En una casa caribeña incrustada en la falda de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde el silencio escaseaba por los vallenatos de los juglares que emanaban con fuerza de las radiolas y las habladurías mañaneras de las vecinas costeñas, empezó su romance con la naturaleza.

Darwin Ortega tenía apenas cinco años y vivía en el municipio de El Copey, a tres horas de Valledupar en el departamento del Cesar. Su mamá, María Helena Chamorro, le encomendó una misión atípica para un niño juguetón: cuidar con lujo de detalles el jardín que había construido con mucho esfuerzo en el patio, un lugar pintado de verde por un centenar de plantas medicinales y árboles nativos.

“Mi mamá siempre ha sido amante de la naturaleza. Es una gran conocedora de los poderes de las plantas, sabe cuáles sirven para curar enfermedades o para preparar los suculentos platos del Caribe. Yo heredé ese mismo vínculo con los recursos naturales, por lo cual decidió que yo sería el indicado para cuidar su jardín aplicándole al suelo abono como estiércol de vaca”, recuerda Darwin.

Los bosques secos del Cesar fueron el primer amor de Darwin Ortega. Sus mejores amigos eran los árboles. Foto: Jhon Barros.

En ese terruño repleto de plantas, Darwin conoció a su primer amigo: un árbol de mango con más de 10 metros de altura al que llamó Tommy. Todas las mañanas, antes de partir al colegio María Montesori, el pequeño niño costeño le contaba al frondoso árbol con frutos amarillos lo que había soñado. En las tardes, cuando regresaba a la casa, se sentaba en el patio para hacer las tareas en compañía de su confidente arbóreo.

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“No me podía concentrar en un pupitre o en el comedor de la casa. Por eso siempre buscaba espacios repletos de biodiversidad para hacer mis tareas, ya fuera en el patio de mi mamá o en sitios como una laguna a 500 metros de la casa. Me enamoré a primera vista de ese cuerpo de agua, en especial durante la época de lluvias, cuando se desbordaba y quedaba lleno de animales como peces, babillas caracoles y aves”.

En la adolescencia, Darwin no perdió esa imaginación infantil que le permitía hablar con los árboles y el agua. En sus charlas solitarias, estos ecosistemas le mostraron su misión: ayudar a la naturaleza, encargo que decidió cumplir al pie de la letra. En 2003, cuando tenía 16 años, la vida de dio un vuelco radical: tuvo que abandonar El Copey para radicarse del todo con su familia en las frías tierras bogotanas.

Los humedales y los bosques son la gran pasión de Darwin Ortega. Foto: archivo personal. 

“En esos años, El Copey y varios municipios del Caribe estaban azotados por una ola de violencia. Vivíamos con la zozobra y el miedo de que algo nos pudiera pasar, por lo cual mis padres decidieron abandonar su hermoso jardín y buscar un mejor futuro en la capital del país. Al principio me dio muy duro, porque mi enamoramiento estaba en la región Caribe”.

El amor por los humedales

El barrio Aures, ubicado en la localidad de Suba, acogió a la familia Ortega. El nuevo nido familiar ya no contaba con un amplio jardín repleto de naturaleza, por lo cual Darwin se sentía incompleto. El desplazamiento forzoso de El Copey le estremeció el alma y el corazón, un desasosiego que lo llevó a buscar espacios naturales parecidos a los que había cuidado de niño.

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“Sin la naturaleza yo me siento perdido. Necesitaba mucho verde y agua para sentirme vivo y empecé a explorar la zona, buscando grandes reservorios como humedales. Me topé con Córdoba, Juan Amarillo y La Conejera, lugares que contaban con procesos ciudadanos enmarcados en la educación ambiental para la conservación, como una mesa local dedicada a cuidar estos ecosistemas pero con el apoyo de la comunidad”.

Darwin fue parte de la recuperación del humedal de Córdoba en Bogotá, hoy uno de los más conservados. Foto: Darwin Ortega.

Darwin empezó a repetir los pasos que había dado en El Copey. En las mañanas iba a estudiar al colegio y en las tardes acudía a alguno de estos humedales para hacer sus deberes y recargar su alma. Sin embargo, uno lo enamoró perdidamente: Córdoba, cuerpo de agua de 40,5 hectáreas que en la época prehispánica fue llamado por los muiscas como Itzatá, por ser un dominio sagrado de Itza, la princesa del agua.

“Desde que lo conocí, Córdoba me acogió con fuerza. Los árboles del sector empezaron a hablarme, como lo hacía Tommy en el Caribe. Decidí participar en los diferentes procesos comunitarios que buscaban recuperar al humedal, iniciando con charlas y recorridos a niños de colegio del Distrito, enseñándoles sobre la importancia de cuidar estos ecosistemas de la cuenca media del río Bogotá”.

Al terminar el colegio, Darwin se matriculó en la Universidad Distrital para estudiar una carrera técnica en saneamiento ambiental, que le permitió mezclar la ciencia con la participación ciudadana, es decir cómo las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza podrían mitigar los impactos. Sin embargo, siguió cultivando su trabajo comunitario en el humedal Córdoba durante sus ratos libres. 

El primer trabajo de Darwin fue como intérprete ambiental del humedal Córdoba. Foto: archivo personal.

En 2008, el Distrito dio inicio al manejo administrativo del humedal, y como Darwin contaba con la experiencia ambiental y comunitaria, le ofrecieron ser parte de un equipo de profesionales de un convenio firmado entre el Acueducto de Bogotá y la empresa privada Sistemas de Manejo Ambiental.

Este fue mi primer trabajo formal, donde me pagaban mensualmente por un trabajo que me encanta hacer, dinero que me permitió seguir estudiando en la universidad. Fui contratado como intérprete ambiental del humedal Córdoba, un cargo que tenía como función promover la participación comunitaria en torno a las acciones de conservación”.

¡A salvar Córdoba!

En 1950, Bogotá contaba con más de 50.000 hectáreas ocupadas por humedales y lagos, unas esponjas de biodiversidad que, con el aumento de la construcción de zonas residenciales, industriales y grandes avenidas, quedaron reducidas a su máxima expresión: 726,6 hectáreas. Es decir que la mole de cemento acabó con 98 por ciento de estos ecosistemas.

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El humedal Córdoba no fue la excepción. Avenidas como la Boyacá y Suba y la calle 127 lo fragmentaron en tres sectores, los cuales fueron durante décadas focos de disposición de escombros y basuras afectados por vertimientos residuales e industriales.

Esta es la nueva cara de Córdoba. Antes, el sitio era gobernado por las basuras y escombros. Foto: Nicolás Acevedo Ortiz.

La agonía de este ecosistema de la localidad de Suba llevó a la comunidad del sector a tomar medidas drásticas. En 1998, varios ciudadanos del barrio Niza instauraron una acción popular contra el Distrito para salvar al humedal, pero con la participación activa de la población. 

Esta medida arrojó un acta de concertación entre ambas partes, que incluyó cuáles serían los proyectos prioritarios para desarrollar al interior del humedal, como el manejo a nivel administrativo del ecosistema por parte del Distrito, que se concretó en 2008, cuando Darwin hacía parte de los procesos de educación ambiental en la zona.  

Córdoba fue el primer humedal, de los 15 actualmente declarados en la capital, con una administración. Pero en esa época estaba bastante afectado por el ser humano debido a la falta de cerramiento, lo que propiciaba la llegada diaria de una cantidad desmedida de zorras que descargaban escombros y basuras. Parecía más un potrero, en especial los sectores uno y dos, lugares con alta presencia de habitantes de la calle e inseguridad”.

Darwin lleva la naturaleza en sus venas. Cuando no está en sitios abiertos y repletos de natualeza, se siente incompleto. Foto: archivo personal.

Al comienzo, la comunidad cuestionaba todas las medidas propuestas por las entidades del Distrito. Darwin, en su rol de intérprete ambiental, empezó a servir como puente entre ambos bandos, un trabajo que logró fortalecer los lazos y propiciar una mejor sinergia. “Comprendimos que la comunidad debía ser la encargada de establecer la ruta para el manejo del humedal, porque es la gente la que mejor conoce el ecosistema, mientras que la mayoría de funcionarios son de paso”.

Poco a poco, los habitantes de barrios como Niza, Batán, Potosí, Puente Largo y Santa Rosa, fueron involucrándose en la apoteósica tarea de restaurar el humedal Córdoba, un trabajo que no se vió interrumpido por los cambios en la administración del ecosistema. Darwin, debido a su estrecha relación con la comunidad, sobrevivió a esos remezones administrativos.

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“Los funcionarios iban y venían, pero yo logré quedarme. Eso generó mantener esa conexión entre la comunidad y las diferentes acciones del ecosistema. Para que más gente de la zona dejara de ver al humedal como un foco de inseguridad y basuras, empecé a realizar recorridos para que conociera la gran diversidad de aves. Córdoba es el ecosistema con mayor cantidad de avifauna, con más de 150 especies registradas”.


El trabajo comunitario en Córdoba fue el principal protagonista de su renacer. Foto: archivo personal.

El renacer del agua

Las acciones y proyectos de restauración ecológica en el humedal Córdoba estuvieron concentrados en su segundo sector, entre las avenidas Córdoba y Suba, zona que colinda con los barrios Batán, Potosí, Puente Largo, Santa Rosa y varios conjuntos residenciales.

La reconformación hidrogeomorfológica, una serie de obras orientada al restablecimiento de la diversidad de hábitats acuáticos y recuperación del espejo de agua arrancó en 2012. Fue una de las tareas más complicadas, ya que el área contaba con serios impactos como la abundancia de pastos, pocos árboles endémicos y conexiones erradas del sistema de alcantarillado, que tenían la calidad del agua deteriorada.

El trabajo con las comunidades impidió que Córdoba se convirtiera en una piscina de cemento, como le pasó al humedal Juan Amarillo. Cada intervención por parte del Distrito debía contar con el aval de los habitantes.

Así lucía Córdoba en 2012. El espejo de agua estaba oculto entre escombros, basuras y vegetación invasora. Foto: Darwin Ortega.

“Este proceso no fue nada fácil, principalmente por la forma como casi siempre se concibe a un humedal desde lo técnico, sin tener en cuenta la realidad del ecosistema. En la reconformación hidrogeomorfológica, fue la misma comunidad la que evitó la llegada del concreto y evidenció algunas fallas, como que el agua depositada se estaba filtrando por una fractura que no fue contemplada en el diseño. La gente fue la que logró incidir para que la resolvieran”.

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Córdoba carecía de un caudal ecológico, es decir un cuerpo de agua que le inyectará el recurso hídrico para que no se secara. La comunidad le propuso al Distrito poner en marcha un proyecto pionero basado en una transfusión de agua natural para que el humedal resurgiera, estrategia que nació en la junta de acción comunal del barrio Niza.

“La autoridad ambiental dijo que no. Pero con la presión de la comunidad logramos que se hiciera unos estudios de las quebradas que estaban asociadas al humedal y que podían suministrarle agua. Santa Bárbara era la que presentaba las mejores condiciones de calidad del agua y morfológicas, por lo cual se tomó la decisión de tomar tres litros por segundo de agua, de los 10 litros que tiene de caudal, para direccionarlos a Córdoba”.

Todas las obras en Córdoba contaron con la veeduría de la ciudadanía de varios barrios de Suba. Foto: Darwin Ortega. 

Esa nueva inyección causó un cambio inmediato en el humedal. Darwin recuerda que antes de esto, el ecosistema tenía poca diversidad de especies acuáticas, que emergió por la ampliación del espejo de agua. El caudal ecológico también mermó la carga contaminante de las aguas residuales que le llegan a Córdoba por las conexiones erradas, un trabajo que la Empresa de Acueducto lleva años tratando de solucionar.

Córdoba se convirtió en el único humedal de la capital con un caudal ecológico, todo gracias a ese trabajo comunitario en el que he tenido la fortuna de participar y crecer como profesional y ser humano. Este trabajo debe contemplarse para otros humedales como Tibanica en Bosa, un lugar que padece por incendios provocados y que en la época seca pierde todo su cuerpo de agua”.

El renacer de este pulmón del norte de Bogotá también contó con las manos de la comunidad. Estudiantes de colegio y vecinos del humedal hicieron parte de las jornadas de siembra de árboles y la conformación de las islas con las plantas acuáticas. “Todo proceso de restauración ecológica necesita de la comunidad para ser exitoso. Córdoba sirve con ejemplo  de que sí es posible generar una transformación humana para beneficiar a la naturaleza”.

El nuevo caudal ecológico hizo surgir de nuevo el agua en el segundo sector de Córdoba. Foto: Darwin Ortega.

Niños del humedal

Para Darwin, que ya perdió su acento caribeño, el fortalecimiento del tejido social no era suficiente con las personas adultas que habitaban cerca al humedal de Córdoba. Comprendió que la semilla de la conservación debía iniciar en los niños y jóvenes, quienes en el futuro serán los encargados de velar porque el proceso de restauración siga vivo.

Con varios líderes de la comunidad empezamos a trabajar en los diferentes colegios de la zona para que los estudiantes vieran al humedal como un aula viva ambiental, un sitio donde pudieran aprender desde matemáticas hasta ciencias naturales y sociales. Un hijo de ese proceso es un grupo llamado los Guardianes del agua, conformado en 2009 por pequeños desde los cuatro años”. 

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Estos niños y jóvenes salieron de las aulas de cuatro paredes para fusionarse con la naturaleza en su máximo esplendor. Aprendieron sobre biodiversidad, el rol de recarga hídrica que cumple los humedales y los impactos que los deterioran. “Ver a un niño de 10 años hablando con propiedad sobre la necesidad de conservar la naturaleza es algo único, y mucho más si empezó ese proceso cuando apenas tenía cinco años de vida”.

Más de 300 niños de Suba han pasado por el grupo de los Guardianes del Agua. Foto: archivo personal.

Esa semilla de conservación con los más pequeños trascendió a los colegios. Los padres, hermanos, tíos, primos y abuelos de los niños y jóvenes de los Guardianes del agua empezaron a participar en recorridos, caminatas y clases al aire libre. “Es distinto escuchar a una persona mayor hablar sobre conservación a que el mensaje sea transmitido por un niño. Esa lección le queda guardada a toda la ciudadanía”.

El proceso de Guardianes del agua ha sobrevivido. Con la participación activa de 30 pequeños cada al año, en la última década han pasado más de 330 niños y jóvenes, quienes se han convertido en asiduos defensores de los recursos naturales. 

En Córdoba también lideramos un proceso de trabajo social ambiental para los estudiantes de bachillerato. Además de cumplir con las horas exigidas, estos jóvenes conciben la naturaleza desde otra perspectiva y continúan con ese legado ambiental sin importar la carrera universitaria que escojan. Muchos de ellos todavía me llaman para que los oriente en las entrevistas de trabajo donde quieren abordar el tema ambiental”.

Los niños de colegio fueron parte fundamental de la restauración del humedal Córdoba. Foto: archivo personal.

Con sed de conocimiento

En 2009, mientras Córdoba empezaba su proceso de transformación, Darwin terminó su tecnología en saneamiento ambiental en la Universidad Distrital. Perfectamente podría haberse quedado con ese conocimiento, ya que su labor como intérprete lo curtió en el manejo con las comunidades.

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Sin embargo, los árboles del humedal le dijeron que debía seguir nutriendo el cerebro con nuevos conocimientos. Al comienzo pensó en cumplir un sueño que tenía de niño, ser docente o psicólogo para ayudar a la naturaleza, pero no lo convenció. Luego quiso estudiar biología, pero todas las universidades que tenían esa carrera eran diurnas, algo que no podía asumir por su trabajo en el humedal y porque siempre se ha costeado sus estudios.

La ingeniería ambiental se convirtió en la mejor opción, pero descartó muchas universidades porque estaban más enfocadas en la ingeniería y poco en lo ambiental. "Necesitaba un punto de equilibrio. La educación, gestión social y conservación ecológica hacían parte del pensum de la Universidad ECCI, y además las clases eran en la noche. No lo pensé más de dos veces para elegirla”. 

Darwin tiene el don de hablar con la naturaleza. Cada decisión que pretende tomar, primero se la consulta a los árboles. Foto: archivo personal.

Poco a poco, Darwin fue alimentando su cerebro con conceptos como remediación de suelos, restauración de cuerpos de agua y el establecimiento de parches de vegetación, pero siempre enfocado en el trabajo comunitario. 

Todo ese conocimiento lo aplicaba en mi trabajo con Córdoba, que durante esa época estaba siendo sometido a las obras de reconformación hidrogeomorfológica, la instalación de senderos en materiales cien por ciento naturales, la siembra de árboles y las labores de educación ambiental. Y así estuve hasta 2014, cuando recibí el cartón como ingeniero ambiental”.

Sumado a esto, Darwin fue parte de la Red Nacional de Jóvenes de Ambiente creada en 2010, la cual se extendió en varios departamentos del país. “Hoy en día, esta red está conformada por más de 10.000 jóvenes de todo el país que hacen procesos ambientales con las comunidades, un colectivo juvenil que coordiné durante dos años”. 

El cemento no hizo parte de las obras de restauración del humedal Córdoba. Foto: Darwin Ortega.

A replicar lo aprendido

Darwin se queda corto al describir todos los frutos recogidos por trabajo con la comunidad del humedal Córdoba, un ecosistema que pasó de potrero repleto de basuras, escombros y aguas nauseabundas, a uno de los mayores hervideros de biodiversidad de la capital.

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Ver un bosque nativo en un espacio donde antes había escombros, es indescriptible. El renacer del sector dos fue impresionante, era una zona llena de residuos con plantas invasoras  y ahora abundan las especies nativas. Con los estudiantes y habitantes sembramos miles de plantas, le dimos vida al suelo con productos del compostaje y realizamos jornadas de recolección de residuos sólidos, donde encontramos muebles, camas y un sinfín de llantas y plásticos”.

Los Guardianes del Agua siguen defendiendo al humedal de Córdoba. Foto: archivo personal.

La apropiación de la comunidad con el humedal no tiene límites. Darwin recuerda que en las jornadas de siembra, muchos de los habitantes relacionaban al árbol con algún familiar fallecido. “Es muy bonito ver personas que siguen visitando a su árbol y hablan con él, así como yo hacía con Tommy. Ven en cada especie sembrada la continuidad de la persona que ya no está en este mundo. Yo también cambié en ese proceso y me veo como un hijo del humedal”.

Nuevas ofertas

En 2016, Darwin recibió una propuesta que rechazó varias veces por su gran conexión con Córdoba. Las directivas del Parque Jaime Duque querían recuperar una antigua zona de humedal en Tocancipá, que se había convertido en un potrero por las actividades agropecuarias.

El ideal era poner en marcha un proyecto llamado Ecoparque Sabana, 70 hectáreas dedicadas a la conservación ambiental que exaltaría la cultura de los muiscas, los primeros habitantes de la cuenca del río Bogotá.

Luz Helena Vélez, Luz María Gómez y Jorge La Rotta, fuertes defensores del humedal Córdoba. Foto: archivo personal.

“En ese momento yo estaba trabajando con el Jardín Botánico en torno a la restauración de los humedales del Distrito y la labor social. Cuando me llamaron del Jaime Duque, al comienzo no me llamó la atención, porque la verdad no me veía trabajando allá. Mi corazón y alma estaban aferrados en Córdoba”. 

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Pero algo dentro de él le decía que debía aceptar la propuesta, lo que tomó más fuerza por la motivación generada por su amigo Fernando Castro, curador de aves del Parque Jaime Duque. Un día decidió recorrer el humedal solo para conectarse con la naturaleza y saber qué mensaje le decía sobre su futuro, algo que hace desde que era un niño en el municipio caluroso del Cesar.

Córdoba me dijo que ya era el momento de salir de allí y hacer cosas por otros ecosistemas, es decir dar continuidad al proceso con el humedal pero en otros territorios de la sabana de Bogotá. Eso sí, me indicó que no lo abandonara, ya que soy uno de sus hijos”.

Darwin no mueve un dedo sin la autorización de los árboles y humedales que ha protegido. Foto: archivo personal. 

Las directivas del Jaime Duque conocían detalladamente todo el proceso de recuperación y restauración comunitaria surtido en el humedal Córdoba, ejemplo que querían aplicar en el Ecoparque Sabana. Eso fue lo que motivó a Darwin a tomar la decisión de aceptar la propuesta. 

“El primer paso fue que los directivos del parque conocieran Córdoba. Junto a Jorge Larrota y Mauricio Castaño, dos de los defensores más asiduos del humedal, lideramos un recorrido a finales de octubre, donde les contamos con lujo de detalle todo el proceso. Quedaron enamorados al ver especies como el pato turrio o de pico azul y la tingua pico verde. Asumí que mi labor con el parque sería una asesoría”.

A los pocos días, recibió una llamada que lo dejó perplejo. El gerente del Jaime Duque le dijo que lo necesitaba como director del Ecoparque Sabana. “Eso fue un viernes y me querían allá el lunes. Ahí tomé la decisión de abandonar Bogotá para irme a vivir a Zipaquirá, municipio cercano a Tocancipá”.

Una de las decisiones más complejas de este joven ambientalista fue dejar Bogotá y radicarse en la sabana. Foto: archivo personal.

El nuevo hijo de Córdoba

Las 70 hectáreas del futuro Ecoparque Sabana estaban mucho más deterioradas que Córdoba. El humedal Arrieros, que en el pasado dominaba la zona, había desaparecido. Pocas aves revoloteaban por el lugar y toda la vegetación era pasto kikuyo amarillento.

Quince expertos, entre ingenieros ambientales, biólogos, zootecnistas y trabajadores sociales, todos liderados por Darwin, hicieron un diagnóstico del área. Efectivamente no había espejos de agua, los suelos presentaban altos índices de contaminación por los químicos de los cultivos y estaban compactados por el pisoteo del ganado, y el aire de la zona no era el ideal.

Reverdecer un terreno afectado por los cultivos y ganado, se convirtió en uno de sus mayores retos. Foto: archivo personal.

“A diferencia de Córdoba, que hace parte de una zona residencial, Tocancipá es uno de los municipios más industriales de la sabana, actividad que ha erradicado la mayoría de escenarios verdes que se encargan de mitigar los gases de efecto invernadero. Además, alrededor del parque hay pocas comunidades, por lo cual el reto sería mucho mayor”.

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Pero el suelo aún contaba con características de humedal y daba señales de vida, en especial en siete hectáreas. Los expertos empezaron a trabajar en el diseño de la zona de conservación ambiental del Ecoparque, que contaría con una simulación del río Bogotá desde su nacimiento en el páramo de Guacheneque hasta el Salto del Tequendama.

El propósito era replicar todo el trabajo realizado durante 13 años en el humedal Córdoba, es decir las obras de reconformación hidrogeomorfológica, la siembra de plantas nativas y la construcción de senderos en elementos que no afectaran los ecosistemas. Pero todo esto debía contar con la participación ciudadana, es decir consolidar un escenario abierto para que la gente se sienta parte del ecosistema y se genere un enamoramiento”. 

Las mismas obras realizadas en Córdoba, fueron replicadas en los humedales de Tocancipá. Foto: archivo personal. 

Las dos zonas de humedales del Ecoparque, llamadas Jaime Duque y Arrieros, están siendo restauradas respetando sus características propias de humedal. Las orillas no fueron adoquinadas sino adecuadas con pendientes bajas para que la fauna contará con escenarios propicios para sobrevivir. Las aguas que bajan del cerro Tibitoc se encargaron de darle vida a los espejos hídricos.

Para el reverdecer de la zona, Darwin propuso la construcción de un vivero donde se germinan más de 140 especies de plantas nativas. Cuando crecen, el paso a seguir es que sean sembradas con la participación de las comunidades de la sabana para que se apropiaran del nuevo terruño biodiverso.

“La comunidad es la encargada de sembrar los árboles. Muchos los nombran, adoptan y van a visitarlos en familia para ver su crecimiento. Ese impacto social es impresionante, en especial la semilla que sembramos en los niños. Más de 10.000 personas de Tocancipá, Sopó, Chía, Cota, Zipaquirá, Gachancipá, Cogua y Bogotá, han ido al Ecoparque a untarse las manos con tierra negra para consolidar el nuevo ecosistema. Ya llevamos más de 60.000 plantas sembradas”.

El espejo de agua de los humedales del Jaime Duque empezó a resurgir. Foto: Darwin Ortega.

Como ocurrió el Córdoba, el trabajo de restauración participativa arrojó frutos. De 15 especies de aves registradas en 2017, hoy en día los humedales que Darwin ayudó a rescatar del olvido ya suman 112 especies, muchas de las cuales son nativas como la tingua bogotana, la tingua pico verde y el pato pico azul, además de migratorias como el halcón peregrino, el pato canadiense y el chorlo gritón.

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El año entrante, Ecoparque Sabana abrirá sus puertas al público. Además de conocer los dos nuevos hijos de Darwin, los humedales Arrieros y Jaime Duque, los visitantes podrán empaparse con la cultura muisca y la historia del río Bogotá. 

La fauna, en especial aves, está regresando a los humedales recuperados en Tocancipá. Foto: Darwin Ortega.

“Estamos construyendo varias estaciones que contarán los mitos y leyendas de Chiminigagua, los dioses Chie (luna) y Sua (sol), Bachué y Bochica, además de las lagunas como Iguaque y Guatavita”.

Las 70 hectáreas del Ecoparque están conectadas con la cuenca alta del río Bogotá, el Parque Nacional Natural Chingaza y el río Teusacá, una conexión que ha causado un resurgir en la fauna acuática, antes ausente en la zona. 

“Los humedales tienen una conectividad hídrica con otros ecosistemas, por lo cual creemos que varios animales acuáticos se están desplazando al Ecoparque porque tienen un buen sitio para vivir. Tal es el caso de la guapucha, un pez endémico que casi no se ve en los cuerpos de agua de la sabana por la contaminación, y hasta ostras y cangrejos de agua dulce”.

Ecoparque Sabana contará con simulaciones naturales de los sitios sagrados de los muiscas, como la laguna de Iguaque. Fotos: Darwin Ortega.

Los trabajos en los humedales de Córdoba y Tocancipá demuestran que sí es posible recuperar estos ecosistemas con trabajo comunitario, algo que para Darwin podría hacerse en una zona como la reserva Van der Hammen. 

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“Todos esos terrenos eran humedales. El hecho de que no veamos el espejo de agua no significa que no esté. Debemos reflexionar en la forma cómo actuamos con la naturaleza y darle la relevancia que merece como un eje fundamental para mantener el equilibrio ecosistémico”. 

El ecoparque no solo es un lugar de paso para las aves. Muchas han escogido el lugar para reproducirse. Foto: Darwin Ortega. 

El buen hijo...

Aunque por ahora todos sus esfuerzos están enfocados en el Ecoparque Sabana, Darwin tiene bien ancladas sus raíces en el humedal Córdoba. Cada vez que puede, viaja a Bogotá para hablar con los árboles y el agua del ecosistema, muchas veces acompañado por su grupo de trabajo, y para visitar a su mamá, quien le inyectó desde niño el amor por la naturaleza. 

Hoy, con 34 años de vida, tengo claro que jamás me voy a ir de Córdoba. Nunca me he ausentado por mucho tiempo, ya que es el papá de los humedales del Jaime Duque que nos ha servido como referente para dar marcha a los procesos. Solo la cuarentena me ha impedido ir durante los últimos meses, algo que, sumado a no ver a mi madre, me tiene el alma y corazón apachurrados”.

María Helena Chamorro, la mama de Darwin, fue la encargada de inyectarle ese amor desmedido por la naturaleza. Foto: archivo personal.

La mamá de Darwin no oculta la dicha por ver que el menor de sus 11 retoños sigue replicando los mensajes de cuidado con la naturaleza. “Ella fue mi orientadora y maestra en el amor hacia los recursos naturales. Ella quería que yo estudiara botánica, pero al ver todos los procesos en los que he participado, no se cansa de decir que hizo un buen trabajo conmigo”.

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Doña María Helena, hoy con 70 años, vive en el barrio Lagos de Suba, donde tiene una terraza llena de plantas. Cuando Darwin la visita, ese lugar es donde conversan durante largas horas, charlas que siempre tienen a la flora como protagonista. 

“Siempre sale con algo nuevo, como mira esta planta que está creciendo, creo que su flor puede curar alguna enfermedad. La cuarentena nos ha dado muy duro, ya hace mucho tiempo que no nos vemos para charlas sobre las plantas”.

Madre e hijo comparten una pasión por las plantas, la cual nació en el caluroso municipio de El Copey. Foto: Darwin Ortega.

Su sed de conocimiento no ha cesado. Darwin está a punto de culminar una maestría en conservación y uso de la biodiversidad en la Universidad Javeriana, para la cual presentó como trabajo de grado el proceso con los humedales del Ecoparque Sabana. 

“Mi tesis está basada en conocer la influencia que tienen los bordes de los humedales en la presencia o ausencia de la avifauna, es decir si las aves prefieren un borde con pendientes suaves o tipo de pared. No podemos hablar de restauración ecológica enfocada en una piscina adoquinada llena de cemento, este espacio debe ser suave y muy orgánico, desarrollado por la misma naturaleza”.

Por ahora, los humedales del Jaime Duque no le han dicho que es momento de partir, como lo hizo Córdoba hace cuatro años. Cuando esto suceda, este costeño aferrado a la sabana tiene proyectado seguir replicando los ejercicios de restauración ecológica y participativa, pero ahora en el orden nacional. 

Cuando esto pase sé que no me voy a desconectar del todo de estos hijos a los que he visto crecer. Siempre serán mis referentes para futuros proyectos, un sueño que me gustaría realizar en sitios como la Ciénaga Grande Santa Marta, un ecosistema del que dependen las comunidades para abastecerse y obtener recursos económicos. Siempre seguiré trabajando por la restauración de los humedales pero de la mano con la gente. Esa es mi misión en esta vida”.

El equipo del Ecoparque Sabana se convirtió en una nueva familia para Darwin. Foto: archivo personal.

* Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.