buena en el tercero (Fucha - Avenida las Américas) y pobre en el cuarto (Visión Colombia - zona Franca - Alameda).

“Las principales fuentes de contaminación de esta corriente son aguas residuales domésticas e industriales, descargadas que fluyen por las estructuras del sistema de alcantarillado público que aportan materia orgánica, sólidos suspendidos y coliformes”, anotó la SDA.

El Fucha le da el segundo golpe certero al río Bogotá. Sus aguas serán tratadas en la PTAR Canoas. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Tunjuelo, estocada final

Con cerca de 73 kilómetros, el río Tunjuelo es el cuerpo de agua más extenso que atraviesa a la capital del país. Su cuenca mide 45.665 hectáreas, terreno donde habita 30 por ciento de la población bogotana. Hace parte de cinco localidades: Sumapaz, Usme, Ciudad Bolívar, Bosa y Sumapaz.

Nace envuelto entre los frailejones de la laguna de los Tunjos en el páramo de Sumapaz, el más grande del mundo. Las aguas de los ríos Chisacá, Mugroso y Curubital le dan vida, líquido que converge en el embalse La Regadera. Allí recibe el nombre de río Tunjuelo, para luego coger dirección por el valle longitudinal de Usme, donde empieza a deteriorarse por las aguas residuales.

El río Tunjuelo nace en el páramo más grande del mundo: Sumapaz. Foto: Jhon Barros.

Atraviesa sitios neurálgicos como el frente de explotación minera en Ciudad Bolívar, el Relleno Sanitario Doña Juana, el sector de curtiembres de San Benito y los frigoríficos de la Autopista Sur. Su sistema pluvial lo conforman varias quebradas como Chigüaza, Limas, Yomasa, El Triángulo, El Zuque y Santa Librada, y canales como San Carlos y San Vicente I y II.

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Es el río urbano más afectado. Recibe aguas residuales domésticas e industriales descargadas al sistema de alcantarillado público, una mezcolanza de materia orgánica, basuras, fósforo, nitrógeno y coliformes fecales. 

El río Tunjuelo es el más contaminado de la capital del país. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Tunjuelo le inyectó 66.101 toneladas de sólidos suspendidos el año pasado al Bogotá, la cifra más alta de los tres afluentes urbanos. Entre 2018 y 2019 duplicó esta cifra, ya que hace dos años reportó 33.042 toneladas de residuos.

El tramo uno del Tunjuelo, La Regadera, tiene una buena calidad de agua. El segundo tramo, Yomasa, se deteriora a marginal, y el tercero (Doña Juana - barrio Mexico - San Benito y Makro Autopista Sur) y cuarto (Transversal 86 - Puente la Independencia), a pobre.

Las basuras son una constante en los últimos tramos del río Tunjuelo. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

Descargas bajas

Al salir de Bogotá y Soacha, el río más importante de la sabana luce sin vida, oscuro, denso, burbujeante y con espumas. Aunque la caída del Salto del Tequendama le inyecta algo de vida, por los 15 municipios de la cuenca baja fluye herido y nauseabundo.

Según la CAR, 46 por ciento de su trayecto final cuenta con una calidad del agua mala, 9 por ciento regular y 9 por ciento aceptable. Sus dos principales inyecciones tóxicas las recibe por parte de los ríos Calandaima y Apulo, los dos afluentes más importantes de la cuenca baja.

Así le entregan la capital y Soacha el río Bogotá a los habitantes de la cuenca baja. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz. 

“De los 11 puntos de monitoreo sobre el río y afluentes en la cuenca baja, cinco están en categoría mala, uno regular y uno aceptable. Los más críticos están aguas abajo del Calandaima, la estación Puente Portillo, finca El Silencio y la desembocadura. Esto se debe a la entrada de los ríos Calandaima y Apulo”, precisó la entidad.

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El río Apulo mide 55,7 kilómetros y atraviesa 14 municipios. Nace en el cerro Manjui en Facatativá y termina su recorrido en la margen derecha del río Bogotá, en Apulo. Lo alimentan afluentes como Curí, Bahamón, Cachipay y Doña Juana.

El río Apulo es el principal afluente del río Bogotá en la cuenca baja. También padece por los vertimientos de los habitantes. Foto: Jhon Barros.

En su trayecto recibe descargas residuales de municipios como Zipacón, Anolaima, La Mesa y Apulo. Uno de los puntos más neurálgicos es la quebrada La Carbonera, que atraviesa La Mesa, cuerpo de agua cargado de vertimientos y basuras.

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Algunos de los habitantes utilizan las aguas del Apulo para riego y alimento de animales. A pesar de su estado, en esta subcuenca hay reportadas 441 especies de aves, 166 mamíferos, 48 anfibios y 82 reptiles, y 50 por ciento del área cuenca con bosques subandimos.

Entre 2018 y 2019, la CAR puso en marcha un proyecto de adecuación hidráulica para ampliar el cauce y retirar sedimentos del Apulo: 22 kilómetros entre Apulo, Anapoima y La Mesa, donde fueron sacados más de dos millones de metros cúbicos de residuos enterrados en su lecho.

Así luce el encuentro de los ríos Apulo y Bogotá en la cuenca baja. Foto: Jhon Barros.

Por su parte, el río Calandaima recorre 24,5 kilómetros de ocho municipios de Cundinamarca. Nace en la cuchilla de Peñas Blancas en El Colegio y desemboca en el río Bogotá en Apulo. 

Es un afluente importante para el desarrollo agrícola de la región. Sus aguas son destinadas para el riego de cultivos como café, plátano, naranja, cebolla, maíz y yuca, además de surtir a los acueductos veredales.

El río Calandaima es utilizado para el riego antes de ingresar al casco urbano de Viotá. Foto: Jhon Barros.

Antes de ingresar al casco urbano de Viotá, el Calandaima es un río útil y biodiverso. Sus habitantes aprovechan sus aguas para los cultivos, nadar y pescar. En la zona habitan 436 especies de aves, 171 mamíferos, 80 reptiles y 32 peces.

En Viotá, las quebradas Cachimula, La Lotu y San Juan terminan su paisaje biodiverso, ya que son alimentadas por vertimientos, residuos sólidos y lixiviados de la población.


Las aguas puras del Calandaima llegan a su fin el Viotá. Foto: Jhon Barros.

Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.