Antes de ser un emporio de la urbanización y el desarrollo, Bogotá era un territorio anfibio repleto de agua. Hacia 1950, la capital del país contaba con más de 50.000 hectáreas ocupadas por humedales y lagos, recargas hídricas conectadas con el río Bogotá donde el común denominador era la biodiversidad nativa.

La mole de concreto, que dio paso a la construcción de zonas residenciales, industriales y grandes avenidas, sepultó a la gran mayoría de estos hervideros de vida natural en la cuenca media del río más importante de la sabana. Sumado a esto, los vertimientos contaminantes arrojados por la población, pintaron de negro las áreas hídricas cercanas al cuerpo de agua.

La masacre de los humedales, lagos y sus zonas de amortiguación fue abismal. En los últimos 70 años, estos territorios perdieron 98 por ciento de su superficie, es decir que tan solo 726,6 hectáreas sobrevivieron al concreto, esponjas hídricas que se encargan de controlar y prevenir inundaciones, retener nutrientes y recargar los acuíferos.

A pesar de la contaminación y reducción de su hábitat, los humedales bogotanos siguen siendo reservorios de biodiversidad. Foto: EAAB.

Los relictos de humedal subsisten en nueve localidades bogotanas: Suba, Usaquén, Engativá, Kennedy, Bosa, Tunjuelito, Ciudad Bolívar, Barrios Unidos y Fontibón, donde el Distrito logró protegerlos legalmente en 15 parques ecológicos distritales de humedal, Juan Amarillo, Jaboque, Torca-Guaymaral, La Conejera, Córdoba, El Tunjo, Tibanica, Capellanía, El Burro, Meandro del Say, Techo, Santa María del Lago, La Vaca, La Isla y Salitre.

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A pesar de sus impactos, la fauna y flora de los humedales han conformado un tipo de resistencia biodiversa que lucha por no desaparecer. Según la Alcaldía de Bogotá, estos ecosistemas cuentan con la presencia de más de 19.000 aves de 150 especies endémicas y migratorias, además de 115 mamíferos de ocho especies y 2.869 plantas de 180 especies.

Por su parte, en 2017 un informe del Instituto Humboldt reveló que en la sabana de Bogotá hay 235 especies de aves, de las cuales seis están bajo algún grado de amenaza y 46 son migrantes boreales y siete son endémicas. 

El humedal La Conejera en Suba es uno de los más conservados y biodiversos de Bogotá. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Algunos de los animales y plantas que habitan en los humedales bogotanos son endémicos, es decir únicos en todo el planeta. Otros son catalogados como emblemáticos o insignias de la zona, ya que sorprenden por su presencia a pesar del evidente deterioro ecosistémico y de los certeros verdugos como la contaminación del agua, proliferación de basuras y escombros e incendios forestales.

Tal es el caso de aves como las tinguas bogotana, pico verde, pico rojo y pico amarillo, el cucarachero de pantano y la monjita, un roedor llamado musaraña de Thomas y una extraña planta nombrada como la margarita de pantano, representantes de la biodiversidad de la sabana que siguen dando muestras de resistencia y belleza en medio de múltiples amenazas.

Córdoba, humedal ubicado en Suba, es el que reporta mayor cantidad de especies de aves, con más de 150. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

A punto de extinguirse

Un ave tímida y algo asustadiza, con apenas 25 centímetros y un plumaje marrón con rayas negras y algunas manchas rojas en sus alas, era considerada como la especie más emblemática de los humedales del altiplano cundiboyacense.

Los científicos la llaman Rallus semiplumbeus, pero es más conocida en el argot popular como la tingua bogotana o rascón andino. Es una especie que solo habita en la sabana, en especial en los cuerpos de agua de la capital y la cuenca media del río Bogotá, sitios con alturas entre los 2.500 y 3.100 metros sobre el nivel del mar.

La tingua bogotana está listada como una especie en peligro de extinción. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Antes del boom poblacional y urbanístico de la sabana, que tuvo su auge hacia la década de los 80 del siglo pasado, esta ave de pico largo, curvo y color rojo abundaba entre los juncos de los humedales, vegetación que aprovechaba para ocultarse durante en día. Solo hacía notar su presencia por medio de sonidos agudos y altos, parecidos a los que hace una ardilla. 

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Los invertebrados acuáticos eran su principal fuente de alimento, a los cuales cazaba solitaria en horas de la mañana o entrando el atardecer, siempre oculta y sigilosa. Pero su capacidad para pasar desapercibida no fue suficiente para evitar que fuera diezmando su población, tanto así que está listada como una especie en peligro de extinción.

Según el Libro Rojo de las aves de Colombia, la principal amenaza de la tingua bogotana ha sido la disminución de su hábitat, en particular los juncales. También juegan en su contra la cacería, la quema de los juncos, la explotación agrícola intensa para cultivos de cebolla, la contaminación de los cuerpos de agua con agroquímicos y desechos orgánicos e inorgánicos y la presencia de perros. 

La tingua bogotana ha sido reportada en zonas con alta presencia de vegetación del humedal La Conejera. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

En los últimos años, expertos han encontrado registros de esta tingua en sitios como el lago de Tota, las lagunas de Fúquene, Suesca y La Herrera, humedales bogotanos como Torca-Guaymaral, La Conejera, Tibanica, Jaboque y Juan Amarillo, y otros cuerpos de agua como La Florida y Gualí. 

“El porcentaje total de pérdida de hábitat se desconoce. Sin embargo, la población de la especie se ha reducido en el largo plazo como consecuencia de la pérdida de hábitat, depredación por perros y contaminación de humedales”, cita el Libro Rojo.

La publicación estima que su área de hábitat remanente oscila entre los 164 y 500 kilómetros cuadrados, aunque esta distribución está fragmentada. “Si se supone que 50 por ciento del hábitat remanente de la especie ya está ocupado, su población estaría cercana a 5.600 individuos. Aunque hay un alto grado de incertidumbre en esta estimación, lo más probable es que la población esté por debajo de los 10.000 individuos maduros”, informa el estudio publicado en 2016 por el Instituto Humboldt y la Universidad Javeriana.

Aunque su hogar está cada vez más fragmentado y contaminado, la tingua bogotana se resiste a desaparecer. Foto: Fundación Humedales Bogotá. 

Hay esperanzas

Jorge Escobar, director de la Fundación Humedales Bogotá, organización que lleva más de 10 años estudiando y protegiendo la flora y fauna de los humedales capitalinos, asegura que la cantidad de especies de aves que habitan en estos ecosistemas podría superar las 200, información que aún está siendo recopilada. 

Respecto a la tingua bogotana, Escobar ha evidenciado que aunque su situación no es favorable, no es tan crítica como otras especies de aves que no se han vuelto a registrar en la sabana desde hace varios años, como es el caso del cucarachero de pantano.

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“En 2014 realizamos un estudio para establecer los posibles sitios donde han logrado sobrevivir estas dos especies. Luego de visitar los 15 humedales declarados en Bogotá y otros cuerpos de agua de la sabana, encontramos poblaciones de tingua bogotana en Juan Amarillo, Jaboque, Guaymaral, Capellanía, La Conejera y Tibanica, y en algunas zonas de la sabana como el humedal La Florida. Aunque su población sí ha bajado considerablemente, estos hallazgos nos demuestran que la especie ha resistido un poco más a los impactos”.

La tingua bogotana es el ave insignia de los humedales de la cuenca baja del río Bogotá. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Sin embargo, Escobar considera que faltan muchas acciones para evitar que la tingua bogotana siga su ruta hacia la extinción. Luego de hacer una revisión bibliográfica e histórica para establecer la cantidad de insumos científicos o técnicos sobre la especie, el resultado no fue adelantador. 

“En 2014 no encontramos ningún tipo de estudio con acciones puntuales para su conservación. La Secretaría Distrital de Ambiente (SDA) de Bogotá cuenta con una campaña para la tingua azul, un ave migratoria que llega a la ciudad a reproducirse, pero de las tinguas bogotanas es poco lo que hay. No veo que se estén invirtiendo recursos públicos o privados para la conservación de la especie, que además carece de plan de manejo”.

Seis años después del estudio para identificar las poblaciones de tingua bogotana, el panorama no ha cambiado. A Escobar le causa tristeza que a pesar de estar catalogada como en peligro de extinción, las autoridades no han tomado las medidas pertinentes para evitar que desaparezca. “Estamos en 2020 y la situación es igual de crítica”.

A pesar de las obras en concreto, el humedal Juan Amarillo es uno de los que más cuenta con diversas especies de aves. Foto: EAAB.

Al experto le afana que se repita la historia del zambullidor andino, otra especie acuática endémica del altiplano cundiboyacense que habitaba en los cuerpos de agua de la cuenca media del río Bogotá. Según la Asociación Bogotana de Ornitología (ABO), la última vez que fue visto fue a finales de los 70 en Boyacá, y ya no volvió a aparecer. La desecación de los humedales causó su extinción. 

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“Esto le podría pasar a la tingua bogotana si continúa el cambio de uso del suelo en la sabana. En Córdoba, uno de los humedales más conservados, desde hace mucho no hace presencia esta tingua porque fue fragmentado. Esta especie necesita de gran área y buen estado para sentirse segura, por lo cual no se adapta fácil a los cambios. La pérdida del 98 por ciento de los humedales fue una aniquilación brutal”, afirma Escobar.

La del pico verde

Su peculiar pico la hace diferente a las demás especies de tinguas. No es amarillo, sino de tonos verdosos. En algunas partes de Sudamérica, único continente donde habita, la llaman polla sabanera, ya que tiene un porte parecido al de una gallina. Los científicos la nombraron Porphyriops melanops o Gallinula melanops.

Alcanza a medir 28 centímetros y cuenta con un copete negruzco. Su plumaje es grisáceo en la cabeza, café en las alas y negro con manchas blancas en la parte inferior. Es uno de los habitantes de los humedales del altiplano cundiboyacense, sitio donde es conocida como la tingua pico verde (Gallinula melanops bogotensis), una subespecie que solo habita en esta parte del mundo.

La tingua pico verde está en peligro de extinción debido a la pérdida de su hábitat y contaminación hídrica. Foto: SDA.

Al igual que la tingua bogotana, la pico verde era una de las aves que más proliferaba en los humedales naturales y canales rurales con moderados niveles de contaminación, sitios donde se alimentaba de hojas, raíces, invertebrados y animales pequeños.

Además de los humedales de la capital, la pico verde hacía presencia en las lagunas de Fúquene y La Herrera en Cundinamarca, y el lago de Tota en Boyacá, casi siempre en parejas. Pero la fragmentación del hábitat, vertimientos, cacería y perros ferales y ratas que se comen sus huevos, fueron mermando su población. Hoy está listada como en peligro de extinción.

“El área de hábitat remanente dentro de la distribución de la especie oscila entre los 93 y 500 kilómetros cuadrados, pero son zonas fragmentadas. Se estima que la población es inferior a 2.500 individuos maduros, cifra que sigue disminuyendo”, dice el Libro Rojo de las aves.

En los últimos años, la población de tinguas pico verde ha aumentado en los humedales bogotanos. Foto: SDA.

Según Escobar, la tingua pico verde ha tenido un leve despertar en los últimos años, ya que sus registros han aumentado en humedales como Tibanica, La Conejera, Salitre, La Vaca, Juan Amarillo, Guaymaral, Jaboque y La Florida, la laguna de la Herrera y el humedal refugio de la universidad UDCA, donde se adelanta un proceso para su recuperación.

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“La última vez que visité al humedal de la UDCA, que no está legalmente declarado, ví cerca de seis tinguas pico verde a menos de dos metros de distancia, algo que rara vez pasa. Las inversiones económicas por parte del Distrito para la recuperación de varios humedales, han causado un pequeño renacer en la especie, tanto así que muchos expertos dicen que que el ave podría estar saliendo de su estado de peligro de extinción”.

El pico verde de esta ave ha vuelto a relucir en los humedales de la capital. También ha vuelto a aparecer en las zonas de amortiguación del río Bogotá en su paso por la cuenca media, a pesar de ser uno de los sitios más contaminados del país.

La tingua pico verde tampoco cuenta con un plan de manejo que establezca acciones para su conservación en Bogotá. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

“Sin embargo, es necesario hacer una investigación más profunda sobre la especie, algo que en Colombia es bastante complejo debido al poco dinero que le destinan a la ciencia. Los estudiantes de las universidades son los que actualmente hacen estudios para sus tesis. Loreta Rosselli, experta que trabaja en la UDCA, ha estudiado a la pico verde detalladamente, tanto así que la identificó en todas sus fases, desde el huevo hasta la parte adulta”, complementa Escobar.

La dueña de los humedales

Santa María del Lago, humedal ubicado en Engativá, es el sitio de Bogotá donde más abunda la Fulica americana columbiana, una subespecie de la focha americana nativa del continente americano que solo habita en Colombia y Ecuador. Es más conocida como la tingua pico amarillo.

Los visitantes de este ecosistema, el primero en ser recuperado en la ciudad y que hoy está encerrado y con varios senderos en concreto, caminan, trotan y hacen ejercicios alrededor de estas aves de plumas negras, con un tamaño de hasta 50 centímetros y patas amarillas con dedos semipalmeados que, lucen pegados como si fueran aletas.

La pico amarillo ha conquistado todos los humedales declarados en Bogotá. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

La tingua pico amarillo es una especie que se adecúa fácilmente a espacios reducidos y hasta contaminados. Aunque comparte el territorio con otros individuos, puede ser bastante territorial, es decir que lucha por su espacio y puede desplazar a otras tinguas como la bogotana y la pico verde. 

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Tiene fama de corretear a sus otros pares de tinguas, comportamiento que se torna mucho más agresivo cuando está en época de reproducción. Sin embargo, su grado de adaptación a la presencia humana es tal que no se perturba ante su presencia.

En los 10 años que lleva la Fundación Humedales Bogotá cuidando a estos ecosistemas, sus voluntarios las han visto en la mayoría de los humedales ya declarados. A excepción de Torca, reservorio en la localidad de Usaquén que cuenta con un espejo de agua diminuto.

La tingua pico amarillo es la más territorial y agresiva de las tinguas de los humedales bogotanos. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Por su alta proliferación en Norteamérica, centroamérica, Colombia y Ecuador, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) cataloga a esta tingua como una especie de preocupación menor.

“Por su comportamiento territorial, parecido al de una mirla, coloniza grandes espacios, por lo cual sus poblaciones están en preocupación menor. Cuando vamos a pajarear a los huemdales, la que siempre salva los registros es la tingua pico amarillo. En Santa María del Lago muchos consideran que la población es demasiado alta para lo pequeño que es el ecosistema. No solo está en el cuerpo de agua, muchas salen a comer pasto kikuyo; hay partes que ya están peladas o podadas por esta especie”, menciona Escobar.

Para el director de Humedales Bogotá, la cantidad de tinguas de pico amarillo podría estar desplazando a otras especies, una teoría que no ha sido demostrada científicamente. “En Santa María del Lago hace mucho que no se registra la tingua pico verde, a pesar de que el cuerpo de agua tiene una buena calidad. Puede ser por el gran número de tinguas pico amarillo”.

Santa María del Lago es el humedal favorito de la tingua pico amarillo. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

El único impacto que han recibido las tinguas pico amarillo en Santa María del Lago es la alimentación por parte de los visitantes. “Hace varios años denunciamos esa actividad, por lo cual la Secretaría de Ambiente tomó medidas e instaló señales y avisos para que la comunidad no siguiera alimentándolas”, anota Escobar.

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En 2017, una fotógrafa realizó un trabajo de ciencia ciudadana con esta temperamental tingua. “Carolina Fresneda estuvo varias semanas en Santa María del Lago analizando el comportamiento de la tingua, registrando cómo atacaba a las otras aves y su comportamiento territorial. Con los resultados hizo una exposición fotográfica y un libro virtual. Esto demuestra que la ciudadanía sí puede hacer su aporte a la ciencia por medio de la observación”, recalca el experto.

La más resistente

Un escudo frontal y un pico grueso de colores rojizos, es el rasgo característico de la tingua pico rojo o gallareta piquirroja, ave que tiene una amplia distribución en el mundo y que en Colombia habita en los cuerpos de agua del altiplano cundiboyacense, Caribe y algunas partes del Pacífico, inclusive en sitios con alturas de hasta 3.100 metros sobre el nivel del mar.

Mide entre 33 y 36 centímetros. Cuenta con un plumaje gris, con manchas marrones en las alas y espalda y una cola pintada de blanco. La punta de su pico es amarilla y hace un sonido agudo y profundo cuando se siente en peligro o cuando está criando a los polluelos.

Tingua pico rojo anidando en un espejo de agua del cementerio Jardines de Paz. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Es amante del agua y prefiere no volar. Solo lo hace cuando siente alguna amenaza, a través de da pasos rápidos sobre la superficie hasta que levanta vuelo. Según el Instituto Humboldt, es fácil observarla nadando cerca a los bordes de aguas abiertas y busca refugio en la vegetación flotante.

“Se alimenta de hojas, raíces e invertebrados. Forma grupos dispersos conformados por una pareja adulta y varios juveniles de diferentes edades que defienden el territorio, presentando incluso comportamientos agresivos. Se han encontrado nidos en cercanías de cursos de agua altamente contaminados”, dice la entidad.

Es una de las tinguas más frecuentes en los humedales capitalinos y en cuerpos hídricos cercanos al río Bogotá en su tramo medio. La Fundación Humedales Bogotá la ha avistado en aguas con cierto grado de contaminación, donde otras aves acuáticas son escasas o están ausentes. 

La pico rojo ha logrado sobrevivir en las aguas más contaminadas de los humedales capitalinos. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

“Esta tingua es mucho más exploradora que la pico amarillo. Se le ve por todo lado: nadando en el agua, entre la vegetación y las raíces de los árboles. La hemos visto hasta en las aguas contaminadas de los canales Córdoba y Molinos. El biólogo Byron Calvachi me contó que en los años 90 encontró varias de estas tinguas muertas; cuando les hizo la autopsia, los intestinos estaban llenos de líquidos negros parecidos al petróleo, productos de toda la contaminación que ingieren”, recuerda Escobar.

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La fundación ha avistado a la tingua pico rojo en todos los humedales de Bogotá. La cataloga como una de las especies que más se adapta y convive en sitios con altos grados de contaminación, inclusive en cercanías al río Bogotá. 

“A diferencia de las tinguas bogotana o pico verde, cuya presencia indica que hay una mejor calidad del agua, la pico rojo se ha adaptado a muchos espacios donde la contaminación es el común denominador”, indica el director de Humedales Bogotá.

El humedal Juan Amarillo es uno de los sitios donde más abunda la tingua pico rojo. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

El humedal Juan Amarillo en Suba, que está bordeado por las aguas contaminadas del río Salitre, es uno de los sitios donde más hace presencia de tingua pico rojo. Según Escobar, su lugar predilecto es la Chucua de los curíes. “Algo especial debe haber ahí, pero está presente en todos los humedales reconocidos de Bogotá. Donde menos se registra es en los ecosistemas con poco cuerpo de agua, como Techo”.

Es tal su grado de adaptación que, a veces anida en sitios con alta presencia humana. Hace algunos años, Escobar encontró una tingua pico rojo anidando en un cuerpo de agua pequeño en la entrada del cementerio Jardines de Paz, en el norte de la capital. “Yo estaba a menos de cuatro metros de distancia. No tuve que esforzarme para tomar la fotografía. Eso demuestra cómo se adapta y lo arriesgada y valiente que es”.

La migratoria

Entre los meses de octubre y abril, el cielo bogotano se llena de puntos azules metálicos que revolotean cerca a los humedales de la ciudad. Se trata de la época de migración de la tingua azul (Porphyrio martinica), un ave que viene de los llanos orientales hacia la sabana de Bogotá para reproducirse.

Según la Secretaría de Ambiente, es un ave migratoria que mide cerca de 33 centímetros. Cuando es juvenil, las plumas de su cuerpo son marrones y verdosas, pero al alcanzar la adultez el plumaje cambia a tonos azules y verdes metálicos.

La tingua azul aparece herida y lastimada en sitios cercanos a los humedales. Se choca contra las ventanas de los edificios. Foto: SDA.

Tiene un pico grueso de color rojo en la base y amarillo en la punta. Las patas y dedos son largos y de color amarillo. Esta tingua presenta un área de distribución amplia, que va desde el sur de los Estados Unidos hasta el norte de Argentina y Uruguay. 

Cuando visitan los humedales de Bogotá, muchas se estrellan contra las ventanas de los edificios cercanos a los cuerpos de agua, reflejos que las confunden. Algunas no soportan el viaje y caen rendidas en parques, patios y viviendas. 

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“Durante su vuelo, que realizan especialmente durante las noches, estas aves caen cansadas y desorientadas en sitios como tejados, calles, patios de casas y parques de la ciudad, quedando vulnerables y en muchos casos heridas”, manifestó la SDA.

Esta tingua cuenta con un pluma azul y verde metálico. Es un ave migratoria que llega a Bogotá en octubre. Foto: SDA.  

Ante esto, desde hace 20 años la entidad lidera la campaña de protección, recuperación y liberación de la tingua azul, un llamado a la ciudadanía para que reporte los casos de aves heridas y desorientadas y así los expertos las recojan y rehabiliten en el centro de fauna, para finalmente liberarlas en los humedales.

La azul es la menos acuática de todas las tinguas. Rara vez se le ve nadando. “Obtiene alimento de material vegetal, huevos y polluelos de otras aves e invertebrados acuáticos. Realiza movimientos nocturnos entre distintos cuerpos de agua, especialmente entre los meses de diciembre y enero y junio y julio, temporadas en donde la Fundación Humedales Bogotá recibe varias llamadas de la ciudadanía”, informa Escobar.

Es la ave migratoria que más genera reportes en Bogotá. El experto recuerda que hace dos años muchos ciudadanos empezaron a llamar por avistamientos del cuco americano. “Fue un caso atípico, tanto así que la Secretaría de Ambiente sacó una campaña llamada “Cuídame los cucos”, para que la gente los reportara. Muchos aparecieron muertos o heridos”.

Las tinguas azules no soportan sus largos viajes desde los llanos y caen rendidas en zonas urbanas cerca a los humedales. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Desde 2012, Humedales Bogotá cuenta con la campaña SOS Tingua, proyecto que nació como una iniciativa ciudadana debido al frecuente reporte de tinguas azules. “Generamos canales de información y comunicación por medio de nuestra página web y redes sociales para que las personas conocieran las rutas de atención, cuidados inmediatos y las entidades que tienen el aval para su atención, es decir la SDA”, precisó Escobar.  

Jasbleidy Castañeda, una de las jóvenes de la fundación, creó una cartilla didáctica llamada “El vuelo de la tingua azul, relatos de la migración”, que informa generalidades como que pone entre 5 y 10 huevos, los cuales incuba por 25 días (http://humedalesbogota.com/2018/12/21/cierre-de-el-vuelo-de-la-tingua-azul/).

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“Como la Secretaría de Ambiente muchas veces no daba abasto para atender tantas tinguas azules, empezamos a recogerlas y liberar a las que no estaban heridas. Pero la SDA nos envió una carta informando que no podíamos seguir recogiendo las aves, por lo que nos tocó enfocar la campaña a un tipo de agencia de comunicación. Actualmente, la relación con la entidad ha mejorado mucho”, señala el director de la fundación.

La SDA cura las heridas de las tinguas azules, para luego liberarlas en los humedales de la capital. Foto: Dodo Colombia.

Para Escobar, la azul es la única especie de tingua que cuenta con una campaña propia por parte del Distrito para su conservación y cuidado, algo que no ha sucedido con las más afectadas como la bogotana y pico verde. 

Otras dos tinguas migratorias que hacen presencia en los humedales, pero que no son tan conocidas, son la polluela norteña y la polluela piquirroja, aves pequeñas bastante escurridizas que pocos las han logrado captar. 

La polluela norteña (Porzana carolina) pasa la mayor parte del tiempo escondida en la vegetación. Sale en las madrugadas y al atardecer, o durante periodos de nubosidad densa. Es un ave migratoria boreal bastante tímida y asustadiza que viene del norte del continente entre noviembre y abril.

Polluela norteña avistada antes de la cuarentena por el coronavirus en un cuerpo de agua de Chapinero. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Por su parte, la polluela piquirroja (Neocrex erythrops) es mucho más difícil de ver. Tiene migraciones similares a las de la tingua azul y sufre las mismas situaciones al entrar a las ciudades, es decir que se estrella contra la ventanas. Ha sido registrada en los humedales de La Florida y La Conejera.

El ocaso del cucarachero 

Un ave de escasos 13 centímetros con plumas cafés y grises, llamada el cucarachero de pantano, era la insignia de la avifauna del altiplano cundiboyacense. 

La subespecie Cistothorus apolinari apolinari abundaba en los humedales de la sabana de Bogotá, en sitios con alturas entre los 2.550 y 2.700 metros, mientras que Cistothorus apolinari hernandezi se distribuía en lugares más elevados como Sumapaz, Usme-Pasca, Siscunsí, Ocetá, Parque Nacional Pisba, Sierra Nevada del Cocuy, Güicán y Chita. 

Cucarachero de pantano captado en el humedal Juan Amarillo hace más de 12 años. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Hacia 1969, el cucarachero de la sabana era muy común en los cuerpos de humedal de Fontibón, Usaquén, La Caro y Suba, época en la que los humedales de Capellanía, Tibanica, El Burro, La Conejera, Juan Amarillo y La Florida eran un solo humedal, según cuenta Oswaldo Cortés, experto ornitólogo que colabora con la Fundación Humedales Bogotá.

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40 años después, esta pequeña ave desapareció de La Conejera, Juan Amarillo, El Burro y Jaboque. Esto sucedió debido al crecimiento de la ciudad, reducción de los humedales y la alta presencia del chamón (Molothrus bonairensis), ave parásita que elimina los huevos de su huésped para poner los suyos, conllevando a que el cucarachero le toque alimentar y cuidar los hijos del chamón y no los suyos”, mencionó Cortés en un artículo publicado en la página de la fundación.

El Libro Rojo de las aves menciona que el cucarachero de pantano de la sabana ha desaparecido en la gran mayoría de las localidades bogotanas, razón por la cual la especie está listada como en peligro crítico de extinción. En 2008 fue visto en el humedal Juan Amarillo.

Desde hace seis años el cucarachero de pantano no ha vuelto a aparecer en los humedales urbanos. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

En 2014, mientras Humedales Bogotá trabajaba en el proyecto “Mapeo de los puntos de interés del cucarachero de pantano y la tingua bogotana”, realizado con el apoyo del American Bird Conservancy, el canto del cucarachero de pantano se volvió a escuchar en uno de los humedales del sur de la ciudad.

Hicimos cerca de 30 salidas por todos los humedales. Para encontrar al cucarachero de la sabana y a la tingua bogotana, grabamos sus sonidos. Por medio de un parlante, conectado por bluetooth al celular, hacíamos en llamado cada 100 metros en sitios con mucha vegetación. Oswaldo Cortés tenía grabaciones propias. Es un trabajo agotador, porque 90 por ciento de los casos no arrojan resultados”, cuenta Escobar.

La tingua bogotana apareció con frecuencia, pero el cucarachero de pantano seguía esquivo. Los expertos creían que se había extinguido totalmente de los humedales. “Registramos un cucarachero en Sumapaz, pero se trataba de la otra subespecie que habita en los páramos”, recuerda el experto.

La pareja de cucaracheros de pantano quedó registrada en esta foto. La emoción del encuentro causó que se moviera la imagen. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Un día, mientras recorrían el humedal Tibanica, ubicado entre la localidad de Bosa y el municipio de Soacha, un peculiar sonido hizo brincar de emoción a los expedicionarios. “La tercera expedición fue la vencida. En esa época, Tibanica estaba casi seco, tanto así que le ví el suelo al humedal. Por eso pudimos entrar al vaso y meternos entre los juncales. Ahí fue donde el cucarachero de pantano respondió al llamado. Era una pareja que logramos fotografiarla, aunque la imagen salió desenfocada”, asegura Escobar.

En los últimos años, Tibanica ha registrado cinco incendios forestales, una hecatombe ambiental que según Escobar pudo poner fin al único cucarachero de pantano que habitaba en la zona urbana de Bogotá. 

Un incendio forestal en marzo de este año, acabó con más de nueve hectáreas del humedal Tibanica, hogar del cucarachero de pantano. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

“El último incendio en Tibanica, presentado este año, fue el más grande en la historia de todos los humedales, lo que pudo matar a la pareja de cucaracheros. Este humedal antes era uno de los más biodiversos, pero actualmente se encuentra en estado crítico. Hacia 2012 contaba con todas las especies endémicas de aves”.

Desde 2014, ningún humedal de Bogotá ha registrado presencia del cucarachero de pantano. La fundación lo ha visto en la Florida y algunos sitios de Cundinamarca, pero en el interior de la ciudad puede que ya no exista.

La margarita de La Conejera

Una planta de no más de un metro de altura, con una flor de tonos blancos y lilas, era la mayor representante vegetal de la zona de humedales capitalinos. La ciencia logró demostrar que la margarita de pantano (Senecio carbonelli) es endémica de la sabana de Bogotá, pero su extensión hoy en día es diminuta.

Esta especie acuática y nativa fue declarada como extinguida por el Instituto Humboldt en 1997, pero un año después, un grupo de biólogos de la Fundación Humedal La Conejera, la vio en este ecosistema de la localidad de Suba, justo por donde podría pasar la avenida ALO.

En 2015, el Jardín Botánico encontró una pequeña población de la margarita de pantano en La Conejera. Foto: Manuela Calderón. 

Pasaron los años y nadie volvió a registrarla. Muchas personas creían que la margarita de pantano era un mito urbano, debido a lo poco que está documentada y a la carencia de material de consulta. Escobar se dio a la tarea de hacer una profunda investigación histórica, en la que encontró un registro de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, realizada entre 1783 y 1816, que documentaba a la margarita.

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Encontré que había una lámina ilustrada con la Senecio carbonelli de la colección iconográfica de la Expedición Botánica, exhibida en el Jardín Botánico de Madrid, España. La margarita luego fue descrita por el botánico Santiago Díaz Piedrahita en 1986”.

En ese trabajo investigativo, realizado en 2016, Escobar se enteró que el equipo de investigación en restauración ecológica del Jardín Botánico de Bogotá, había encontrado una reducida población de la margarita en La Conejera, un insumo que le permitió a la entidad poner en marcha un programa para la conservación de la especie.

Jorge Escobar lleva más de 10 años estudiando y defendiendo a los humedales bogotanos. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

“Desde 2015, el Jardín Botánico trabajaba en un piloto de investigación en restauración ecológica y nodo de biodiversidad Las Mercedes, que contaba con el primer banco de semillas especializado en especies nativas como la margarita de pantano”, cerciora Escobar.

En ese entonces, el director de la fundación habló con Manuela Calderón, bióloga e investigadora del Jardín Botánico que le suministró las fotografías del hallazgo y le contó que el ideal del banco de semillas era realizar ensayos de reintroducción con con la margarita de pantano en su hábitat natural.

Sin embargo, cuando inició la administración de Enrique Peñalosa, un recorte presupuestal en el Jardín Botánico enterró esta iniciativa. “No sé si ahora con Claudia López como alcaldesa el proyecto reviva”, apunta el director de la fundación.

Cuando termine la cuarentena, Escobar tiene proyectado ir a conocer de frente a la margarita de pantano de La Conejera. Foto: Manuela Calderón.

Escobar no ha visto a la margarita de pantano de La Conejera con sus propios ojos, pero tiene las coordenadas del sitio exacto donde fue documentada. “Menos mal está en un lugar bien apartado de la civilización y al cual no se puede llegar fácil. La conozco por las fotos que me suministró la experta del Jardín Botánico. Cuando termine la cuarentena iremos a documentar la zona”.

Muzaraña asustadiza

Los reportes que hasta ahora se conocen sobre la fauna de los humedales indican que ocho especies de mamíferos hacen presencia en estos ecosistemas, como curí, comadreja, zarigüeya, ardilla y musaraña.

Esta última, más conocida como musaraña de Thomas (Cryptotis thomasi), es una especie endémica de Colombia que habita en sitios con bosques subtropicales, templados, altoandinos y páramos de Bogotá, Boyacá, Cundinamarca y Meta. 

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Es un mamífero pequeño que mide entre cuatro y seis centímetros, con pelaje gris y una textura suave similar a un terciopelo. Tiene ojos y orejas pequeños, un hocico desarrollado, largo, delgado y móvil que utiliza para buscar insectos. Parece un roedor, pero no lo es. Cuenta con cinco dedos con garras, y los roedores poseen solo cuatro. 


Musaraña encontrada en La Conejera en 2015. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Aunque es muy raro encontrar a una musaraña en los humedales, ya que son asustadizas y miedosas, Escobar la vió en La Conejera. “Fue en 2015, en un recorrido con estudiantes de ocho años del colegio Unidad Educativa Bahi´a Solano. Ese mismo día registramos una zarigüeya desfilando cerca de los niños”.

El mamífero estaba recostado cerca a uno de los miradores del humedal. Uno de los niños lo encontró. Escobar pensó que era un ratón de campo, pero la trompa alargada indica otra cosa. Lo raro era que no se movía. “La musaraña estaba muerta, pero fue la primera vez que ví con mis propios ojos a este bello animal. Su cuerpo no tenía heridas ni laceraciones, es decir que pudo morir de causas naturales”.

La causa de la muerte de la musaraña no se supo. Sin embargo, Escobar tiene la teoría que pudo ser de un simple susto. “Un experto me dijo que esta especie es demasiado asustadiza, tanto así que cualquier cosa que la perturbe le puede causar un paro cardiaco”.

Musaraña de Thomas encontrada muerta en una zona rural de La Calera. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

En 2019, en unos predios de La Calera donde la fundación realiza jornadas de siembra y restauración ecológica, fue encontrada otra musaraña de Thomas, también fallecida. Estaba en uno de los huecos donde iban a plantar.

Este mamífero es nocturno y tiene la peculiaridad de orientarse por medio del eco, ya que posee un sistema de ecolocalización similar al que utilizan las ballenas y murciélagos. 

La mancha amarilla 

Un ave pequeña con la cabeza amarilla y el resto del cuerpo negro, siempre posa entre los juncales de los humales de la capital. Se trata de la monjita bogotana, una subespecie de Chrysomus icterocephalus que es endémica del altiplano cundiboyacense.

Los machos se diferencian de las hembras por su tamaño y coloración. El primero es más grande, de hasta 18 centímetros, y la segunda tiene un plumaje marrón y la garganta pintada de amarillo pálido. Esta ave ha sido registrada en todos los humedales bogotanos, al igual que en las zonas de amortiguación del río Bogotá.

La monjita es una de las aves con mayor presencia en los humedales de Bogotá. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

“El macho es más fácil de avistar, ya que sale con mayor frecuencia a lugares abiertos donde se le puede ver cantar con entusiasmo. El plumaje de la hembra le permite camuflarse entre la vegetación, una condición fundamental para cuidar del nido y sus polluelos”, dice Escobar.

La monjita tiene un enemigo voraz: el chamón. Esta ave aprovecha cuando la hembra abandona el nido para matar sus huevos y poner los de ella, fenómeno conocido como parasitismo nidal. Además de la monjita, el chamón afecta a otras especies como el cucarachero de pantano y el copetón.

La monjita pasa casi todo su tiempo en grupos dispersos por el humedal, incluso anida en grupos. En algunas ocasiones se les puede ver en numerosas bandadas. Es una especie emblemática de los humedales que hace parte de las actividades de educación ambiental en sitios como Córdoba y Santa María del Lago”, puntualiza Escobar.

La monjita vive en varias bandadas. Hace presencia en la mayoría de humedales de la capital. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Casos raros

A mediados de 2015, varios de los ambientalistas voluntarios que conforman Humedales Bogotá encontraron un peculiar panorama mientras realizaban recorridos por los ecosistemas de la capital: aves comiendo peces.

En Juan Amarillo, los expedicionarios vieron a una garza real cazando a una carpa, una especie de pez exótica y nativa de Europa. Luego de picotearla, la dejó en una isla flotante, alimento que fue visto por una tingua azul. 


Tingua pico rojo comiendo un pez carpa en el humedal Juan Amarillo. Foto: Fundación Humedales Bogotá. 

“Al ver al pez muerto, la tingua azul lo atrapó en su pico y lo arrastró hasta el buchón para picotearlo. Cuando sació su hambre, dejó el cadáver aún con carne y abandonó el lugar. A los pocos minutos apareció una tingua pico rojo, que siguió con el picoteo de la carpa”, recuerda Escobar.

Una tingua pico amarillo se percató del panorama. Sin pensarlo dos veces, aprovechó su temperamento territorial y agresivo para desplazar a la pico rojo. Cuando terminó de alimentarse, su familiar regresó a comerse la poca carne que le había dejado.


La pico amarillo también comió del pez carpa en Juan Amarillo. Foto: Fundación Humedales Bogotá. 

Aunque la imagen deleitó a los ambientalistas, ya que es atípico ver tinguas alimentándose de peces, la presencia de las carpas en un humedal bogotano genera un desequilibrio en el ecosistema por su tendencia a degradar el hábitat y la productividad. 

Según Escobar, las carpas son peces invasores que han sido introducidos por algunos ciudadanos, una situación que genera pérdida en la riqueza de especies de peces nativos. 

“El plan de manejo del humedal Juan Amarillo menciona que las poblaciones de peces que debería tener el ecosistema son la guapucha, capitán enano y capitán de la sabana, actualmente extinguidas. Sin embargo, hemos visto varias carpas en el tercio alto del humedal. Algunos ciudadanos se acercan a arrojarles comida”.


Tingua azul picoteando un pez carpa en un humedal de la localidad de Suba. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

En los humedales de Bogotá también han aparecido tortugas hicoteas, reptil que no hace parte del ecosistema. “Las tortugas no llegan a un humedal por sí solas. La gente que las tiene como mascotas las lleva a estos sitios cuando ya no pueden mantenerlas en sus casas, pensando que eso está bien”, anota Escobar.

Estos casos de tortugas se han registrado en humedales como Salitre, Santa María del Lago, Jaboque y Córdoba. “Siempre nos comunicamos con la Secretaría de Ambiente para que retiren las tortugas de estos ecosistemas, ya que les quitan el alimento a las especies nativas de los humedales”, indica el director de la fundación.

Los ciudadanos han introducido tortugas hicoteas en los humedales bogotanos. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Daniel Bernal, experto en calidad del aire y miembro de Humedales Bogotá, informó que tortugas como la hicotea tienen un potencial colonizador que llega a constituir una amenaza grave para las especies autóctonas, los hábitats o los ecosistemas.

“En nuestros humedales capitalinos, donde la hicotea es una especie foránea, genera problemas graves ya que en la adultez no tienen un depredador y son muy voraces en su apetito, consumiendo huevos de tinguas y sobre todo peces, que son escasos en los humedales. En Santa María del Lago encontramos seis hicoteas y en Salitre cinco”.

Las tortugas no hacen parte de los ecosistemas de humedal en Bogotá. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.